No es cuestión de genes. O al menos, no solo de genes. Antes de que supieras nada sobre tu propio cuerpo, ya había alguien que te enseñó, sin decir una palabra, cómo debe una mujer relacionarse con su cuerpo. En la mayoría de los casos, esa persona fue tu madre.
Lo que ella veía en el espejo, lo que decía, lo que hacía frente a él… todo eso se te quedó grabado. Muchas veces de una forma tan silenciosa que no lo notaste durante décadas.
Lo que veías de niña
¿Recuerdas cómo se plantaba tu madre frente al espejo? ¿Cómo se comentaba a sí misma al probarse un vestido? ¿Qué decía cuando volvía de vacaciones y se veía en las fotos?
Para muchas mujeres son recuerdos diminutos, casi insignificantes: una media frase aquí, un suspiro allá. Pero una niña lo ve todo y lo guarda todo.
Si tu madre decía «estoy gorda», aprendiste que al cuerpo se le juzga con frases así. Si nunca comía tarta porque «no le entraba», aprendiste que entre la comida y el cuerpo existe una ecuación complicada. Si para recibir un elogio había que adelgazar, aprendiste que el valor de tu cuerpo es variable y que hay que ganárselo sin descanso.
Nada de esto lo dijo directamente. No hacía falta. Bastaba con mirar. Si te interesa cómo el diálogo interior negativo moldea la forma en que nos vemos, ahí empieza gran parte de la historia.
Las frases que se quedan para siempre
Esas frases que tu madre soltó alguna vez quizá las lleves tú también dentro. «Tienes las caderas anchas, como yo.» «En nuestra familia, las mujeres somos así.» «Ten cuidado, que engordas con facilidad.»
No las decía con mala intención. La mayoría de las veces salían del miedo, de la preocupación, o simplemente porque ella también las había escuchado de su propia madre. Pero el efecto es el mismo: se quedan dentro y trabajan en silencio.
Lo curioso es que rara vez las recordamos con nitidez. Simplemente, un día sabes que tu cuerpo es así, que ese es tu destino, que ese es tu límite. Como si siempre hubiera sido de esa manera. Cuando en realidad alguien te lo dijo una vez.
La relación de tu madre y la tuya con el cuerpo
Esto no va de culpar a nadie. Nuestras madres también heredaron algo: de sus propias madres, de las exigencias de su época, de las revistas con las que crecieron.
La cadena es más larga de lo que pensamos, y la mayoría de las mujeres que transmitieron mensajes negativos lo hicieron con la mejor intención. Es solo que ellas tampoco aprendieron a hacerlo de otra manera.
Pero vale la pena preguntarte: la forma en que piensas sobre tu cuerpo, cómo te miras al espejo, cómo decides durante una cena con una copa de vino que «hoy me lo merezco»… ¿de dónde vienen esos pensamientos? ¿Son de verdad tuyos? ¿O los heredaste de alguien que, a su vez, los heredó de alguien más?
Cómo salir de todo esto
El primer paso es darte cuenta. Detenerte en mitad de un pensamiento y preguntarte de quién es esa voz en realidad. No para cambiarla al instante, sino para saber que no es una ley inamovible, sino un patrón heredado. Y lo que se hereda, también se puede soltar.
El segundo paso es no transmitirlo. Si tienes una hija, una hermana pequeña, una sobrina, cualquier persona que te observe, cuida lo que dices sobre tu propio cuerpo delante de ella.
No hace falta quererte a la perfección para dejar de criticarte en voz alta. Es una de las decisiones más silenciosas, pero también más importantes que puedes tomar.
La cadena no se rompe sola. Alguien tiene que empezar a hacerlo de otra manera, y ese alguien puedes ser tú.
¿Por qué influye tanto mi madre en cómo veo mi cuerpo?
Porque antes de que tuvieras conciencia de tu propio cuerpo, ella te mostró con sus gestos y palabras cómo relacionarse con el suyo. Una niña observa y guarda todo, aunque no lo recuerde años después.
¿Significa esto que la culpa es de mi madre?
No. El artículo deja claro que no se trata de culpar a nadie. Nuestras madres también heredaron esos mensajes de sus propias madres y de la época en que crecieron, casi siempre con la mejor intención.
¿Cómo puedo reconocer un patrón heredado?
Detente en mitad de un pensamiento sobre tu cuerpo y pregúntate de quién es esa voz en realidad. Reconocer que es algo aprendido, y no una verdad inamovible, es el primer paso para poder soltarlo.
¿Qué puedo hacer para no transmitirlo a los demás?
Cuida lo que dices sobre tu propio cuerpo delante de las personas que te observan. No necesitas quererte a la perfección; basta con dejar de criticarte en voz alta.











