Artículo de opinión: Borka Schuszter
Si me hubieran preguntado hace diez años qué quería de la vida, seguramente habría respondido: quiero tener éxito. En aquel momento tenía muy claro lo que eso significaba. Un buen puesto, cada vez más responsabilidad, seguridad económica. Una carrera que hiciera asentir a los demás con admiración. Una vida que, vista desde fuera, dijera: aquí todo va bien.
Durante mucho tiempo creí que ese camino era una línea recta. Trabajar, crecer, rendir, y llegar algún día a ese punto en el que por fin me sentiría satisfecha. Pero los años no me trajeron eso, sino una experiencia completamente distinta.
Porque cuanto más iba tachando cosas de mi lista imaginaria, más se alejaba de mí la sensación de estar satisfecha. Siempre estaba un paso por delante.
A los 37 por fin aprendí que el éxito y la satisfacción no son lo mismo
La idea de éxito nos llega en gran parte desde fuera. Desde la infancia empezamos a recoger los mensajes que definen qué considera valioso la sociedad: qué trabajo tenemos, cuánto ganamos, cuánta responsabilidad cargamos, en qué casa vivimos, a qué colegio van nuestros hijos, cuánta gente nos considera importantes o talentosos.
Los indicadores del éxito casi siempre se pueden comparar. Siempre hay alguien con un puesto más alto, que gana más, que vive en un sitio más bonito. Por eso el éxito es algo curioso. Es fácil alcanzar una meta, pero difícil llegar de verdad a ella. Cuando por fin llegamos, suelen aparecer ya nuevos hitos por delante.
En algún momento me sorprendí a mí misma mirando constantemente el siguiente escalón. ¿Qué viene ahora? ¿En qué debería mejorar? ¿Qué más tendría que conseguir? Y mientras tanto, cada vez me hacía menos una pregunta mucho más importante.
¿Soy feliz con la vida que estoy construyendo?
No por cómo se ve desde fuera. Sino por cómo se siente por dentro. Creo que fue en algún punto de la segunda mitad de mis treinta y tantos cuando empecé a entender de verdad que la satisfacción nace de un lugar completamente distinto. No de lo que los demás piensan de mí, sino de hasta qué punto soy fiel a mí misma.
De si hago un trabajo que realmente me gusta. No cada día, no cada minuto, pero en conjunto sí. De si empiezo la semana con buena sensación o se me encoge el estómago solo de pensar en el lunes por la mañana.
Me di cuenta de que para mí es igual de importante trabajar con personas a las que respeto. Personas que no viven la colaboración como una competición constante. De si cultivo relaciones que me llenan, en lugar de vaciarme. De si me queda tiempo para las cosas que de verdad me importan.
Estos aspectos son mucho más difíciles de mostrar en un currículum o en un perfil de LinkedIn. Quizá por eso hablamos menos de ellos. Y sin embargo, hoy los siento mucho más decisivos que cualquier símbolo de estatus externo.
A los 37 ya no me interesa demasiado que los demás consideren mi vida exitosa. Me importa mucho más cómo me siento yo dentro de ella. Siempre se puede ganar más, asumir más responsabilidad, encargarse de un proyecto más.
La satisfacción, en cambio, no espera en la siguiente parada. Está aquí, en esos momentos en los que siento que mi vida está en sintonía con quien realmente soy. Y para mí eso hoy vale más que cualquier resultado externo.
¿Cuál es la diferencia entre éxito y satisfacción?
El éxito suele medirse desde fuera y por comparación con los demás: el puesto, el sueldo, el reconocimiento. La satisfacción, en cambio, nace por dentro y tiene que ver con vivir en coherencia con quien realmente eres.
¿Por qué alcanzar más metas no siempre trae más felicidad?
Porque cada logro tiende a revelar un nuevo hito por delante. Cuando la vida se convierte en una escalera interminable de objetivos, la sensación de estar satisfecho siempre queda un paso más allá.
¿Cómo saber si estoy construyendo una vida que me hace feliz?
No mirando cómo se ve desde fuera, sino cómo se siente por dentro: si tu trabajo te gusta en conjunto, si trabajas con personas que respetas y si mantienes relaciones que te llenan en lugar de agotarte.
¿Es malo querer tener éxito?
No. El punto no es renunciar al éxito, sino dejar de creer que la satisfacción llegará automáticamente al alcanzarlo. Lo importante es preguntarte si tu vida está en sintonía con quien eres de verdad.











