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La misma ansiedad, pero con mejor paisaje: lo que descubrí en una playa de España

Szabó Erzsébet5 min de lectura
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La misma ansiedad, pero con mejor paisaje: lo que descubrí en una playa de España — Estilo de vida
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Soy muy buena acumulando tensión invisible durante meses, mientras me aferro a una sola imagen: la de mí misma bajo las palmeras, con olor a sal en el aire, donde por fin todo se resolverá como por arte de magia y volveré a casa convertida en otra persona.

Estoy sentada en una playa preciosa de España, mirando el amanecer y a las pocas personas que deambulan a esta hora. Llegué temprano, casi todo el mundo sigue durmiendo. Los colores son tan perfectos que parecen sacados de una postal o de las fotos cuidadosamente editadas de los influencers de viajes. Las olas, casi invisibles, acarician la orilla con un ritmo perezoso y relajante. Objetivamente, este momento debería ser la definición exacta de la felicidad pura y el descanso merecido.

Mientras me hundo en la arena fina, me vienen a la mente esos memes que circulan por internet con el lema «no puedes huir de tus problemas yéndote a España», seguidos de una imagen de alguien bailando feliz con el texto: «yo y mis problemas en España». Y entonces llegó el golpe de realidad que tan hábilmente había intentado ocultarme: los memes son graciosos, pero la verdad me alcanzó igual. Tuve que admitir que podía estar en el lugar más bonito y tranquilo del mundo y aun así sentiría exactamente el mismo dolor que llevo dentro. Vivo lo mismo que en casa, solo que ahora con un fondo mucho más bonito.

El peso del equipaje invisible

Según las leyes de la física, hoy es increíblemente fácil recorrer miles de kilómetros en pocas horas. Pero la psique humana no funciona así. Vayas donde vayas, te llevas contigo: tus pensamientos, tu historia y todo lo que aún no has terminado de sentir.

El último año no fue amable conmigo. Las olas se sucedieron una tras otra, sacudiendo desde los cimientos mi sensación de seguridad. Todo empezó con una pérdida profunda e irreemplazable, una ausencia tan dolorosa que dejó un vacío enorme en mi día a día. Y casi de inmediato, ese peso del alma migró también a mi cuerpo.

Llegaron, uno tras otro, los golpes físicos: una visita a urgencias, una cirugía inesperada y, cuando apenas podía respirar tranquila, otra ronda de pruebas que terminó en la rutina diaria de tomar medicación. Todas esas heridas del cuerpo y del alma, el duelo, la impotencia y ese estado constante de alerta los guardé entre la ropa de verano, dentro de la maleta.

En el silencio, las emociones reprimidas toman el micrófono

En el ajetreo cotidiano, el exceso de trabajo y las prisas constantes son un mecanismo de defensa que funciona de maravilla y que, además, está socialmente aplaudido. Si siempre tengo mil tareas, si corro de un proyecto a otro, sencillamente no me queda tiempo para sentir, ni capacidad para escuchar mis voces internas. En un mundo que gira en torno al trabajo, el estrés se justifica a sí mismo con facilidad: al fin y al cabo, ¿quién no aceptaría la explicación de «estoy tensa y triste porque tengo que trabajar mucho»?

Pero ¿qué ocurre cuando por fin llegamos a las ansiadas vacaciones y de repente desaparece todo el ruido exterior? Ya no hay correos, ni reuniones obligatorias, ni plazos que aprieten. Y entonces, en ese silencio tan deseado, nuestras ansiedades reprimidas agarran de golpe el micrófono y empiezan a gritar más fuerte que el rumor del mar. Por eso unas vacaciones, por sí solas, no curan nada. Funcionan más bien como una lupa enorme e implacable que muestra con precisión milimétrica lo que pasa dentro, justo cuando ya no queda nada con lo que distraernos de nuestra propia realidad.

He hecho muchísimos viajes maravillosos en mi vida, y este también fue una experiencia preciosa, llena de una belleza irrepetible. Y aun así no fui feliz todo el tiempo, ni mi sistema nervioso se calmó por arte de magia al tercer día. Pero quizá por eso mismo se convirtió en uno de los viajes más importantes de mi vida. Comprendí que cambiar de aires es algo fantástico, que inspira y recarga, pero que nunca podrá sustituir el trabajo honesto y profundo de conocerse a una misma. La próxima vez que sienta esas ganas de huir, ya sabré la verdad: no necesito buscar un nuevo cañón ni un país lejano en el mapa, sino sentarme conmigo misma y, con paciencia y cariño, empezar a poner orden ahí dentro.

¿Por qué la ansiedad no desaparece durante las vacaciones?

Porque el equipaje emocional viaja con nosotros. Cambiar de lugar no borra el duelo, el estrés o el agotamiento que llevamos dentro; solo cambia el escenario que lo rodea.

¿Por qué las emociones reprimidas aparecen justo al descansar?

Durante el día a día, las prisas y las tareas funcionan como una distracción constante. Cuando ese ruido exterior desaparece, en el silencio las emociones que habíamos callado salen a la superficie con fuerza.

¿Sirve viajar para cuidar la salud mental?

Un cambio de aires inspira, recarga y puede sentar muy bien, pero no sustituye el trabajo profundo de autoconocimiento. Es un complemento valioso, no una solución mágica.

¿Qué hacer cuando sientes ganas de escapar?

En lugar de buscar un destino lejano, el primer paso es sentarse con una misma y empezar a ordenar lo que ocurre por dentro, con paciencia y cariño.

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