A veces incluso yo tengo dificultades para distinguir si lo que estoy leyendo es una noticia real, una exageración manipuladora o una mentira descarada. Y eso que crecí en este mundo digital. Sé cómo funcionan las redes sociales, entiendo por qué los algoritmos nos muestran contenido cada vez más extremo, y soy consciente de que hoy cualquiera puede fabricar un vídeo o una imagen falsa con inteligencia artificial en cuestión de minutos.
Si a mí me cuesta tanto orientarme, ¿cómo debe de sentirse alguien que tiene casi setenta años?
Para mi madre, internet sigue siendo territorio en parte desconocido. Aprendió a usar Facebook, manda mensajes por WhatsApp, ve vídeos en el móvil de vez en cuando... pero muchas veces noto en ella esa inseguridad que deben de sentir tantas personas de su generación. Como si de repente se hubieran despertado en un mundo completamente nuevo, sin que nadie les explicara las reglas.
Los meses previos y posteriores a las elecciones lo intensificaron todo. El ruido mediático se volvió casi insoportable. Titulares alarmistas por todas partes: colapso económico, guerras, fraudes, planes secretos, catástrofes inminentes.
Las redes sociales saben perfectamente que el miedo es lo que más clics genera. Cuanto más aterrador es algo, más probabilidades hay de que se comparta.
Mi madre empezó a tener miedo de verdad
Algunas de sus preocupaciones eran completamente legítimas. La inflación, el estado de la sanidad pública o la tensión política no son inventos. Pero hubo momentos en que teorías conspirativas y bulos sin ningún fundamento la dejaban completamente alterada. Un vídeo manipulado. Una publicación con un titular escandaloso. Una historia que le había llegado "de alguien que conoce a alguien".
Y entonces me di cuenta de algo: sería muy fácil quitarle importancia a todo esto.
Decirle "pero cómo puedes creerte eso" o "no leas tonterías en internet" no sirve de nada.
Porque eso no ayuda en absoluto
Mi madre no es ingenua. Simplemente se quedó sin herramientas en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa. Ella creció en una época en que lo que aparecía impreso o se decía en televisión tenía peso y responsabilidad detrás. Hoy cualquiera puede crear una "página de noticias", un vídeo o un contenido engañoso en pocos minutos. Nadie preparó a su generación para esto.
Por eso decidí no reírme de sus miedos ni descartarlos, sino darle herramientas concretas para manejarse mejor.
Una de las primeras cosas que le expliqué fue que el hecho de que algo aparezca una y otra vez no significa que sea verdad. Los algoritmos no buscan la verdad, sino aquello a lo que reaccionamos. Si alguien se asusta con un contenido, lo mira durante mucho rato, lo comenta o lo reenvía, el sistema le mostrará más de lo mismo.
También hablamos de la importancia de fijarse siempre en la fuente de una noticia. ¿Hay detrás una redacción real, un periodista identificable, una fuente conocida? ¿O es solo una página anónima con letras enormes y colores chillones?
Le enseñé además a desconfiar de todo lo que busca provocar una emoción muy intensa de forma inmediata. Gran parte de las noticias falsas no pretenden informar, sino impactar. Si un titular genera pánico o rabia al instante, vale la pena detenerse un momento antes de compartirlo.
También tuvimos largas conversaciones sobre la inteligencia artificial y cómo hoy es posible manipular vídeos, grabaciones de voz e imágenes. Que el hecho de haberlo "visto con sus propios ojos" ya no garantiza que sea real.
Pero quizás esas no fueron las conversaciones más importantes.
Las más importantes fueron las de intentar tranquilizarla.
Cuando le dije: el mundo siempre parece más aterrador en internet que en la realidad. Porque la calma cotidiana no genera clics. Nadie escribe un artículo sobre el hecho de que la gente fue a trabajar, hizo la compra, volvió a casa y no pasó nada extraordinario.
El miedo genera atención, y eso tiene un precio
También le dije que no tiene ninguna obligación de seguir todas las noticias. No es su deber pasarse horas haciendo scroll en el móvil solo para "estar al día".
A veces la mejor decisión es, simplemente, apagar la pantalla.
Y trato de recordarle que su vida real es mucho más verdadera que la realidad de internet. Están los nietos, las amigas, su jardín, el café de la mañana, los vecinos, las pequeñas rutinas de cada día. Todo eso dice mucho más sobre cómo es el mundo que un vídeo alarmista en Facebook.
No puedo eliminar del todo el miedo de mi madre. A veces tampoco puedo eliminar el mío. Pero quizás ese no es el objetivo. El objetivo es que no se quede sola con él.











