Cada verano, con el calor, vuelve puntual esa vieja conocida: la ansiedad de la temporada de playa. Ese nudo en el estómago justo antes de quitarte la toalla.
Seguro que has oído ese lema tan liberador: si tienes cuerpo y tienes bikini, ya estás oficialmente lista para ir a la playa. Pero seamos sinceras: una cosa es aceptarlo como un argumento lógico y bonito, y otra muy distinta creértelo de verdad, en lo más hondo. A mí me hizo falta una lección brutal de la vida para llegar ahí. Después de ella, me miro al espejo con otros ojos.
Cuando el gesto más natural se convierte en un lujo
El otoño pasado pasé por una operación importante. Antes de ella —y durante bastante tiempo después— los movimientos más simples y naturales se volvieron un lujo impagable. De repente comprobé en mi propia piel lo que se siente cuando tu cuerpo sencillamente no responde, cuando se niega a obedecer lo que tu cabeza le ordena. Ahí estaba yo, en la cama del hospital, descubriendo que sin ayuda ni siquiera podía girarme de un lado al otro. Mucho menos levantarme sola o dar unos pasos.
Esa indefensión fue una bofetada tremenda del destino, porque hasta ese día yo también vivía convencida de que mi cuerpo era una especie de proyecto estético. Algo que corregir y pulir constantemente, con lo que nunca estaba del todo satisfecha. Durante aquellos meses de reposo forzado me di cuenta de lo equivocada que estaba, y de lo increíblemente injustas, incluso crueles, que somos con nosotras mismas.
Damos por hecho que caminamos, respiramos, abrazamos o que nadamos, saltamos y subimos escaleras, mientras somos capaces de odiar con toda el alma ese envoltorio maravilloso que hace todo eso posible.
La trampa de la chica de veinte años que fui
Recuerdo perfectamente lo mucho que llegaba a angustiarme en la playa, completamente en vano. De adolescente y de joven estaba, claro, más firme en todas partes, con apenas rastro de celulitis, y aun así me encontraba mil y un defectos. Siempre había algo que no era lo bastante perfecto, y con ese maximalismo era capaz de arruinar por completo los momentos que deberían haber sido despreocupados.
Ahora, más cerca de los cuarenta que de los treinta, tras una operación seria —después de la cual me alegraba hasta de poder ir a rehabilitación—, sí, mi piel de naranja se nota más. ¿Pero sabes qué? Hoy quiero y respeto este cuerpo muchísimo más que a su versión de veinte años. Porque este cuerpo ha dado vida, ha sido capaz de curarse (con ayuda, sí), me lleva a lugares maravillosos y me regala experiencias increíbles. Así que una cosa es segura: este año también me acompañará a meterme entre las olas frescas.
Otra verdad importante que descubrí observando en la orilla
Tendemos a creer que, en cuanto salimos de la seguridad de la toalla, todas las miradas se clavan en nosotras y los ojos críticos empiezan a rastrear nuestros defectos.
La verdad, en cambio, es que en la playa cada persona está mucho más pendiente de su propio cuerpo y de sus propias inseguridades que del tuyo o del mío.
Todo el mundo tiene algo en su cuerpo que preferiría esconder del mundo, y lo más curioso es que muchas veces ocultamos con miedo justo aquello que a los demás quizá les encanta de verdad. Por ejemplo, esa chica de pecho generoso y bonito que te parece envidiable puede estar encorvándose sin parar porque se siente incómoda por él. Y esa otra mujer, cuyas caderas femeninas admiras, quizá se angustia escondida tras su toalla porque cree que no tiene el vientre lo bastante plano. Todas jugamos exactamente el mismo partido difícil dentro de nuestra cabeza, solo que en versiones distintas. Y, aun así, del todo en vano.
Así que este verano, cuando te pongas el bikini y sientas moverse en ti ese diablillo crítico tan conocido, párate un segundo y piensa en esto: tus piernas te llevan hasta el agua fresca, tu piel siente el calor del sol, estás viva, te mueves libre, respiras… La piel de naranja, las estrías, los kilos de más o las cicatrices de una operación son todos partes valiosas de nuestra propia historia, mapas de lo que hemos vivido. Quiere a tu cuerpo por lo que es capaz de hacer y disfruta cada momento del verano. ¡Nos vemos en el agua!
¿Por qué sentimos tanta ansiedad al llegar la temporada de playa?
Porque tendemos a ver nuestro cuerpo como un proyecto estético que siempre hay que corregir, y creemos que en la playa todos observan nuestros defectos. En realidad, cada persona está más pendiente de sus propias inseguridades.
¿Cómo puedo cambiar mi forma de mirarme en la playa?
Detente un momento y recuerda todo lo que tu cuerpo hace por ti: caminar, respirar, moverte libremente. Valorarlo por lo que es capaz de hacer, y no solo por su aspecto, cambia por completo la experiencia.
¿Los demás realmente se fijan en mis imperfecciones?
Casi nunca. En la playa cada quien está absorto en su propio cuerpo y sus propias inseguridades. Muchas veces escondemos con miedo justo lo que a otras personas les parece admirable.
¿Qué representan las estrías, la celulitis o las cicatrices?
Según el artículo, son partes valiosas de nuestra historia, mapas de lo que hemos vivido. Lejos de ser defectos que ocultar, cuentan aquello por lo que ha pasado nuestro cuerpo.











