Por mucho que nos guste creer —y hasta decirlo en voz alta— que vivimos en el "presente", en las citas el pasado sigue sentado frente a nosotros en la mesa.
No siempre está presente de forma evidente, no exige cuentas ni llama a la puerta; más bien se esconde tras preguntas tímidas, frases inconclusas y esa sensación difícil de explicar de “¿por qué tantos?”. Sin embargo, un estudio internacional reciente muestra que tenemos una visión mucho más compleja sobre el pasado sexual de la otra persona de lo que creíamos.
¿Por qué surgió la pregunta sobre el número de parejas?
Históricamente, el sexo no solo significaba intimidad, sino también riesgos serios: enfermedades, inseguridad económica y hasta estigmas sociales que podían llevar al rechazo o la exclusión. Aunque hoy contamos con mejores métodos de protección y planificación familiar, esos reflejos ancestrales aún no desaparecen en las relaciones a largo plazo.
Para muchos, un número bajo de parejas sigue asociado a conceptos como confiabilidad, valores “correctos” o estabilidad emocional —y claro, también se piensa lo contrario— aunque sabemos que la realidad es mucho más compleja.

Más allá de cierto punto, los números pierden peso
El estudio publicado en Scientific Reports con más de 5000 participantes analizó qué tan atractivo resulta alguien como pareja a largo plazo según su historial sexual. Una de las conclusiones más interesantes fue que, aunque existe un punto donde el número de parejas reduce el atractivo, este efecto no es infinito ni tan drástico como muchos creen.
El mayor “cambio” se dio entre 4 y 12 parejas anteriores: ahí fue cuando más personas dudaron sobre continuar conociendo a alguien. Pero después, el aumento en el número tuvo cada vez menos impacto: entre 12 y más de 30 parejas, la diferencia en la percepción fue mucho menor.
El “cuándo” a veces importa más que el “cuánto”
Quizás el hallazgo más sorprendente no fue el número de parejas, sino la importancia del momento en que ocurrieron.
Las personas cuya actividad sexual ha disminuido con los años resultaron consistentemente más atractivas para relaciones duraderas.
En cambio, causaron más precaución quienes recientemente han tenido muchas relaciones casuales, especialmente si ya tenían un número alto de parejas.
Curiosamente, este patrón se mantuvo incluso entre quienes se consideraban abiertos a relaciones casuales. Parece que la “desaceleración”, el cambio de ritmo y las señales de estabilidad son tranquilizadores para casi todos cuando se trata de compromiso.

Menos doble moral, más matices culturales
Una buena noticia es que el estudio no encontró una fuerte doble moral de género: hombres y mujeres evaluaron de forma similar el número de parejas previas. Hubo diferencias culturales —por ejemplo, los participantes de EE.UU. y Escandinavia fueron más permisivos que los de Europa del Este o Asia—, pero estas no alteraron el patrón general.
Claro que las conexiones rara vez comienzan analizando estadísticas; más bien surgen de pequeñas impresiones, sentimientos no expresados y la comprensión de que la otra persona no explica su pasado, sino que vive su presente y planea su futuro.
Quizás el mensaje más valioso del estudio es que somos cada vez menos juzgadores de lo que pensamos socialmente. Ya no es un solo número el que decide si alguien es “apto para una relación”, sino más bien dónde está ahora, hacia dónde va y cuánto sentimos que está listo para la estabilidad.











