Cuesta escribir esto. No porque duela, sino porque durante mucho tiempo no fui capaz de mirarlo de frente. Era más fácil pensar que el difícil era el otro, que él era el sensible, que él exageraba con todo.
Durante años me conté esa versión. Hasta que, en algún momento, dejó de encajar.
El momento en que algo cambió
No fue una gran revelación. Fue más bien un pensamiento pequeño e incómodo que no lograba quitarme de encima.
Alguien me preguntó una vez cómo había terminado mi relación. Y mientras lo contaba, me detuve en mitad de la historia. Porque lo que estaba diciendo no sonaba del todo como lo recordaba.
Empecé a rebobinar. Todas las discusiones, todos los momentos en los que dije que la culpa era suya. Y me di cuenta de que, en la mayoría de los casos, la que encendía la chispa era yo.
La que provocaba y luego se ofendía. La que esperaba que el otro adivinara lo que quería, y estallaba cuando no lo adivinaba. La que castigaba cuando no conseguía lo que buscaba.
Qué significa ser la persona tóxica
Durante mucho tiempo creí que una persona tóxica era la que hiere emocionalmente, grita o humilla. Esa es la versión evidente y llamativa.
Lo mío era mucho más silencioso. Yo quería controlar. No de forma consciente, no por maldad, pero de manera constante. Con quién pasaba el tiempo mi pareja, cómo reaccionaba conmigo, cuánto me daba.
Si algo no salía como yo lo imaginaba, no lo decía. En cambio, me distanciaba, o hacía algo que le dolía, y luego me sorprendía de que se alejara. Sentía celos de cosas que no merecían celos.
Chantajeaba emocionalmente sin saber que aquello era chantaje. Creía que, si alguien te quiere, lo aguanta todo. Y también creía que lo que a mí me dolía era, automáticamente, responsabilidad del otro.
Por qué cuesta tanto admitirlo
Porque somos los defensores de nosotros mismos. Nuestra mente busca sin descanso la prueba de que fuimos los mejores, los más heridos, los más justos. Sobre todo cuando en la relación a nosotros también nos dolió algo de verdad. Y casi siempre duele.
En la mayoría de las dinámicas tóxicas sufren las dos partes. Eso no exculpa al otro, pero tampoco me exculpa a mí.
Lo que a mí me ayudó fue dejar de contarme la historia. Esa versión en la que yo era la protagonista que habría merecido más. Empecé a preguntarme: ¿qué pudo sentir él? ¿Qué veía él? ¿Qué hacía yo cuando creía que solo estaba reaccionando?
Las respuestas no fueron nada halagadoras.
Lo que vino después
No voy a seguir diciendo que me perdoné a mí misma y que todo se arregló. Porque no es tan sencillo, ni ocurre tan rápido.
Lo que pasó fue esto: empecé a ver el patrón. No solo en aquella relación, sino también en las anteriores. Me di cuenta de que hay cosas que siempre hago igual, y que esas cosas hacen daño a quienes tengo cerca.
No es un descubrimiento agradable. Pero es uno de los más útiles que me han pasado en la vida.
Porque mientras no ves lo que haces, no puedes cambiarlo. Vas a llegar al mismo punto en cada relación nueva, solo que con otra persona y otro decorado.
No voy a decir que ahora soy perfecta, porque no lo soy. Pero hay una diferencia entre no saber algo de ti misma y saberlo y trabajar en ello.
La persona tóxica era yo. Durante mucho tiempo no lo supe. Ahora sí. Y esto, por mucho que cueste decirlo, es lo primero verdaderamente útil que me quedó de aquella relación.
¿Se puede ser tóxico sin darse cuenta?
Sí. Como cuenta esta historia, no siempre es algo consciente ni malintencionado. Muchas conductas tóxicas son silenciosas: controlar, distanciarse, chantajear emocionalmente sin saber que eso lo es.
¿Por qué es tan difícil reconocer que fuiste la parte tóxica?
Porque la mente busca constantemente justificaciones para sentirnos los más heridos y los más justos. Admitir la propia responsabilidad choca con ese instinto de defendernos a nosotros mismos.
¿Reconocer el problema significa que la otra persona no tuvo culpa?
No. En la mayoría de las dinámicas tóxicas sufren las dos partes. Ver tu propia parte no exculpa al otro, pero tampoco te exculpa a ti.
¿Qué se puede hacer al descubrir un patrón así?
Lo primero es verlo, porque lo que no reconoces no puedes cambiarlo. A partir de ahí, la diferencia está en saberlo y trabajar en ello, aunque no ocurra de forma rápida ni perfecta.











