De niña estaba convencida de que mi mejor amiga lo sería para siempre. De adulta aprendí, a veces con dolor, que muy pocas relaciones sobreviven al paso del tiempo, a los cambios de vida y a las versiones distintas en las que nos vamos convirtiendo.
Hoy sé que muchas amistades nacen de las circunstancias: un trabajo, una clase, un vecindario. Cuando esas circunstancias desaparecen, el vínculo se desvanece con ellas. Por eso ya no entrego el corazón entero a cada nueva amistad que comienza. No por desconfianza, sino porque he aprendido que pocas son las que resisten cuando los caminos se separan.
Lo que sí hago es cuidar con más atención las que han sobrevivido a mudanzas, bodas, nacimientos y despedidas. Intento ser una buena amiga, hacer el esfuerzo, pasar por alto los pequeños roces, porque sé que yo tampoco soy perfecta.
Pero para entender todo esto, necesité años y muchas amistades perdidas.
Las que se apagan rápido, las que empiezan con mucho entusiasmo y se enfría sin drama, son fáciles de soltar. Nos cruzamos en la calle, quedamos algún día para tomar algo, y luego volvemos a alejarnos sin que duela demasiado.
Pero hay amistades que fueron mucho más que eso. Las que crecieron durante años, en las que nos contamos los secretos más íntimos, los miedos que nunca le diríamos a nadie más. Las que creíamos tan sólidas que nada podría romperlas. Y sin embargo, algo se interpuso: una relación no aceptada, una mentira, un daño que nunca llegó a decirse en voz alta.
Todavía os soñaba por las noches
Durante mucho tiempo os eché de menos. Vuestra ausencia la sentí en el cuerpo. Hubo momentos en que se me llenaron los ojos de lágrimas porque no podía llamaros cuando más lo necesitaba. Hubo alegrías que se me amargaron porque ya no podía compartirlas con vosotros. Y hubo noches en que, en silencio, reviví mil veces la discusión que nunca llegó a ocurrir, la que habría explicado por qué nuestra amistad se fue enfriando sin hacer ruido.
En esos momentos también escuché vuestra voz. Imaginé lo que diríais, y entendí que yo también me equivoqué. Y en qué.
Quiero que sepáis que, por dolorosa que haya sido la lección, aprendí de ella. Aunque hoy ya no hablemos, sois parte de lo que soy. Gracias a vosotros, y también por vosotros, creo que soy mejor amiga para quienes se han quedado a mi lado.
Sin rencor, solo gratitud
Quiero que sepáis que en mi corazón no hay rabia. Guardo los recuerdos bonitos, aunque los haya guardado lejos, en un cajón que ya no abro cada día. Lo que aprendí de vosotros me hizo mejor persona. Y aunque a veces echo de menos poder contaros cosas que solo vosotros entenderíais, ya no duele. He aceptado que no formáis parte de los nuevos capítulos de mi vida.
Hay momentos, experiencias y versiones de mí misma que no existirían sin vosotros. No puedo borraros de mi historia, ni quiero hacerlo. Pero he aprendido a construir mi presente y mi futuro sin necesitaros.
Quiero que sepáis que soy feliz. Y que cuando pienso en vosotros, lo único que os deseo es que vosotros también lo seáis.











