En el avión todavía estábamos de buen humor. Pedro me tomó de la mano al despegar, como siempre, un gesto que llevamos repitiendo doce años. En ese momento aún creía que aquella semana sería igual que todas nuestras vacaciones juntos. Nos íbamos a Grecia, a una pequeña isla que habíamos prometido volver a visitar desde nuestra luna de miel. Ahora que los niños ya eran lo bastante mayores para quedarse una semana con la abuela, por fin había llegado el momento.
Los dos primeros días no se diferenciaron en nada de lo habitual
Desayunábamos en la terraza, él leía las noticias en el móvil, yo pasaba las páginas de mi libro y, de vez en cuando, intercambiábamos un par de frases sobre el calor o sobre adónde ir ese día. Ese tipo de silencio nunca me había molestado antes. Pero ahora, sentada frente a él bajo el sol, de repente me di cuenta de que ya ni siquiera esperaba que hablara.
Al tercer día ocurrió algo que parece una minucia y, sin embargo, fue el principio de todo. Estábamos en la terraza de una pequeña taberna, con el sol colgando sobre el mar, cuando el camarero, un hombre griego mayor, nos preguntó cuántos años llevábamos casados. Pedro respondió orgulloso que once, y el camarero sonrió y dijo que hoy en día es raro ver a alguien mirar a su mujer con tanto amor después de tanto tiempo.
Entonces miré a Pedro para comprobar si de verdad me miraba como decía el camarero, y no encontré nada en su rostro. Nada malo, ni siquiera indiferencia. Solo nada. Como quien mira a un conocido de toda la vida con el que ya no queda nada de qué hablar.
Esa noche, en la habitación del hotel, después de ducharme, me tumbé a su lado en la cama mientras él jugaba a algo en el móvil, ese juego que llevaba semanas pulsando también en casa. Miré su perfil a la luz de la lámpara, aquel rostro que había besado tantas veces, e intenté recordar cuándo había sentido por última vez ese cosquilleo que antes me invadía con solo mirarlo. No llegó nada. Solo una calma extraña y vacía, más parecida a lo que se siente por un hermano que a lo que debería sentirse por un marido.
Al día siguiente fuimos a hacer snorkel a una cala que nos habían recomendado los lugareños. Bajo el agua, nadando entre los peces, de repente rompí a llorar, allí, detrás de la máscara, donde nadie podía verme. No sabía explicarme por qué. Solo sentía que algo faltaba desde hacía mucho tiempo, y que hasta entonces no había tenido tiempo ni valor para enfrentarme a ello.
En casa, el trabajo, el colegio de los niños, las compras, la rutina, todo eso siempre tapaba ese vacío. Aquí, en medio de la calma, ya no había nada que lo tapara.
Cuando salí del agua, Pedro me preguntó si había llorado, porque tenía los ojos rojos. Le dije que era el agua salada, que escocía. Aceptó la respuesta, como acepta casi todo lo que le digo, porque confía en mí y porque no tiene motivos para dudar. Esa confianza, que antes me daba seguridad, ahora me pareció de pronto dolorosamente pesada. Como si tuviera que interpretar un papel que ya no siento mío.
El resto de la semana intenté recuperar aquel sentimiento que creía que era amor
Traté de revivir nuestra boda, la primera cita, el momento en que me pidió matrimonio a la orilla de un lago. Esos recuerdos seguían ahí, nítidos y hermosos, pero parecían tan lejanos como si hablaran de otra mujer, no de mí. Como si estuviera viendo una película de la que en algún momento fui la protagonista, pero ya no reconozco dentro de mí a aquella chica.
La última noche, antes del vuelo, salimos a la terraza del hotel con una copa de vino, y Pedro dijo lo bien que había estado la semana, lo cerca que no nos sentíamos el uno del otro desde hacía tanto. Asentí y le di un sorbo a mi vino, porque no sabía qué decir. No le mentí, simplemente no dije en voz alta lo que me rondaba por dentro. Que toda la semana había estado esperando a que ese sentimiento desapareciera, y no desapareció.
Ahora estamos de vuelta en casa. Los niños se alegran de que hayamos regresado, Pedro deshace las maletas y yo estoy en la cocina, mirándolo desde el salón mientras habla con nuestro hijo sobre el colegio. Me gusta verlo como padre, cómo cuida, cómo tiene esa calma que a mí también me atrajo un día. Pero cuando me pregunto si lo quiero como se debe querer a un marido, no encuentro dentro de mí una respuesta clara. Solo sé que desde aquellas vacaciones lo miro de otra manera, y que ni yo misma he conseguido descifrarlo del todo.
¿Es normal descubrir en unas vacaciones que algo no va bien en la pareja?
Sí. Como cuenta esta historia, en la rutina diaria el trabajo, los niños y las tareas pueden tapar un vacío emocional. En la calma de un viaje, sin esas distracciones, ese vacío sale a la superficie.
¿Qué significa sentir por la pareja algo parecido a lo que se siente por un hermano?
En el relato, la protagonista describe una calma vacía, sin el cosquilleo del deseo, más cercana al cariño familiar que al amor de pareja. Es una señal de que la conexión romántica podría haberse enfriado.
¿La confianza en la pareja siempre es algo positivo?
Según lo que expresa la protagonista, la confianza que antes le daba seguridad empezó a sentirse como un peso, porque la obligaba a interpretar un papel que ya no siente suyo. La confianza sigue siendo valiosa, pero puede volverse dolorosa cuando los sentimientos cambian.
¿Haber sido feliz en el pasado significa que el amor sigue vivo?
No necesariamente. La protagonista recuerda su boda y su primera cita como algo nítido y hermoso, pero también lejano, como si le hubiera pasado a otra persona. Los buenos recuerdos no garantizan que el sentimiento presente siga siendo el mismo.











