Tengo amigas que se han sentido cómodas toda la vida con unos vaqueros y una camiseta, y me parece perfecto. Yo, en cambio, siempre me he encontrado a mí misma en las prendas más femeninas y atrevidas. Y creo que eso también está bien.
El problema es que las que pertenecemos a este segundo grupo solemos sentir que, después de tener un hijo, ya no podemos volver a ponernos nuestra ropa de siempre. Ni siquiera cuando tenemos la suerte de que vuelva a quedarnos bien.
Por alguna razón, todavía nos cuesta digerir una idea muy sencilla: una madre no es solo una madre, también es una mujer.
En redes sociales aparecen a diario comentarios bajo fotos de madres que se visten de forma atrevida —o, en mi opinión, muchas veces simplemente normal—: una minifalda, un vestido ajustado, unos pantalones cortos. Y los comentarios siempre suenan igual: «Una madre no debería vestirse así.» «Que piense en sus hijos.» «Eso ya no le pega a su edad.»
Como si la maternidad fuera sinónimo de renuncia. Como si, después de dar a luz, tuviéramos que despedirnos automáticamente de nuestro cuerpo, de nuestros deseos, de nuestra feminidad.
Pero la mujer no desaparece con la maternidad. No dejamos de ser personas con un cuerpo propio, con emociones propias, con deseos propios. Nuestro cuerpo sigue siendo el mismo, solo que ahora carga con otras experiencias. El parto, la lactancia, las noches en vela dejan huella, pero ese cuerpo sigue siendo nuestro.
No es de la comunidad ni de la sociedad. No es del vecino que se siente con derecho a opinar cuando una madre de tres hijos sube una foto en crop top desde la playa. Y tampoco es de quien comenta que «esa ropa ya no se lleva cuando una es madre».
La raíz del problema es profunda: seguimos aplicando un doble rasero
A una madre se le pide que «no provoque, que no sea sexy, que no se exhiba». Pero si su pareja la abandona, la primera pregunta siempre es: «¿por qué será?». Y la respuesta suele esconderse en un encogimiento de hombros: «Seguro que se dejó.» «Ya no era como cuando se conocieron.»
Es decir: si una madre sigue comportándose como mujer, la juzgamos. Pero también damos por hecho que, encerrada en ese papel desexualizado, no puede esperar atención ni cariño. Es una jaula estrecha en la que no hay respuesta correcta. Solo culpa y presión por encajar.
Para muchos, lo que viene ahora sonará casi a herejía: es perfectamente normal que una madre siga siendo un ser sexual. No tiene por qué esconderse ni desterrar al fondo del armario sus minifaldas o sus vestidos escotados solo porque ha traído a alguien al mundo.
Criar a un hijo no significa haber renunciado a una misma. La feminidad no es un interruptor que apagamos en la puerta del paritorio. Tampoco es algo que haya que mantener en secreto. Nos pertenece exactamente igual que la maternidad.
Por supuesto, la vida sexual de los padres no es asunto de los hijos —ni la de las madres ni la de los padres—. Pero tampoco es sano transmitirles el mensaje de que las madres no son mujeres.
Si nunca ven que su madre puede disfrutar de su cuerpo y vivir su propia belleza, aprenden algo peligroso: que la feminidad tiene fecha de caducidad. Que, cuando ellas también sean madres, tendrán que esconderse. Que ser madre significa relegarse a un segundo plano.
Por eso es tan importante repensar qué mensajes lanzamos a las madres, ya sea en público, entre amigas o con esos comentarios sueltos en las comidas familiares. La maternidad no es un papel que disuelva nuestra identidad, sino una capa más.
Se puede ser una madre cariñosa, entregada y presente y, al mismo tiempo, seguir siendo una mujer atractiva, sexy y segura de sí misma. Y eso no solo es aceptable: es liberador.
La maternidad no se mide con una minifalda, ni la mide la sociedad. Se mide por cómo amamos y por cómo conseguimos seguir siendo nosotras mismas.
¿Por qué se juzga tanto la forma de vestir de las madres?
Porque persiste un doble rasero social que asocia la maternidad con la renuncia a una misma. Se espera que la madre pase a un segundo plano, como si su feminidad dejara de existir tras el parto.
¿Ser madre significa dejar de ser mujer?
No. La maternidad no borra a la mujer: añade una capa más a su identidad. Se puede ser una madre entregada y, a la vez, una mujer segura y atractiva.
¿Es apropiado que los hijos vean a su madre disfrutar de su cuerpo?
La vida íntima de los padres no es asunto de los hijos, pero sí es sano que crezcan viendo que su madre puede sentirse bien con su cuerpo y su belleza, sin transmitirles que la feminidad caduca.
¿Qué mensaje deberíamos enviar a las madres?
Que no tienen que esconderse ni renunciar a lo que las hace sentir ellas mismas. La maternidad no se mide por la ropa, sino por cómo amamos y cómo seguimos siendo quienes somos.











