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Cuando "no sé hacerlo" en realidad significa "no quiero hacerlo": la incompetencia como arma

Szabó Erzsébet5 min de lectura
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Cuando "no sé hacerlo" en realidad significa "no quiero hacerlo": la incompetencia como arma — Estilo de vida
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Hace poco, en una cena con amigas, la conversación derivó hacia la logística del hogar. Y lo que empezó con risas y anécdotas fue revelando, capa a capa, una verdad incómoda y muy familiar para casi todas.

Una de ellas contó, con una mezcla de cansancio y resignación, que cuando le pregunta a su pareja qué quiere cenar, la respuesta siempre es la misma: "Cariño, tú preparas cosas increíbles con lo que hay en la nevera. Yo soy capaz de quemar hasta un sándwich." Las demás se rieron. Yo sentí un nudo en el estómago. Porque en esa frase no había un cumplido: había una estrategia. Una muy consciente, aunque a menudo invisible. Se llama incompetencia usada como arma.

Este fenómeno consiste en sacudirse la responsabilidad con elegancia. Alguien finge —de forma deliberada o por pura comodidad— ser incapaz de hacer una tarea, para que otra persona, generalmente su pareja, acabe haciéndola. Y nosotras, con demasiada frecuencia, caemos en la trampa.

Pensamos que es más rápido y sencillo hacerlo nosotras que explicarlo diez veces o aguantar el espectáculo de alguien que "lo intenta". Pero con eso le damos exactamente lo que buscaba: quedar libre de toda responsabilidad.

El escudo cómodo del "yo no sé"

Cuando un adulto —que quizás gestiona equipos en su trabajo— de repente no entiende cómo funciona la lavadora, o "no recuerda" dónde está la ropa de cambio de los niños, no estamos hablando de una limitación real. Es una elección. La elección de no invertir energía mental en el hogar compartido, en la familia, en el sistema que sostiene la vida de ambos.

Lo veo constantemente a mi alrededor. Hay parejas donde el reparto recuerda inquietantemente al siglo pasado: él trae el sueldo a casa y siente que con eso ya ha cumplido. Las otras dieciséis horas del día son suyas. Mientras tanto, ella —que también ha trabajado sus ocho horas— empieza el segundo turno: recuerda las actividades extraescolares, controla el dinero de la clase, se levanta de noche con el pequeño, sabe cuándo se acaba lo que hay en el congelador y realiza, sin que nadie lo vea, ese enorme trabajo invisible que la sociedad sigue llamando, por alguna razón, "instinto femenino".

Esta vulnerabilidad emocional y material es una trampa que erosiona el respeto dentro de la relación de forma lenta pero segura. Porque seamos honestas: es difícil admirar a alguien que, "por razones estratégicas", es incapaz de poner el lavavajillas en marcha.

Este comportamiento no se queda en la puerta de casa

Lo encontramos también en el trabajo, en los grupos de estudio, entre amigos. Recuerdo a un compañero de universidad al que apreciaba mucho, pero que antes de cada presentación grupal sacaba su personaje de analfabeto digital. "Oye, tú haces unas diapositivas preciosas, ¿las preparas tú otra vez? ¡Yo me encargo de recopilar el material!" —decía sonriendo. Y el trabajo extra siempre acababa en mi mesa. En aquel entonces aún no sabía cómo manejar esa dinámica.

¿Por qué es tan peligrosa? Porque es manipulación en estado puro, y se apoya exactamente en nuestras dos debilidades favoritas: la generosidad y el orgullo.

Nos gusta ser competentes, nos gusta ayudar, nos gusta sentirnos útiles. Pero hay un momento en que hay que despertar y reconocer que no estamos ayudando: estamos financiando la pereza de otra persona con nuestro tiempo libre.

Aquel compañero sacaba la misma nota que yo aunque no hubiera contribuido prácticamente nada al trabajo. Y esa "incapacidad" asumida con tanta naturalidad —a veces incluso anunciada con orgullo— no queda impune: la factura siempre la paga la calidad de la relación. Cuando vivimos dentro de esa dinámica, con el tiempo no solo asumimos las tareas del otro, sino que también empezamos a acumular rabia. Frustración, desconfianza, resentimiento: esos se convierten en nuestros compañeros en la cocina y mientras fregamos el suelo, mientras la otra persona descansa de su "día agotador".

Esta situación, sencillamente, no es sostenible. Una relación no puede funcionar si uno es el eterno gestor y el otro es el que ejecuta —cuando le apetece— o directamente no hace nada. Eso destruye la intimidad y acaba con cualquier sentido real de pareja.

Compañero de vida, no huésped en casa

No quiero idealizar mi propia situación, pero si en casa funciona es porque el trabajo invisible no es invisible. Hablamos de ello, nos agradecemos mutuamente el esfuerzo, reconocemos cuando el otro ha puesto más de su parte. Y es precisamente ese reconocimiento —junto con la voluntad real de colaborar— lo que previene el agotamiento. Un juego de ida y vuelta donde el objetivo no es escaquearse, sino el bienestar de ambos.

Desmontar la "incompetencia estratégica" empieza por aprender a decir no a ese juego. Es un proceso que puede doler, porque implica enfrentarse a patrones aprendidos desde la infancia, a expectativas sociales muy arraigadas y también a nuestro propio afán de control. Sí, quizás la primera vez la comida no salga perfecta, o la ropa no quede doblada como a nosotras nos gusta. Pero si no le damos al otro la oportunidad de aprender y asumir responsabilidad, nos condenamos a nosotras mismas a la tensión y al trabajo perpetuo.

Atrevámonos a hablar de esto con claridad. Atrevámonos a delegar. Y, sobre todo, no nos conformemos con menos de lo que una verdadera pareja puede y debe ofrecer.

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