La forma en que un hombre conduce dice mucho más de lo que parece. A veces, basta con un solo viaje en coche para descubrir quién es realmente. Estas mujeres lo vivieron en primera persona, y sus historias son tan reveladoras como incómodas.
El que va demasiado rápido
Conducía a una velocidad absurda sin ninguna razón, aunque se lo pedí varias veces durante el trayecto. Supongo que creía que eso lo haría parecer más interesante a mis ojos. Ocurrió todo lo contrario. Vi claramente que disfrutaba de mi miedo, y supe en ese momento que no habría una segunda cita.
El caballero que no lo era
Se ofreció a llevarme a casa. Venía del trabajo y del gimnasio, así que llevaba una bolsa en cada mano. Cuando llegamos a su coche, se quedó pensativo un momento y luego me dijo que prefería no abrirme la puerta, porque si lo hacía me acostumbraría y empezaría a esperarlo. Sin palabras.
El rebelde sin causa
Cuando le señalé que acabábamos de saltarnos el tercer semáforo en rojo, me respondió con una sonrisa: «¿Y a ti qué te importa?»
El que perdió los nervios
Íbamos de vuelta de la cita cuando, por tercera vez, le expliqué que al día siguiente no podía quedar. Su respuesta fue clavar el freno con rabia. Ese gesto lo dijo todo sobre su carácter. Después de eso, me alegré de que no supiera dónde vivía.
El piropo del año
Me dijo, con toda la intención de halagarme, que era casi tan guapa como su coche. Casi.
El control policial
Nos paró la policía en un control rutinario. Fue entonces cuando descubrí que le habían retirado el carnet años atrás por conducir bajo los efectos del alcohol. Llevaba todo ese tiempo conduciendo sin permiso.
El que quiso atropellar una paloma
Intentó deliberadamente atropellar a una paloma que estaba parada en un charco en medio de la calle. Por suerte, el pájaro voló. Él me miró sonriendo, como si acabara de hacer algo gracioso.
La toalla misteriosa
Antes de que me sentara, extendió una toalla sobre el asiento del copiloto. Le pregunté si el asiento estaba sucio. Me dijo que no. Conclusión evidente: la sucia era yo.
El que no acepta favores de mujeres
La cita se alargó hasta tarde y él había tomado algunas cervezas, así que me ofrecí a llevarlo a casa en mi coche. Se negó en rotundo. Pensé que era por orgullo o por no querer molestarme, pero resultó que tenía un principio inamovible: no subirse a un coche conducido por una mujer. Punto final.
El aparcamiento imposible
No conseguía aparcar en paralelo, ni al segundo intento, ni al tercero, ni al cuarto. Acabó con la cara roja gritando palabrotas. Resolví la situación de la única manera posible: le dije que yo me bajaba aquí, y que él podía seguir solo.
El adulto de 28 años
Giró a la izquierda donde una señal lo prohibía claramente, aunque se lo advertí. No me hizo caso. Hubo un golpe leve en la parte delantera del coche, pero afortunadamente nadie salió herido. Fui yo quien rellenó el parte con el otro conductor, mientras él estaba sentado en el bordillo llorando y hablando por teléfono con sus padres. Tenía 28 años.
El instructor no solicitado
Insistió en que probara su coche nuevo. Durante todo el trayecto no paró de darme instrucciones y criticar mi conducción como si fuera un examinador de tráfico de mal humor. «No cambies todavía, acelera, frena, mira el espejo...» Al final me detuve, me despedí y me fui. Llevo 17 años conduciendo, y encima iba siendo especialmente cuidadosa. No había absolutamente nada que corregir.
El coche pocilga
Su coche era un auténtico desastre. Tuvo que apartar basura del asiento del copiloto para que pudiera sentarme, y ni siquiera se molestó en disculparse. No soy especialmente exigente, pero pensé: alguien que vive así de descuidado no es alguien que me interese.
El pitido que lo cambió todo
Era nuestra segunda cita y él me llevaba a casa. En el paso de cebra junto a la estación, una mujer embarazada con la barriga muy visible cruzó cuando el semáforo ya parpadeaba. Supongo que tenía prisa por coger el tren. Nosotros no teníamos ninguna prisa. Cuando ella estaba a mitad del paso, el semáforo se puso en verde y, antes de que pudiera reaccionar, él se lanzó sobre el claxon con furia. La embarazada se sobresaltó. Él siseó entre dientes que «para qué cruza con el rojo esa». Hasta ese momento me había parecido una persona agradable. Después de eso, sentí verdadero rechazo.
¿Reconoces alguno de estos perfiles? La forma en que alguien actúa al volante rara vez miente. A veces, un solo trayecto en coche es la cita más reveladora de todas.











