Puede que el aire acondicionado nunca haya trabajado tanto como este año: la canícula aprieta, el asfalto casi arde bajo los pies. Y sin embargo, en el aire flota ya algo difícil de explicar, ese roce sutil que avisa de que hemos cruzado una frontera invisible.
Es agosto. Todavía queda un buen tercio del verano por vivir, pero a mí se me encoge el estómago sin poder evitarlo. Esa melancolía silenciosa y algo asfixiante llega puntual, como un reloj. Por más que intente combatirla, por más que sepa que la temporada sigue en pleno apogeo, el calendario es terco.
De los sueños de enero a la euforia de mayo
Soy una criatura de verano de las de verdad, de esas que casi solo sobreviven cuando anochece pronto, y que ya en enero se pierden entre páginas de viajes buscando inspiración (y, casi siempre, reservando). Todo el año me preparo para estos pocos meses, y hago lo imposible para que sean una gran aventura para toda la familia. Cuando por fin llega la primavera, renazco; en cambio, los meses de finales de otoño e invierno me apagan por completo.
Este año también tuvimos suerte y todo salió según lo previsto: en las vacaciones de primavera viajamos por el país, y mayo lo cerramos con un viaje a España que salió redondo. El último día del mes volvimos a casa con la idea embriagadora de que, al día siguiente, incluso el calendario nos devolvería la mirada del verano.
Y los dos meses que siguieron fueron tan intensos y burbujeantes como los había soñado. Mi hija encadenó campamentos, yo me regalé en julio un inolvidable fin de semana entre amigas, y también tuvimos nuestras grandes vacaciones familiares. Así que de verdad exprimimos al máximo esa recarga de cuerpo y alma.
Y ahora estamos en la puerta de agosto
Nos esperan aún unas semanas con momentos muy especiales, de esos que se recuerdan toda la vida, pero ya noto que el aire es distinto, que algo nuevo se acerca. Quizá sea precisamente esa transición más tranquila la que enciende mi alarma interior. En temporada alta no nos gusta viajar, justo para esquivar las aglomeraciones, así que en casa agosto tiene el sello de otra clase de preparativos.
Por estas fechas nos entra, casi sin darnos cuenta, la fiebre de ordenar y descartar. Este año, por ejemplo, queremos reorganizar la habitación de mi hija, poner orden en el trastero y volver a deshacernos de todo lo que ya no necesitamos. Ese ritual estacional es casi terapéutico: como si quisiéramos vaciar el espacio no solo físico, sino también mental, para afrontar la rueda del otoño y el invierno con la sensación de poder respirar hondo.
Por esa dualidad, resulta increíblemente difícil vivir el presente y quedarse en el instante, bajo treinta grados, mientras en el horizonte ya se intuye el final del verano y el olor de la vuelta al cole.
Agosto es, en cierto modo, el domingo por la tarde del año: igual que el clásico síndrome dominical, cuando a las cuatro caemos en la cuenta de que mañana es lunes y, en lugar de disfrutar lo que queda del fin de semana, ya estamos angustiados por las tareas del día siguiente.
¿Y si en vez del lunes elijo el sol de la tarde?
Si lo miro con la cabeza fría, sé perfectamente que nada se ha terminado. Es más, para el otoño hemos planeado cosas prometedoras y emocionantes, quizá precisamente para trasladar un poco de esa sensación de libertad y de efervescencia veraniega a los meses más frescos. Pero al mismo tiempo me incomoda, porque lo sé: con esa cuenta atrás constante estamos matando justo la libertad interior por la que tanto trabajamos el resto del año.
Por eso este año quiero escribirme un guion nuevo, e intentar no pasar agosto llorando septiembre por adelantado. Prefiero respirar hondo y disfrutar del sol de la tarde mientras dure. Porque todavía dura.
Está en las tajadas jugosas de sandía, en las noches de tinto de verano, en las charlas con las amigas mirando las estrellas, y en esa ligereza maravillosa de que aún me baste un simple vestido de verano para salir por la puerta.
¿Por qué llega la melancolía en agosto si aún queda verano?
Porque el cambio de aire y esa transición más tranquila activan una especie de alarma interior. El calendario nos recuerda que se acerca el final, aunque la temporada siga en pleno apogeo.
¿Qué es el "síndrome del domingo" aplicado a agosto?
Es la sensación de angustiarnos por lo que viene en lugar de disfrutar el presente. Igual que el domingo por la tarde pensando en el lunes, agosto nos hace anticipar septiembre y perdernos el ahora.
¿Por qué ordenar y descartar cosas ayuda en esta época?
Reorganizar la casa funciona como un ritual estacional: al vaciar el espacio físico también se libera algo a nivel mental, y eso permite afrontar el otoño con la sensación de poder respirar hondo.
¿Cómo se puede vivir mejor el final del verano?
Dejando de despedirse por adelantado. Respirar hondo, disfrutar del sol mientras dura y saborear los pequeños placeres del verano ayuda a mantenerse en el presente en lugar de gastar energía en la cuenta atrás.











