Abres Instagram en pleno julio y ahí está: cafés humeantes, hamacas, tardes de playa sin prisa. El famoso «slow summer», esa vida perfecta y ralentizada que promete verano en estado puro. Y entonces miras a tu alrededor, con la casa patas arriba y dos niños pidiendo la merienda, y te das cuenta de que esa postal filtrada no tiene absolutamente nada que ver contigo.
Porque para las familias con hijos pequeños, las vacaciones de verano no son un retiro tranquilo hacia el interior. Son más bien un deporte de riesgo logístico. Y la lentitud se convierte en un lujo inalcanzable que, sencillamente, no nos podemos permitir.
El slow summer es un estado maravilloso y privilegiado. Para unos pocos afortunados significa libertad de verdad. Pero para las madres que trabajan y tienen niños pequeños marca el inicio del modo supervivencia. En cuanto cierran el colegio y la guardería en junio, toda esa estructura familiar que funcionaba como un reloj se desmorona como un castillo de naipes, dejando al progenitor solo frente a una avalancha de tareas.
Malabares logísticos atrapada en hojas de Excel
En lugar de los días perezosos dignos de una novela romántica, nuestra realidad se parece más a esto: a mediados de febrero ya estás con complicadas hojas de Excel, calculando al milímetro qué niño va a qué campamento y en qué semana concreta.
Todo ese malabarismo despiadado tiene un único objetivo: cuadrar los pocos días de vacaciones fijas con dos meses y medio de verano sin cole. Y el día a día se llena de preguntas urgentes: quién lo lleva, quién lo recoge, cuál es el plan B si el campamento termina a las tres de la tarde mientras tu jornada, con suerte, se alarga hasta las cuatro.
En paralelo, el volumen de trabajo invisible se dispara de golpe. Sin el comedor del colegio, hay que ocuparse de las tres comidas del día, gestionar el picoteo continuo y, de paso, ver cómo la casa se llena de montañas interminables de ropa mojada y arena. Por si fuera poco, los campamentos y los planes suponen un gasto extra considerable, lo que significa que, en teoría, deberíamos trabajar todavía más para poder pagarlo todo.
Del campo de batalla en solitario a los días flexibles
Esta presión veraniega se vuelve especialmente dura cuando estás en casa con uno o varios peques y te toca sacar adelante gran parte del día completamente sola, sin ayuda. Yo lo viví de lleno en su momento, cuando el padre de mi hija trabajaba en el extranjero y yo me quedé aquí con un bebé de apenas seis meses que tenía unos cólicos tremendos y era casi imposible de calmar.
Con el paso de los meses, y luego de los años, la vida familiar se me fue haciendo más ligera y llevadera. Pero para eso también fue clave poder trabajar ya entonces con unas condiciones laborales flexibles. Salvo alguna reunión durante el día, puedo sentarme frente al ordenador por la noche o de madrugada, algo que en pleno verano es una auténtica bendición.
Además, ahora el padre de mi hija y yo trabajamos los dos desde casa, así que podemos organizarnos con antelación y regalarle a la familia días, o incluso semanas, totalmente libres. El año pasado, por ejemplo, cuadró tan bien que mientras mi hija estaba una semana de campamento yo trabajé el doble, y la semana siguiente, cuando estuvo en casa, montamos planes estupendos y apenas tuve que pasar unas horas frente al ordenador.
Cuando pienso en mi situación afortunada, muchas veces me pregunto cómo resuelven esta tarea titánica las madres que tengo cerca, las que salen de casa ocho o doce horas fijas al día, o las que se ven obligadas a tener un segundo empleo.
Yo también trabajé antes con horarios rígidos e incluso los fines de semana, pero mucho antes de formar una familia, y sinceramente no tengo ni idea de cómo lo haría ahora con una hija durante las vacaciones de verano. Por eso creo que la mayor trampa del slow summer no es que sea inalcanzable para la mayoría, sino la culpa tóxica que genera sin que nos demos cuenta.
Porque nos sugiere que, si tu verano no consiste en tumbarte en la hierba, escuchar el canto de los grillos y mirar las nubes, es que algo estás haciendo mal de raíz: que te estás perdiendo una infancia irrepetible y que no estás lo bastante presente en tu propia vida. Así, el verano de las madres que trabajan se convierte, en lugar de un idilio romántico, en una espiral constante de culpa interior. Si trabajas, el problema es que no estás con tu hijo en la playa; y si estás en la playa, no dejas de darle vueltas a cómo (y cuándo) vas a recuperar todo lo que has dejado pendiente.
Y estoy segura de que, en el fondo, tú también querrías que tu tiempo libre transcurriera a ese ritmo pausado y maravilloso. Aunque semanas enteras de hamaca y no hacer nada sean imposibles, hay algo que sí puedes conquistar: los «micro-descansos» de diez minutos al día.
Cuando por fin se hayan dormido los niños, en lugar de lanzarte a recoger el desastre o a revisar correos, siéntate en la terraza con algo fresco y no hagas nada. Solo estar. Y atrévete a formar alianzas con otras madres de tu entorno que están en la misma situación. Un «intercambio de niños» por las tardes —uno vigila al grupo mientras la otra avanza con sus cosas, y al día siguiente al revés— puede ser un auténtico salvavidas durante el verano.
Y quédate tranquila: si al final del día la casa está hecha un caos, la cena no es ecológica, pero todos los miembros de la familia se van a la cama cuerdos y rodeados de cariño, ese día ha sido un éxito de verdad. Aunque no haya ninguna foto perfecta de Instagram.
¿Qué es exactamente el «slow summer»?
Es la tendencia que promueve un verano lento y sin prisas: cafés tranquilos, lecturas en hamaca y planes espontáneos de playa. Suena idílico, pero es un estilo de vida que requiere tiempo y libertad de los que muchas familias no disponen.
¿Por qué es tan difícil para las madres con hijos pequeños?
Cuando cierran el colegio y la guardería, toda la estructura familiar se desmorona. Hay que cuadrar los pocos días de vacaciones con más de dos meses de verano, organizar campamentos, comidas y planes, y todo ello suele recaer sobre la madre.
¿Cómo puedo encontrar algo de calma sin renunciar al trabajo?
La clave está en conquistar pequeños «micro-descansos» de diez minutos al día, en lugar de perseguir semanas enteras de descanso perfecto. Sentarte a no hacer nada cuando los niños duermen ya cuenta.
¿Ayuda organizarse con otras madres?
Mucho. Un intercambio de niños por turnos, en el que una cuida del grupo mientras la otra avanza con sus tareas, puede convertirse en un verdadero salvavidas durante el verano.











