Estar en pareja suele presentarse como el destino final: el objetivo que hay que alcanzar y, una vez alcanzado, todo encaja. Pero la realidad es mucho más compleja. Hay mujeres que, viviendo en relaciones estables y amorosas, sienten en silencio una punzada de envidia al ver la vida de sus amigas solteras.
No es que no quieran a su pareja. Es que ciertas libertades de la vida en solitario —ese ritmo propio, esa ligereza— a veces parecen más atractivas que los compromisos del día a día.
"Echo de menos responder solo ante mí misma" — Anna, 32 años
Anna lleva cinco años en pareja y comparte piso con su novio. La relación es estable y cariñosa, pero hay momentos en los que se pregunta cómo sería volver a vivir sola.
"No es que no le quiera. Es que a veces echo de menos ese silencio en el que solo importa mi ritmo. No tener que negociar cuándo comemos, cuándo salimos o qué vemos por la noche."
Anna reconoce que estas cosas parecen pequeñas, pero a largo plazo pueden resultar agotadoras.
"Cuando mis amigas me cuentan que llegan a casa y hacen lo que les da la gana, a veces envidio esa ligereza. No tienen que adaptarse a nadie, y eso es, en cierto modo, liberador."
Aun así, también valora la seguridad que le da su relación.
"No quiero dejar a mi pareja. Solo que a veces me permito imaginar cómo sería volver a centrarme únicamente en mí."
"Estar sola no es soledad, es espacio" — Réka, 28 años
Réka rompió hace dos años tras una relación larga. Aunque muchos la compadecen, ella vive esta etapa como una auténtica liberación.
"Al principio tenía miedo de sentirme sola. Pero lo que descubrí fue justo lo contrario: mi espacio vital se expandió de una forma que no esperaba."
Para Réka, la soledad no es un vacío, sino una oportunidad.
"Hago lo que quiero. No tengo que llegar a acuerdos, no tengo que adaptarme al humor de nadie. Y esa sensación es increíblemente buena."
Dice que muchas de sus amigas en pareja le cuentan sus dificultades, y es entonces cuando siente más claramente la diferencia.
"Cuando escucho la energía que consume mantener una relación, a veces siento que yo vivo en una versión más ligera. Claro que también tiene sus momentos difíciles, pero hay mucha más libertad."
Réka lo resume así: no es que sea mejor estar sola, es que es diferente.
"Y a veces son precisamente las que están en pareja quienes me envidian esa diferencia."
"Vivo entre dos mundos" — Dóra, 35 años
Dóra lleva diez años casada y tiene dos hijos. Lleva una vida familiar sólida, pero es quien habla con más honestidad sobre esa dualidad interior.
"Muchas veces siento que me muevo entre dos mundos. En uno soy madre y esposa, con responsabilidades, logística y presencia constante. En el otro está una versión antigua de mí que tomaba sus propias decisiones con total libertad."
Dóra no oculta que a veces envidia a sus amigas solteras.
"Cuando las veo viajar, decidir planes de un día para otro o desaparecer un fin de semana entero, mientras yo estoy calculando cuándo lavar la ropa de deporte para que seque a tiempo... siento una pequeña punzada. La conciencia de que yo no podría hacer lo que ellas hacen."
Pero aclara que ese sentimiento no va en contra de su familia, sino que habla del peso de la responsabilidad.
"Amo mi vida, pero a veces echo de menos no ser tan necesaria para los demás. Que solo yo importara."
Dóra cree que estos sentimientos siguen siendo un tabú.
"Nadie lo dice en voz alta porque enseguida se malinterpreta. Pero creo que muchas mujeres lo sienten. Simplemente no hablan de ello."
Y quizás ahí está la clave: no se trata de elegir entre la pareja o la soledad, sino de reconocer que ninguna etapa de la vida es perfecta, y que está bien echar de menos algo, aunque también se quiera lo que se tiene.











