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Dejé de perseguir las vacaciones perfectas — y así es como me preparo ahora

Nyul Debóra5 min de lectura
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Dejé de perseguir las vacaciones perfectas — y así es como me preparo ahora — Estilo de vida
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Hubo una época en que organizar las vacaciones era para mí casi un proyecto de trabajo. Listas interminables, horarios ajustados al minuto, ese eterno "a ver si encajamos una cosa más". Antes de salir ya estaba agotada preguntándome si había metido todo en la maleta, a qué hora llegaríamos al alojamiento y si conseguiríamos ver cada uno de los lugares que había marcado en el mapa. Creía que cuanto más lo controlara todo, mejor sería la experiencia.

La realidad era muy distinta. Muchas veces llegaba al primer día de vacaciones sin energía. La obsesión por las vacaciones perfectas no me hacía más feliz, sino que me robaba silenciosamente la posibilidad de disfrutar de lo espontáneo.

El momento en que entendí que la perfección es una ilusión

Con los años, mi forma de ver las cosas fue cambiando de manera lenta pero decidida. Me di cuenta de que cuando quiero controlar cada momento, pierdo exactamente aquello por lo que me voy de viaje: la libertad.

Hoy ya no busco que todo salga según el plan, porque siendo honesta, eso casi nunca ocurre. Lo que me importa ahora es cómo me siento durante el camino. Si soy capaz de estar presente, de detenerme, de alegrarme por lo que ese instante me ofrece.

Nunca imaginé, por ejemplo, que antes de cumplir los treinta ya me haría feliz simplemente terminar una excursión sin que me dolieran el tobillo o el hombro. La vida lo trajo así, y estoy agradecida de que hoy sepa reconocer el enorme valor de lo que antes daba por sentado.

Planificar con intención, no con rigidez

La espontaneidad total tampoco es lo mío, pero he encontrado mi propio equilibrio. Suelo elegir un destino de verano ya en enero. Eso no solo me da algo bonito a lo que mirar durante los meses grises del invierno, sino que también tiene ventajas muy prácticas: hay más opciones disponibles y, por lo general, a mejores precios.

La diferencia es que ahora no quiero tenerlo todo planificado minuto a minuto. Prefiero darle un marco al viaje, no un guion estricto. Saber dónde dormiré y cómo llegaré, pero dejar espacio para lo que surja.

Hacer la maleta sin drama

Antes, mi maleta era casi un kit de supervivencia, construida bajo el principio de "por si acaso". Ahora lo hago de otra manera.

Me recuerdo a mí misma que viajamos a lugares donde también hay tiendas, donde se puede comprar casi cualquier cosa si se nos olvida algo o si lo necesitamos de improviso. Ese pensamiento es liberador. Las vacaciones no mejoran por estar preparada para cada eventualidad, sino por no cargar con peso innecesario, en sentido literal y figurado.

Comer con intolerancias: de la angustia a la conciencia

Tener intolerancia al gluten y a la lactosa fue durante mucho tiempo una fuente de estrés real cuando viajaba. Más de una vez, una decisión tomada con el "seguro que va bien" acabó con consecuencias bastante desagradables.

Hoy lo gestiono de otro modo. Me informo con antelación, busco opciones, leo las experiencias de otras personas. Si un sitio me genera dudas, no arriesgo. Prefiero comer algo que haya traído de casa, porque sí, ahora siempre llevo mis "provisiones de emergencia".

Además, cada vez más tiendas en el extranjero ofrecen productos sin gluten y sin lactosa de confianza, lo que facilita mucho las cosas.

El tiempo: de enemigo a aliado

Antes, el mal tiempo era capaz de arruinarme el día por completo. Si llovía, si hacía demasiado calor, ya sentía que "el día estaba perdido".

Ahora planifico conscientemente actividades que van bien con el sol, pero también cosas que apetecen en una tarde lluviosa. Un chaparrón inesperado se convierte en la excusa perfecta para ir más despacio. Una tarde de calor sofocante es la ocasión ideal para una limonada bien fría en una terraza a la sombra.

El clima deja de ser un problema cuando dejas de pelearte con él.

Mi verdadero objetivo: estar presente

El mayor cambio, quizás, es que ya no me importa tanto "tachar" experiencias de una lista. No se trata de cuántos monumentos hemos visto ni de si el programa fue "perfecto".

Se trata de los momentos pequeños. Un café tranquilo por la mañana. Una carcajada mientras paseamos. Una callejuela descubierta sin querer. Un instante de calma en el que simplemente me siento bien.

Esos son los recuerdos que perduran. No los que estaban en el itinerario.

Darme permiso para ir más despacio

Hoy sé que el descanso no ocurre solo. Hay que permitírselo.

Si estoy cansada, no sigo corriendo solo porque "cabría un plan más". Si me apetece parar, paro. Me siento. Tomo un café o una limonada. Observo. No hago nada en particular, y eso está perfectamente bien.

No perfectas, sino reales

Las vacaciones perfectas suenan muy bien, pero casi siempre son un ideal inalcanzable. La realidad siempre será un poco diferente: con imprevistos, pequeños contratiempos, momentos de incomodidad. Y quizás precisamente por eso son auténticas.

Este año yo no quiero unas vacaciones perfectas. Solo quiero muchos momentos que me recuerden que vivir es algo hermoso.

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