1. El hábito de evitar conflictos
Según John Gottman, muchas personas temen enfrentarse a conflictos abiertos. Prefieren evitar discusiones por miedo a que terminen la relación. Así, la ira no desaparece, solo se manifiesta de forma oculta.
Ejemplo: tu pareja siempre llega tarde, pero en vez de decirlo directamente, lanzas una frase con doble sentido: “Seguro que fue difícil decidir a qué hora salir con una hora de retraso…”
2. Creencias y expectativas irracionales
Albert Ellis señala que las creencias irracionales alimentan estos patrones. Si alguien piensa “siempre debo obedecer” o “no está bien decir que no”, su enojo interno buscará otra salida.
Ejemplo: alguien acepta una tarea extra en el trabajo, pero en secreto se resiste, procrastina y entrega un trabajo de mala calidad para mostrar su molestia.
3. Baja autoestima
Karen Horney destacó que quien no se siente valioso tiene más dificultad para defenderse. Estas personas suelen usar la pasividad agresiva para expresar su insatisfacción.
Ejemplo: un amigo siempre le pide ayuda para mudanzas, y en vez de decir “no puedo ahora”, finge estar enfermo.
4. Prohibición aprendida de expresar la ira
Muchos aprendieron de niños que mostrar enojo es “malo”. Por eso, de adultos evitan sentirlo abiertamente y buscan caminos indirectos.
Ejemplo: alguien sonríe y asiente cuando su jefe pide horas extras, pero al día siguiente trabaja más lento a propósito para mostrar su descontento.

5. Dificultades para establecer límites
Quienes no marcan límites saludables suelen sentirse abrumados y liberan la frustración de forma pasivo-agresiva.
Ejemplo: alguien siempre escucha los problemas familiares, pero lanza comentarios sarcásticos como “Claro, yo nunca tengo nada que hacer, siempre estoy disponible”.
6. Deseo de control
El comportamiento pasivo-agresivo a menudo es un juego de poder oculto. Quienes no se atreven a controlar abiertamente, usan métodos indirectos para lograrlo.
Ejemplo: un adolescente no discute con sus padres, pero olvida intencionalmente las llaves en casa para “darles una lección”.
7. Miedo al rechazo
Muchas personas responden pasivo-agresivamente por temor a perder el amor o apoyo si expresan lo que sienten. Prefieren usar indirectas para mostrar sus emociones negativas.
Ejemplo: en vez de decir “Me siento herido porque no me prestaste atención”, se queda callado y molesto toda la noche.
8. Evitar asumir responsabilidades
La pasividad agresiva suele ser una forma de evadir responsabilidades. Se manifiesta con procrastinación, excusas y olvidos aparentes.
Ejemplo: un compañero que siempre entrega tarde sus tareas y se justifica diciendo “Tenía demasiado trabajo y no pude terminar”.
9. Contradicciones internas y ansiedad
Ellis y otros psicólogos explican que la disonancia cognitiva interna puede alimentar la pasividad agresiva: cuando alguien está atrapado entre dos emociones opuestas.
Ejemplo: alguien quiere más tiempo libre, pero teme perder su empleo si dice que no a su jefe. La ansiedad se expresa con resistencia pasiva.
10. Falta de habilidades comunicativas
Muchas personas no aprendieron a expresar la ira o decepción de forma saludable. El comportamiento pasivo-agresivo funciona como un sustituto.
Ejemplo: en vez de decir “Me gustaría que ayudaras más en casa”, alguien suspira fuerte al pasar junto a los platos sucios.
¿Cuáles son las señales y cómo manejarlo?
Detrás del comportamiento pasivo-agresivo suele haber contradicciones internas y ansiedad. Muchas veces, la persona está atrapada entre deseos opuestos: quiere decir que no, pero teme las consecuencias. Esa tensión permanece dentro y, al no poder expresarse abiertamente, sale de forma oculta. Por ejemplo, un trabajador que acepta demasiadas tareas, se siente molesto por dentro, pero solo ralentiza su trabajo o busca excusas. En estos casos, la pasividad agresiva es una forma de liberar ansiedad.
También es común que la raíz sea la falta de habilidades comunicativas. Muchas personas no aprendieron a expresar su enojo, decepción o límites de forma sana. En lugar de hablar claro, envían señales indirectas: suspiran, hacen comentarios sarcásticos o castigan con silencio. No es maldad, sino falta de herramientas. Aprender a comunicarse asertivamente —es decir, con honestidad y respeto— reduce mucho la necesidad de estos patrones.











