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Por qué los adultos también necesitan jugar (y la razón te va a sorprender)

Margarita Lobo4 min de lectura
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Por qué los adultos también necesitan jugar (y la razón te va a sorprender) — Estilo de vida
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Vivimos obsesionados con la productividad. Cada hora libre parece que debería servir para algo, y si no es así, sentimos que la estamos desperdiciando. Por eso el juego —ese juego sin objetivo, sin resultado, sin rendimiento— nos parece casi una irresponsabilidad. Pero los expertos dicen exactamente lo contrario: jugar es una de las herramientas más poderosas que tienen los adultos para gestionar el estrés, profundizar en sus relaciones y mantener la flexibilidad mental. El problema es que nadie nos lo dice.

¿Qué cuenta como juego cuando eres adulto?

Uno de los mayores malentendidos es creer que el juego tiene que parecer infantil. En la edad adulta, jugar puede tener formas muy distintas, y el concepto es mucho más amplio de lo que imaginamos. La clave es simple: es juego cualquier actividad en la que el proceso importa más que el resultado. No lo haces para producir algo ni para demostrarle nada a nadie. Lo haces porque te apetece. La curiosidad guía tus manos, no la obligación.

Muchas personas ni siquiera se dan cuenta de que están jugando, porque tendemos a restarle importancia a esos momentos. Pero también es jugar coger un pincel sin importarte lo que salga. Cantar a pleno pulmón bajo la ducha, completamente solo. Bailar toda la noche en tu cocina con las canciones del instituto. Ninguna de estas cosas necesita producir nada, y precisamente eso es lo que las hace valiosas.

Por qué el juego es esencial para la salud mental

El juego cumple un papel fundamental en la vida adulta, y no solo como entretenimiento. Uno de sus efectos más importantes es que nos saca del "modo supervivencia". Muchos adultos viven en un estado de ansiedad crónica, en alerta constante y sobrecarga emocional, y lo consideran normal porque llevan años así.

El juego le da al sistema nervioso la oportunidad de salir de ese estado de estrés permanente y volver al presente. La libertad, la imaginación y la alegría son exactamente los ingredientes que el sistema nervioso necesita para calmarse. Además, el juego desarrolla la empatía y la resiliencia emocional: nos ayuda a explorar diferentes perspectivas, identidades y emociones.

Esto no solo es valioso para el autoconocimiento, sino también para nuestras relaciones. Y aunque pocos lo relacionan con esto, el juego es también una de las mejores herramientas contra el burnout.

Nos reconecta con la alegría, la espontaneidad y el yo auténtico que la mayoría hemos perdido por el camino, mientras cumplíamos el rol del adulto responsable, productivo y que lo sostiene todo.

Sus efectos también son medibles a nivel físico. Reduce los niveles de cortisol, regula el nervio vago, aumenta la variabilidad de la frecuencia cardíaca y libera dopamina, todo ello sin el colapso posterior que suele seguir a la carrera por el rendimiento.

Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto?

Porque tenemos que darnos permiso para hacerlo, y eso, de adultos, resulta sorprendentemente difícil. La sociedad nos transmite el mensaje de que el juego es para los niños, y que si siendo adulto dedicas tu tiempo a eso, estás siendo irresponsable. Les resulta especialmente difícil salir de ahí a quienes han construido toda su identidad en torno a la competencia y la productividad.

El juego exige que seas principiante. Que no se te dé bien algo. Que abandones por un momento todo lo que consideras "propio de un adulto". Y eso desestabiliza antes de liberar.

Cómo volver a incorporar el juego en tu vida cotidiana

No hace falta pensar a lo grande. Basta con dejar espacio a la curiosidad.

Empieza con algo en lo que no necesites ser bueno: garabatea, pinta, monta un puzzle, saca un juego de mesa. La creatividad sin presión activa las partes del cerebro relacionadas con la flexibilidad y el placer.

También puedes jugar con otras personas: un chiste tonto con un amigo, un saludo secreto inventado con tu pareja. La risa y la conexión son de las formas más rápidas de sacar al sistema nervioso del modo estrés.

Incluso cosas tan sencillas como un paseo sin móvil y sin podcast pueden ayudar. Diez minutos de deambular sin rumbo también es juego, si en lugar de contar pasos simplemente dejas que tu mente vuele. El juego no es algo que puedas hacer solo cuando por fin terminas tu lista de tareas. Es lo que necesitas para volver a ti mismo, especialmente si llevas años siendo la persona que lo sostiene todo.

Sobre la autora

Margarita Lobo

Margarita Lobo escribe sobre relaciones, familia y el clima emocional silencioso que lo moldea todo. Le interesan las piezas que otras columnas esquivan — los suegros, el perro, la amistad que se volvió rara a los treinta — y las trata con el mismo cuidado que los asuntos grandes.

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