Artículo de opinión: Bárbara López
Mi hija tiene la costumbre de hacerme cumplidos por las mañanas mientras me arreglo. Es algo que ocurre de forma natural, casi como un pequeño ritual entre nosotras. Yo también se los hago a ella: le digo que es increíblemente lista, sensible y divertida, que me encanta el color de sus ojos, que le sienta genial el vestido azul, que me vuelve loca su pelo rizado e imposible de domar.
Ella me devuelve los piropos. A veces le gusta el tono de mi pintalabios, otras veces me dice que estoy guapa con la falda. Hasta ahora, esas palabras vivían en un espacio seguro y cálido entre nosotras, un lugar donde la belleza era simplemente alegría, no una medida de nada.
Entonces, un día, escuché algo diferente: «¡Estás muy guapa, mamá! ¡Qué delgada estás!»
La frase se quedó suspendida en el aire. Y yo, de repente, no supe qué hacer con ella. Era la misma voz, la misma niña, el mismo momento de cariño de siempre… pero fue como si apareciera una pequeña grieta en las paredes de nuestro espacio seguro.
No sabía de dónde lo había escuchado. No sabía exactamente qué entendía con eso. Solo sabía que no quería que un determinado tipo de cuerpo se convirtiera en un requisito para ser «guapa» en su cabeza.
Yo soy delgada por constitución, y siempre lo he sido. Es probable que ella herede una complexión similar. Pero precisamente por eso me parece especialmente importante que lo que ve y lo que escucha no reduzca el concepto de belleza a una sola dirección.
Quiero que quiera su cuerpo. Como yo intento querer el mío. Pero no porque sea delgado, no porque cumpla algún estándar no escrito. Sino porque es suyo.
Creo sinceramente que todos los cuerpos son bellos. Y que la belleza no es una clasificación. No hay cuerpos «mejores» ni «peores», sino cuerpos distintos que cargan con vidas distintas.
Por eso no dejé pasar esa frase con un simple «gracias».
En lugar de eso, empezamos a hablar
¿Qué significa tener un cuerpo bonito? ¿Qué es un cuerpo sano? ¿Qué es un cuerpo fuerte? ¿Por qué queremos nuestro cuerpo? Estas preguntas no estaban preparadas de antemano, pero a medida que las fuimos diciendo en voz alta, quedó claro lo mucho que hay detrás de cada una.
Y también quedó claro que la palabra «delgada» no es neutra. Viene de algún sitio. Significa algo. En la cabeza de mi hija de siete años ya hay conexiones que el mundo le ha ido plantando sin que yo me diera cuenta: que el cuerpo sano es delgado, que quien hace deporte es delgado, que entre belleza y talla se puede trazar una línea recta.
Eso me asustó y me generó curiosidad a partes iguales. Porque sé que esas ideas no las aprendió en casa. Más bien se fueron filtrando: a través de imágenes, de cuentos, de conversaciones escuchadas a medias, de anuncios, del ruido de fondo que hoy en día rodea inevitablemente a cualquier niña.
Pero al mismo tiempo me alegré de que esa frase saliera a la luz. Porque así tuve algo a lo que responder. Tuvimos algo de lo que hablar. No se quedó sin decir, no flotó en el aire como una verdad asumida.
Sé que nos esperan muchas más conversaciones como esta. Habrá más comentarios extraños, más preguntas, quizás también momentos de inseguridad. Y habrá muchas ocasiones para repetirle una y otra vez: el cuerpo no se puede valorar con una sola medida, y ser querida no depende de ninguna talla.
Si quiero protegerla de la presión que más adelante le impondrán las redes sociales, la publicidad y las expectativas sociales cuando sea una mujer joven, estas conversaciones no se pueden evitar. Y yo tampoco quiero evitarlas.











