Hubo un tiempo en que el verano era, para mí, una especie de competición contra el reloj. Como si tuviera tres meses para recuperar todo lo que se había escapado durante el año: quedadas con amigos, viajes, noches espontáneas, atardeceres, festivales, experiencias "obligatorias" de la temporada.
La agenda se llenaba rápido. Un plan detrás de otro, y en medio de todo eso, siempre con prisa. Si un fin de semana no había pasado "suficientes cosas", aparecía esa sensación extraña de estar perdiéndome algo.
Y sin embargo, cuando llegaba septiembre, muchas veces no sabía decir qué momento había sido realmente especial. El verano entero se convertía en un recuerdo denso y un poco agotado.
Los "síes" que poco a poco me fueron vaciando
Durante mucho tiempo, me costaba decir que no. Recuerdo tardes de verano en las que ya a media tarde sabía que no tenía energía para salir. Aun así me arreglaba y me iba, porque "hay que estar", porque "va a estar bien", porque "sería una pena perdérselo".
Y ahí estaba yo, sentada en algún sitio donde se suponía que debía pasármelo bien, pensando en cuándo podría irme a casa. No pasaba nada malo. Simplemente, aquello no era mío.
Y esto se repetía, no de forma dramática, sino en silencio. Tantas veces dije que sí de forma automática que, con el tiempo, perdí de vista a qué le diría que sí de verdad y con ganas.
Cuando empecé a cancelar planes sin dar demasiadas explicaciones
El cambio no llegó con una gran decisión. Fue una suma de pequeños momentos. Por ejemplo, cuando un viernes por la noche cancelé un plan y, por primera vez, no me puse a justificarme en exceso.
Me quedé en casa, me preparé un té y me puse a ver una serie. Al principio había algo de incomodidad. Pero a la mañana siguiente me di cuenta de que no había perdido nada. Es más: sentí que me había recuperado un poco a mí misma.
Un verano que no gira en torno a llenarlo todo
Hoy pienso en el verano de una manera completamente diferente. No quiero atiborrarlo de experiencias solo para poder decir después: "cuántas cosas hice".
Lo que busco ahora es mucho más sencillo: saber qué es lo que realmente me sienta bien.
Cuando me voy de vacaciones, no quiero estar pendiente del correo ni de los mensajes. No quiero sentir que tengo que estar "disponible" en todo momento. Prefiero dejar huecos en el día. Espacios que no haya que rellenar con nada.
Los momentos lentos son los que terminan quedándose
Tengo un recuerdo sencillo que me viene a la mente con mucha frecuencia. Durante unas vacaciones, caminábamos por una callejuela tranquila donde no pasaba nada especial: alguna cafetería, unas sillas en la acera, gente charlando.
Nos paramos en un sitio, pedimos algo de beber y nos quedamos ahí, sin más. Sin mirar el teléfono, sin planear lo siguiente. Simplemente estaba bien estar allí. Observar el ambiente, sentir la atmósfera del lugar y descansar un rato.
Con el tiempo, ese momento se quedó grabado igual de fuerte que cualquier "gran plan".
Las fotos pueden esperar
Antes, muchas veces ya mientras vivía algo estaba pensando en cómo lo iba a compartir después. Ahora es al revés.
No quiero moldear las experiencias para adaptarlas a una publicación. Me gusta mucho más cuando algo es mío primero, solo mío.
Si luego lo comparto, ya no forma parte del momento, sino que es su huella. Y eso, de alguna manera, me parece mucho más honesto.
Los mejores días a veces no son espectaculares
Mis mejores días de verano últimamente no son precisamente los más cargados de eventos.
A veces es un paseo largo con mi perra. Ella se para en cada arbusto, lo huele todo, y yo no tengo ninguna prisa. Y eso está sencillamente muy bien así.
Otras veces es una tarde tranquila en casa, leyendo o preparándome un buen café. No hay nada llamativo en eso, pero de algún modo me recarga.
No aprovecharlo todo, sino vivirlo de verdad
Creo que este año mi objetivo no es sacarle el máximo partido al verano. Mi objetivo es no perderme a mí misma en él.
Que haya experiencias, pero no por obligación. Que haya movimiento, pero también pausas. Y que cuando algo bueno ocurra, pueda estar realmente presente para vivirlo.











