Artículo de opinión
Hace unas semanas lo noté antes de que me dijera nada. Algo en su forma de bajar las escaleras del colegio me dijo que algo no iba bien. Cuando por fin me lo contó, me explicó que un niño de su clase no paraba de meterse con ella: se acercaba demasiado, le tocaba las cosas, la molestaba constantemente. No era una agresión directa, sino algo más sutil, esa presencia irritante que con el tiempo acaba cruzando una línea.
Mientras hablábamos, quedó claro que el niño buscaba su atención. No sabía pedirla bien, no encontraba las palabras, pero la necesidad estaba ahí: quería conectar con ella de alguna manera.
Hablé también con la maestra y, por suerte, la situación parece estar resolviéndose. Pero lo que de verdad se me quedó grabado fue la conversación que tuve después con mi hija, que no entendía por qué ese niño actuaba así.
En ese momento es muy fácil recurrir a la frase que nos decían siempre de pequeñas: "Es que le gustas." Es una respuesta rápida, sencilla, y quizás no del todo alejada de la realidad. Pero importa mucho qué semilla plantamos con esas palabras en la cabeza de una niña sobre cómo se ve la atención, el afecto o el interés de otra persona.
No quería enseñarle que invadir el espacio ajeno es una forma de querer
Por eso preferí enfocar la conversación de otra manera. Le expliqué que a lo largo de su vida va a conocer a muchísimas personas que querrán ganarse su atención. Algunas lo harán desde la amabilidad: se preocuparán por cómo se siente, respetarán sus límites e intentarán conectar con ella de una forma que también le haga bien a ella.
Pero habrá otras que no actúen así. Personas que se impongan. Que molesten. Que en realidad no estén pensando en ella, sino solo en satisfacer sus propias necesidades, aunque sea a costa de su comodidad.
Y lo más importante que tiene que aprender no es entender a todo el mundo ni "arreglar" a nadie, sino que ella decide a quién le presta atención.
Porque solo tiene poder sobre ti quien tú se lo das
Es una frase muy sencilla, pero creo que tiene una profundidad enorme.
Es fundamental saber poner límites, y está perfectamente bien decirlo cuando alguien los cruza. Pero igual de importante es aprender que no todo estímulo merece una reacción.
A lo largo de su vida habrá personas que intenten hacerla dudar de sí misma. Que digan cosas movidas por los celos, la frustración o simplemente la mala intención. Habrá situaciones en las que alguien intente tirarla hacia abajo precisamente porque ella va hacia arriba.
Esas personas siempre van a existir, pero su poder no es automático. Es ella quien decide a quién le da peso. Si las palabras que importan son las de quienes la conocen de verdad, la quieren y la ven tal como es, o las de quienes solo quieren hacerle daño.
Señalar cuando alguien cruza un límite es importante, pero saltar ante cada comentario de alguien irrelevante es un derroche de energía. Porque las palabras de esas personas, si ella no les presta atención, no pesan nada.
El mundo al que llegará cuando crezca será ruidoso, lleno de voces muy distintas. Pero no todas esas voces tienen que tener volumen dentro de su cabeza. Con algunas personas, simplemente puede seguir caminando. Porque por mucho que quieran convencerla de lo contrario, por mucho que arremetan o griten, en realidad no tiene que detenerse a darles explicaciones. Solo tiene poder sobre ella quien ella se lo da. Y hay que elegir muy bien a quién se le otorga ese poder.











