Quieren que seamos dulces, delicadas y comprensivas. Pero también que gestionemos la casa, criemos a los hijos, trabajemos, organicemos sus vidas y sonriamos mientras lo hacemos. Y luego se preguntan por qué cada vez más mujeres eligen la independencia. Aquí van algunas historias reales que lo explican mejor que cualquier estudio.
La obra del baño
Mi marido no quiso encargarse de la reforma del baño, así que tuve que asumir yo el papel de coordinadora de obra. Una tarde llegó a casa justo cuando yo estaba discutiendo con el contratista por un trabajo mal hecho. Esa noche me dijo, en voz baja, que había visto una faceta mía que no le gustaba. Que yo no era "la chica dulce y tranquila de la que se había enamorado."
Casi no puedo ni contarlo sin ponerme de los nervios. Solo pude decirle, entre dientes: si no tuviera que hacer yo de hombre en esta relación, no tendría que ponerme a gritar con los obreros. Qué concepto tan revolucionario.
La primera cita que fue también la última
Un chico me dijo en la primera cita que esperaba que la mujer "se inclinara ante él", porque era el hombre y eso era "el orden natural de las cosas." Le pregunté, con toda la calma del mundo, por qué iba a mirarle a él hacia arriba si yo tenía un puesto más alto, ganaba más dinero, tenía mejor coche, un piso más valioso y más titulaciones que él.
Como no supo qué responder, le ayudé: "Solo porque eres hombre, ¿verdad?" No entiendo en qué mundo viven algunos.
El "jefe" de la casa
Mi marido —que pronto será mi exmarido, porque ya he dado los pasos legales necesarios— explicó en una reunión social, sin ni siquiera molestarse en bajar la voz, que los hombres son líderes natos y que en un matrimonio el marido es automáticamente el jefe.
Me acerqué y le pregunté: si él es el jefe en nuestro matrimonio, ¿por qué lo hago todo yo? Porque trabajo igual que él, pero además gestiono la casa, los niños, los coches, cocino, limpio, plancho su ropa. Organizo todos sus planes, le recuerdo sus citas, le pido hora al médico. Básicamente es mi tercer hijo. ¡Hasta me acuerdo del cumpleaños de su madre! Y él, a cambio, corta el césped algún domingo de verano.
"Así que, ¿dónde, cómo y en qué eres tú exactamente el 'líder', cariño?" Con esa pregunta cerré mi monólogo. Él me miró furioso. Sus amigos miraban sus vasos con los ojos bajos. Las mujeres presentes sonreían.
Los dos extremos imposibles
Si soy una mujer independiente con mi propia carrera, no les gusta porque soy demasiado autónoma y ambiciosa. Si soy ama de casa tradicional, entonces soy una cazafortunas que se aprovecha. Estaría bien que los hombres se pusieran de acuerdo sobre qué quieren exactamente.
¿Perdona?
En el divorcio, él dijo que me había "mantenido" durante todo el matrimonio. Mi abogada le corrigió amablemente: quería decir, supongo, que yo había sacrificado mi carrera para criar con dedicación a nuestros cuatro hijos. Eso tiene otro nombre.
La historia de Attila
Attila dejó claro desde la primera cita que le gustaba mantener los roles tradicionales. Cuando empezamos a salir, insistió en que lo dejara todo: él me mantendría, que no me preocupara por nada. Dejé mi trabajo —tampoco me gustaba demasiado— y conservé solo un empleo a media jornada desde casa. Desde ese momento, mi responsabilidad era que el piso estuviera en orden, la comida en la mesa y todos los trámites resueltos.
Cuando rompimos, dos años después, tuvo el descaro de decirme que yo había estado "demasiado consentida" a su lado. Le recordé que nunca me había regalado nada, que al cabo de un año ya tenía que suplicarle dinero para la compra, y que muchas veces había tenido que poner yo de mi propio bolsillo para llegar a fin de mes.
No necesito que me salves
En la tercera cita me dijo que le encantaba cuidar a las mujeres y "salvarlas." Le respondí que llevaba diez años dirigiendo mi propia empresa, así que por desgracia no soy una mujer indefensa a la que nadie tenga que rescatar. Se quedó sin palabras. Supongo que eso también le pareció un defecto.
Me he "endurecido"
Después de tres hijos y quince años juntos, mi marido me dijo que con los años me había "endurecido." Que mi tono era demasiado mandón, mi actitud demasiado firme, y que tenía una arruga permanente entre las cejas de tanto fruncir el ceño.
Conté hasta diez para poder preguntarle con la calma suficiente: ¿cómo voy a ser una mujer delicada y sensible si tengo que hacerlo todo yo? Discutir con el mecánico, poner límites a los niños, hablar con los profesores, gestionar los conflictos con los vecinos... Él puede permitirse recostarse en el sofá en esta familia. Yo, por desgracia, no.
Y aun así se sorprenden de que cada vez haya más mujeres que prefieren estar solas.











