Hace unas semanas visité un mirador bastante popular. Las vistas eran espectaculares: naturaleza exuberante, cielo despejado, un horizonte que se perdía en la distancia. Pero algo llamó mi atención mucho más que el paisaje. La mayoría de la gente que había allí no estaba mirando el paisaje.
Cuando el paisaje se convierte en fondo de pantalla
Había quien había llegado ya vestido con un conjunto cuidadosamente elegido para las fotos, sin importar que no fuera precisamente lo más cómodo para caminar. Una chica pasó largos minutos ajustando la misma pose una y otra vez, mientras detrás de ella un grupo de personas esperaba pacientemente su turno para, simplemente, contemplar el panorama.
Otra persona subía por el sendero pedregoso con unas sandalias de tacón que habrían encajado mejor en una cena junto al mar que en una ruta de montaña.
La escena era extraña y, al mismo tiempo, muy reveladora.
Mientras los observaba, me sorprendí a mí misma empezando a compararme. ¿Iba yo demasiado informal? ¿Debería haberme arreglado más? Y entonces lo entendí: esa es exactamente la trampa en la que las redes sociales nos hacen caer sin que apenas nos demos cuenta.
Mientras todos intentaban mostrar lo increíble que era su experiencia, muchos parecían estar perdiéndose la experiencia misma.
El precio de la foto perfecta
También recuerdo una escena en la playa que no he podido olvidar. Alguien colocó su café con hielo frente al fondo ideal, lo fotografió desde varios ángulos y solo lo probó cuando ya llevaba un buen rato esperando. Para entonces, casi con toda seguridad, se había calentado. En la mesa de al lado ocurrió algo parecido con un plato de pescado y patatas fritas: cuando terminó la sesión fotográfica, la comida ya no estaba en su mejor momento.
A mí también me gusta fotografiar lo que como o bebo, y dado que llevo un blog sobre alimentación sin gluten, muchas veces lo hago de forma consciente. Pero últimamente me esfuerzo cada vez más en que eso no arruine el placer de comer.
Las vacaciones se han convertido en producción de contenido
No hace tanto tiempo, las fotos de vacaciones tenían un papel muy distinto. Hacíamos algunas imágenes de la familia, los amigos o un paisaje bonito, y al volver a casa las mirábamos con alegría.
Hoy, en muchos casos, el objetivo ya no es solo guardar un recuerdo bonito.
Antes de salir de viaje buscamos inspiración. Seleccionamos los lugares. Investigamos qué cafetería tiene la mejor luz para fotos, dónde está el punto más instagrameable, qué ropa quedará mejor en las imágenes.
Para muchas personas, una parte de las vacaciones se ha convertido en un proyecto fotográfico. No necesariamente porque lo hayan decidido así de forma consciente, sino porque las redes sociales han creado expectativas nuevas, casi sin que nos demos cuenta.
Lo que vemos en redes no es la historia completa
Mirando los perfiles de otros, es fácil creer que a todo el mundo le sale todo bien. El cuerpo perfecto. La pareja perfecta. Las vacaciones perfectas. La foto perfecta. Pero en la gran mayoría de los casos, solo estamos viendo una parte muy pequeña de la historia.
No vemos las veinte fotos fallidas antes de conseguir la pose. No vemos el madrugón para llegar al sitio antes que los turistas. Y muchas veces tampoco vemos todo lo que alguien sacrificó en nombre de una imagen impresionante.
Solo vemos el resultado final. Un instante cuidadosamente seleccionado. Y con frecuencia lo comparamos con nuestra realidad completa, con todo lo que incluye.
Por unos likes, perdemos lo que más importa
Uno de los mayores regalos de las vacaciones debería ser la desconexión del ritmo frenético del día a día. Y sin embargo, muchos llevamos con nosotros exactamente los mismos patrones de los que queríamos alejarnos unos días.
Fotografiar. Grabar. Editar. Publicar. Revisar comentarios. Contar los likes. Mientras tanto, lo que nos llevó a hacer las maletas queda en un segundo plano: el sonido del mar, el aire de la montaña, una conversación larga y sin prisa, una carcajada espontánea, un momento que no compartimos con nadie pero que llevaremos con nosotros para siempre.
El problema no es la fotografía en sí
No hay nada de malo en que nos guste hacer fotos. A mí me encanta. Para muchas personas, la fotografía no es solo documentar, sino también una forma de expresión creativa genuina. Una imagen bien compuesta puede ser parte del viaje en sí misma, igual que el camino o las vistas.
El problema empieza cuando la foto se vuelve más importante que la experiencia que debería retratar.
Cuando vemos una puesta de sol por primera vez a través de la pantalla del móvil. Cuando durante una excursión dedicamos más tiempo a los encuadres que al paisaje. Cuando medimos el éxito de unas vacaciones por el número de reacciones que recibimos.
Los mejores recuerdos de verano rara vez son perfectos
Con el paso de los años, sin embargo, lo que solemos recordar no son las fotos más cuidadas. Recordamos cuando nos perdimos en una ciudad desconocida. Cuando empezó a llover de repente. Cuando nos reímos durante horas con los amigos. Cuando el viento nos revolvió el pelo y ninguna foto salió como habíamos planeado.
Porque los momentos más bonitos de la vida rara vez son fotogénicos. Pero son reales.
Y al final, valen mucho más que cualquier imagen de verano que parezca perfecta.











