Artículo de opinión: Schuszter Borka
No somos una familia especialmente religiosa. Nunca rezamos juntos antes de dormir, la fe no era el centro de nuestras conversaciones, y los domingos no giraban en torno a la iglesia. Pero en las fiestas grandes sí íbamos a misa: formaba parte de la celebración, igual que el turrón o los polvorones.
Mi abuela, en cambio, siempre ha sido creyente. De ella heredamos esa costumbre —no demasiado estricta— de ir a la iglesia, aunque ella, si puede, va todos los domingos. De niña me parecía lo más natural del mundo. No me preguntaba si yo también creía. Simplemente nací en un mundo donde eso también formaba parte de la vida.
Y entonces crecí
Y en algún punto del camino las misas fueron quedando atrás, incluso en las fiestas. Si estoy con mi familia en alguna celebración religiosa importante, puede que vaya con ellos, pero desde hace un tiempo ni siquiera eso lo hago siempre.
Ya no siento que esa tradición sea una parte imprescindible de las fiestas. Y de la religión, la verdad, me he alejado por completo.
Lo curioso es que, aun así, no me siento una persona sin fe. Al contrario: puede que ahora piense más que nunca en cómo funciona el mundo, en la existencia humana o en si hay algo más grande que nosotros. Solo que ya no encuentro las mismas respuestas que de niña.
Hoy creo más en una especie de fuerza intangible, trascendental, que en un Dios delimitado por reglas exactas y dogmas formados a lo largo de los siglos. No sé cómo llamar a esa fe, y quizá tampoco quiera. Me basta con sentir que hay algo que no puedo explicar, y con lo que a veces entro en contacto.
Mi abuela, por supuesto, no sabe nada de esto
Ella todavía cree que soy la misma niña que se sentaba a su lado en la iglesia, hojeando con algo de aburrimiento el cancionero. Nunca me ha preguntado si sigo yendo a misa, y yo tampoco se lo he dicho. No porque quiera ocultarlo, sino porque no quiero hacerle daño.
Porque, ¿y si se decepciona? ¿Y si siente que hizo algo mal? ¿O si cree que he perdido algo importante? Es más fácil no hacerse esas preguntas. Igual que es más fácil no empezar una conversación cuyo final no conozco.
Pero desde hace tiempo hay otro pensamiento que no me deja tranquila. ¿Y si, precisamente al no contarle la verdad, estoy subestimando a mi abuela? ¿Y si ya he decidido por ella que seguro no lo aceptaría? Al fin y al cabo, yo espero que me quiera tal y como soy. Pero si no conoce a la persona en la que me he convertido, ¿cómo va a poder quererme de verdad?
Me he dado cuenta de que el silencio también tiene un precio. Si sigo tratando el tema como un tabú, tarde o temprano empezaré a guardarle rencor. En mi cabeza se repetirán, una y otra vez, discusiones imaginarias que nunca ocurrieron. Pensaré que jamás aceptaría mis decisiones, cuando ni siquiera le he dado la oportunidad de hacerlo. Eso no sería justo.
Está claro que no siento que deba anunciarlo en mitad de una comida familiar de domingo:
«Abuela, por cierto, ya no soy religiosa».
No creo que haya que decir cada pensamiento importante solo porque existe. Pero si algún día sale el tema, si me pregunta por qué no voy a misa o en qué creo, entonces creo que seré sincera. No porque quiera convencerla. Ni porque espere que esté de acuerdo conmigo. Sino porque me gustaría que siguiéramos conociéndonos de verdad.
De niña me vio aprender a caminar, a hablar, a leer. Vio en qué clase de persona me iba convirtiendo. Sería raro detener ahora ese proceso, ya de adulta, y decirle: hasta aquí pudiste verme, pero lo que viene a partir de ahora ya no lo comparto contigo.
Puede que sea una conversación difícil. Puede que haya silencios. Puede incluso que no lleguemos a estar de acuerdo. Pero quizá el amor no es fuerte porque pensemos lo mismo en todo, sino porque estamos dispuestos a mostrarnos también aquello en lo que somos diferentes, y a dejar que el otro decida qué hacer con ello.
¿Es normal alejarse de la religión y seguir teniendo algún tipo de fe?
Sí. Como cuenta la autora, uno puede dejar de ir a misa y de identificarse con una religión concreta y, al mismo tiempo, seguir creyendo en algo más grande e intangible. Alejarse de una institución no significa necesariamente dejar de tener fe.
¿Hay que contarle a la familia que has dejado de ser religioso?
No existe una obligación de anunciar cada pensamiento importante. La autora defiende no forzar la conversación, pero ser sincera si el tema surge de forma natural, para que la relación siga siendo auténtica.
¿Por qué callar puede dañar una relación?
Porque el silencio tiene un precio: puede convertirse en rencor y en discusiones imaginarias que nunca ocurrieron. Además, dar por hecho que el otro no lo aceptaría es negarle la oportunidad de conocernos de verdad.
¿Cómo abordar un tema delicado con un familiar mayor sin herirlo?
La clave, según el artículo, es la sinceridad sin ánimo de convencer ni esperar que el otro esté de acuerdo. Se trata de mostrarse tal como uno es y dejar que la otra persona decida qué hacer con esa verdad.











