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Vivo el verano a tope y aun así siento que me pierdo algo: esto es el FOMO

Szabó Erzsébet6 min de lectura
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Vivo el verano a tope y aun así siento que me pierdo algo: esto es el FOMO — Estilo de vida
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Cuando llega el buen tiempo, casi se puede oler la prisa en el aire: hay que vivir ahora, hay que probarlo todo ahora y no desperdiciar ni una sola hora de sol. Y sin embargo, en medio de esa carrera, aparece una sospecha incómoda que no me deja en paz.

Conozco esa sensación desde hace años. Los planes atrevidos que tejo en enero se vuelven realidad en mayo, y convierto toda la temporada en un río efervescente de experiencias. Aun así, mientras corro de un plan a otro y mi agenda parece el horario de un centro logístico saturado, hay una sombra que se esconde a mis espaldas. ¿Por qué, aunque aparentemente estoy exprimiendo el verano al máximo, me invade la sospecha de que me estoy perdiendo algo importante?

La presencia se pierde cuando te comprometes con demasiado

Solemos creer, erróneamente, que el miedo a perderse algo pertenece solo a los momentos silenciosos y solitarios. Que afecta únicamente a quien pasa una tarde en el sofá viendo las aventuras de los demás.

Yo, en cambio, vivo en mi propia piel la paradoja del verano: cuanto más intento comprimir experiencias en mis semanas, menos consigo disfrutar realmente de ellas.

Cuando los viajes en familia, los findes con amigas, los planes al aire libre por la noche y las jornadas de playa se suceden uno tras otro, la alarma interior de mi cabeza no se apaga. En plena vorágine se cuela la ansiedad sin que me dé cuenta: «¿de verdad estoy en el mejor sitio posible?».

El término FOMO —del inglés Fear of Missing Out, el miedo a perderse algo— nació a principios de los años dos mil, pero fue con el auge de las redes sociales cuando se convirtió en parte esencial de nuestra vida cotidiana. Nos fijamos tanto en él porque puso nombre exacto a esa presión moderna que nos cargan sobre los hombros las infinitas posibilidades.

Con cada decisión renunciamos a otra cosa

La pantalla que llevamos en el bolsillo nos sugiere constantemente que el mundo es un catálogo infinito de experiencias. Da igual que estemos en mitad de una excursión de ensueño o refrescándonos en nuestra playa favorita: basta un solo gesto en el móvil para toparnos con el atardecer de una costa exótica y lejana o con la imagen de una encantadora callecita mediterránea.

Pero la raíz del problema no es que nuestro propio plan carezca de valor, sino que el mundo digital nos hace creer que con cada elección estamos perdiendo otras mil posibilidades. Las alternativas que ignoramos —o que rechazamos voluntariamente— empiezan a alimentar el fantasma de la ausencia y de lo perdido, cuando en realidad lo único que deberíamos hacer es sumergirnos en el placer que nos rodea justo en ese momento.

No quiero agradar a nadie de fuera

Esta tensión interior, en mi caso, no tiene nada que ver con presumir de cara a los demás. No corro porque quiera impresionar a nadie: no publico mis experiencias de forma habitual y, cuando lo hago, solo las comparto con mi círculo reducido de Instagram, unas 150 personas, y ahí también selecciono con cuidado. No quiero hacer sentir mal a mis seres queridos.

La presión, por tanto, no viene de fuera, sino de lo más profundo de mí. Siento que la gran mayoría de las experiencias vibrantes y de verdad se concentran en estos pocos meses cálidos, y que si ahora no aprovecho cada ocasión que se presenta, en los días más fríos acabaré arrepintiéndome. Ese peso es lo que hace tan difícil la presencia despreocupada, porque al pasar la hoja del calendario se cierran también, al menos por un tiempo, las puertas de las oportunidades.

A medida que avanza el verano, la vorágine deja paso a menudo a una cuenta atrás interior más silenciosa, pero mucho más melancólica. Aunque el calor todavía aprieta, la idea de la transición inevitable envenena los días casi sin que lo note. Esa sensación recuerda inquietantemente a la clásica angustia de la tarde del domingo, cuando las últimas horas del fin de semana ya no las ocupa el descanso, sino la inquietud por las tareas del día siguiente. Agosto es para mí la tarde de domingo del año entero, aun sabiendo que con esa cuenta atrás destruyo precisamente la libertad interior por la que he trabajado duro todo el año.

Reconocerlo ya es medio camino andado, y cada vez intento con más conciencia estar donde estoy. Pero soltar exige un aprendizaje constante. Cuando me sorprendo pensando ya en la siguiente parada o en el tiempo que se escapa, intento volver al presente.

Aunque no voy a mentir: no siempre lo consigo

Porque la verdad es que adoro el verano. Con todo mi corazón y sin ningún pudor. Es cuando de verdad vivo, y si por mí fuera no pasaría ni un minuto entre cuatro paredes. Y no lo hago, salvo el tiempo inevitable que dedico al trabajo para poder financiar todo esto.

Pero quizá el objetivo no sea reprimir esta sensación, ni obligarme a una existencia lenta y meditativa que simplemente no soy yo. Así que la verdadera lección para mí no es que deba dejar de correr, sino que tengo que aprender a convivir con el precio de mis propios deseos. Perderse cosas no es un error, sino la consecuencia natural de elegir.

El verano es corto, la vida es caótica y yo soy una persona que quiere exprimir hasta la última gota de sol de estos pocos meses. Y si eso implica que a veces me invada el FOMO, o que en plena locura logística tenga que recordarme respirar hondo… pues que así sea. Puede que no lo haga como en los libros, pero al menos lo vivo de verdad, con el corazón limpio.

¿Qué es exactamente el FOMO?

FOMO viene del inglés Fear of Missing Out, el miedo a perderse algo. Nació a principios de los años dos mil y se convirtió en parte de la vida cotidiana con el auge de las redes sociales, al poner nombre a la presión de las infinitas posibilidades.

¿Por qué siento FOMO aunque no pare de hacer planes?

Porque la presión no siempre viene de fuera. Al intentar comprimir demasiadas experiencias, cuesta disfrutarlas de verdad, y el mundo digital refuerza la idea de que con cada elección se pierden mil alternativas.

¿Cómo puedo estar más presente durante el verano?

Reconocer la sensación ya es medio camino. Cuando la mente se va hacia la siguiente parada o hacia el tiempo que se escapa, ayuda intentar volver conscientemente al momento presente, aunque soltar requiera práctica constante.

¿Está mal perderse algunos planes?

No. Según la propia experiencia narrada, perderse cosas no es un error, sino la consecuencia natural de elegir. El objetivo no es dejar de vivir con intensidad, sino aprender a convivir con el precio de los propios deseos.

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