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Los últimos veranos libres: por qué los niños de hoy ya no sabrán lo que era desaparecer todo el día

Szabó Erzsébet5 min de lectura
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Los últimos veranos libres: por qué los niños de hoy ya no sabrán lo que era desaparecer todo el día — Familia
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Hace poco, una tarde de verano abrasadora, me quedé observando a un grupo de adolescentes en el parque. Estaban sentados en un banco, bajo un sol radiante, pero todos tenían la mirada clavada en sus pantallas. Uno de ellos hablaba a un teléfono pegado a la boca, grabando un mensaje de voz.

Estaban allí, físicamente presentes, y a la vez en cualquier otro lugar. Y en ese momento me di cuenta de algo: los que nacimos en los años ochenta o a principios de los noventa fuimos los últimos en vivir veranos de verdad libres. Esos que las nuevas generaciones, por desgracia, ya no van a poder experimentar.

Presencia sin filtros

Fuimos adolescentes a principios y mediados de los dos mil, en una época híbrida y fascinante que hoy resulta casi imposible de explicar a los más jóvenes. Fuimos esa generación que ya conocía internet, pero que aún vivía buena parte del tiempo sin tecnología.

Con el tiempo llegó a nuestro bolsillo el legendario Nokia 3310, pero ni se nos ocurría mirarlo cada hora. Aparte del Snake y de aquellos SMS carísimos, medidos carácter a carácter, no había mucho más que hacer con él.

Nuestros veranos se sostenían sobre algo hoy impensable: estar ilocalizables. Y de esa imposibilidad de que nos encontraran nacía una libertad sin límites.

Un adolescente de hoy vive en alerta permanente los siete días de la semana, casi las veinticuatro horas del día. Y si no responde al instante en las redes, lo invade de inmediato la angustia de estar perdiéndose algo.

Para ellos, las vacaciones de verano ya no significan escapar de la jerarquía del instituto, sino prolongarla sin descanso en el espacio digital, donde, detrás de los momentos filtrados y de apariencia perfecta, muchas veces se esconden la presión por encajar y la vergüenza.

Cuando el mundo online terminaba en la puerta de casa

Para nosotros, el verano era sinónimo de incógnito total y del fin de cualquier presión social. Cuando salíamos de casa al mediodía, nuestra madre solo gritaba una cosa: que volviéramos al anochecer. Y nos íbamos, sin GPS ni control parental constante.

Si nos aburríamos, no nos quedaba más remedio que tirar de nuestra propia imaginación. Y precisamente de ese aburrimiento nacían nuestras aventuras más memorables: las cabañas secretas, las batallas en el descampado, las conversaciones interminables en un portal hasta bien entrada la noche o las carreras de balsas improvisadas.

Claro que también adorábamos la tecnología. Al volver de la piscina, lo primero era encender el ordenador para seguir nuestra vida social en el Messenger. Poníamos en el estado la letra de nuestra canción favorita de Linkin Park o Green Day, por si el chico o la chica que nos gustaba entendía que pensábamos en él. Y espiábamos con disimulo su perfil, sabiendo perfectamente que se daría cuenta de nuestra visita.

Pero ese mundo digital se cerraba en el instante en que salíamos por la puerta, y a partir de ahí volvíamos a estar presentes al cien por cien en la realidad. En la orilla del río, mientras comíamos, no le dábamos vueltas a qué filtro haría más bonita la puesta de sol en una historia. Nuestros secretos y nuestros tropiezos se quedaban con nosotros (y con los amigos que estaban allí), porque ningún vídeo los grababa para que nos persiguieran eternamente en internet.

Teníamos derecho a equivocarnos y a pasar desapercibidos

Que no haya malentendidos: no hablo en contra del progreso ni de la tecnología. Yo misma disfruto de todas las comodidades del mundo moderno y, como madre, hoy no me imaginaría dejar a mi hija irse horas al bosque sin teléfono. Y sin embargo, veo con claridad que la tecnología les ha arrebatado a los niños de hoy el regalo más importante de la adolescencia: la posibilidad de separarse de verdad, de forma autónoma, y de vivirlo todo sin filtros.

Cuando nuestros padres no conocían cada uno de nuestros pasos, nos veíamos obligados a aprender responsabilidad y a descubrir cómo resolver nuestros problemas entre nosotros. Un flirteo junto a una hoguera o aquel primer beso torpe no eran contenido para compartir y convertir en likes, sino un recuerdo profundo e íntimo que solo era nuestro.

Las nuevas generaciones tienen oportunidades maravillosas. Están más informadas y son más abiertas de lo que nosotros fuimos jamás en nuestra época. Aun así, confío en que, pese a esa presencia online que lo impregna todo, sean capaces de construir sus propias islas de libertad interior. Porque, aunque aquella felicidad analógica, salvaje y libre, sin likes de por medio, ya no vaya a volver con toda su pureza, la alegría de conectar de verdad con otra persona, sin pantallas, sigue siendo hoy tan valiosa como lo era hace veinte años sentados en un portal.

¿Por qué se dice que fueron los últimos veranos realmente libres?

Porque quienes fueron adolescentes en los años ochenta y noventa vivían sin GPS, sin control parental constante ni redes sociales. Al salir de casa quedaban ilocalizables durante horas, y esa imposibilidad de ser encontrados les daba una libertad que hoy ya no existe.

¿Qué les ha quitado la tecnología a los adolescentes de hoy?

Según el artículo, no la tecnología en sí, sino la posibilidad de separarse de forma autónoma y de vivir las experiencias sin filtros. Viven en alerta permanente y con miedo constante a perderse algo si no responden al instante.

¿Significa esto estar en contra de la tecnología?

No. La autora reconoce que disfruta de las comodidades modernas y que, como madre, no dejaría a su hija sola sin teléfono. Su crítica apunta a lo que se pierde por la presencia online continua, no al progreso.

¿Pueden los jóvenes de hoy vivir esa libertad de otra manera?

El texto confía en que sí: pese a la presencia online constante, pueden crear sus propias islas de libertad interior. La alegría de conectar sin pantallas sigue siendo hoy tan valiosa como hace veinte años.

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