En Hungría hay pueblos que parecen sacados de un cuento absurdo. Nombres que provocan una carcajada al leerlos en voz alta, y que sin embargo señalan lugares reales, con historia, naturaleza y encanto propio. Aquí tienes cinco de los más memorables, y la sorpresa es que todos merecen una visita.
Táska — "El bolso"
Sí, este pueblo se llama exactamente igual que la palabra húngara para "bolso". Táska es una pequeña localidad de la región de Transdanubia del Sur, en el condado de Somogy, al sur del lago Balaton.
Su entorno de humedales, matorrales y arboledas es el hogar de caza menor, mientras que en los bosques cercanos viven ciervos, corzos y gamos. El pueblo se construyó alrededor de lo que hoy es la colina de la iglesia, y la primera mención histórica data de 1121, cuando el monasterio de Balatonalmádi recibió derechos de pesca en sus aguas.
La proximidad al Balaton convierte a Táska en un destino ideal para los amantes del ecoturismo, la pesca, la caza y la equitación. La iglesia de San Martín forma parte de la ruta internacional de peregrinación de este santo, y las hileras de bodegas de Öreghegy, Boróca y Aligvárom son paradas obligadas para cualquier curioso.
Pókaszepetk — Un nome que desafía la pronunciación
Situado a orillas del río Zala, este pueblo fue mencionado por primera vez en 1262. Su nombre, ya de por sí peculiar, nació en 1943 de la unión de dos localidades: Pókafa y Szepetk. Sus vecinos más próximos tampoco se quedan atrás en originalidad: Pacsa, Tötös, Hazugd y Kerecseny son nombres igualmente llamativos.
Uno de los atractivos más singulares del pueblo es una apicultura ecológica donde se produce miel de excelente calidad. Además, la cercanía al lago Balaton, el paisaje natural y los buenos vinos locales lo convierten en un destino cada vez más popular para el turismo rural.
Gergelyiugornya — Trabalenguas con historia
Este nombre, que cuesta pronunciar incluso en húngaro, tiene una explicación sencilla: en 1939 se fusionaron los pueblos de Gergelyi y Ugornya, y desde 1969 el resultado forma parte del municipio de Vásárosnamény.
Gergelyiugornya se encuentra en el condado de Szabolcs, a orillas del Tisza, justo frente a la desembocadura del Szamos. La confluencia de estos dos ríos ofrece un escenario perfecto para los amantes del agua y la naturaleza.
La mayoría de los visitantes llegan atraídos por la playa fluvial gratuita del Tisza o por el parque acuático Atlantika, que convierte este rincón remoto en una escapada familiar muy animada en verano.

Makkoshotyka — Sonido mágico, paisaje de cuento
El nombre de este pueblo en el condado de Borsod-Abaúj-Zemplén suena casi como un hechizo. Y el lugar tiene algo de mágico: se encuentra a unos 80 km al noreste de Miskolc, en plena región vinícola de Tokaj-Hegyalja.
El paisaje ondulado, las callejuelas con encanto, una acogedora casa museo tradicional y los buenos vinos ya serían razón suficiente para visitarlo. Pero el gran protagonista es el castillo Meczner, hoy reconvertido en escuela forestal, desde donde se organizan rutas por la naturaleza, observación de aves, y talleres sobre fauna local y plantas medicinales. Los grupos escolares son visitantes habituales, lo que dice mucho de la riqueza del entorno.
Vindornyalak — El fin del mundo, pero precioso
Vindornyalak está en el condado de Zala, en el distrito de Keszthely, enclavado en el valle de Vindornya entre Zalaszántó y Vindornyaszőlős. Es un pueblo sin salida, lejos de todo, con transporte público escaso. Y precisamente eso es lo que atrae a quienes lo visitan: el silencio absoluto y la calma que ya escasean en el mundo moderno.
Su principal monumento es la mansión Hertelendy, construida en 1870 en estilo barroco tardío por la familia del mismo nombre. Junto a ella se levanta una iglesia de igual estilo, erigida sobre los cimientos de un templo anterior. Hoy la mansión, bellamente restaurada, pertenece al ayuntamiento local.
Los amantes de la historia y la religión pueden explorar las antiguas cruces de piedra del pueblo, mientras que los naturalistas disfrutarán del pantano de Vindornya, una zona de gran valor ecológico. Y el plato fuerte: uno de los álamos más grandes y extraños del país, conocido como el "Árbol que toca el cielo" o el "árbol de los 1000 años". Es un álamo negro con un tronco de 10,35 metros de circunferencia, tan hueco por dentro que puede servir de refugio en caso de lluvia. Si pasas por aquí, no puedes marcharte sin verlo.











