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Mi trabajo va bien, pero yo ya no estoy en él: ¿Es esto el burnout?

Szabó Erzsébet4 min de lectura
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Mi trabajo va bien, pero yo ya no estoy en él: ¿Es esto el burnout? — Estilo de vida

El calendario está lleno. Los plazos se cumplen. Las personas de tu entorno asienten con aprobación ante tus resultados. Y, sin embargo, hay algo que no encaja. Una sensación difusa, casi imposible de nombrar, que se instala en silencio y se niega a marcharse.

Últimamente me he sentido como subida a una montaña rusa sin lógica aparente: semanas en las que todo el equipo da lo mejor de sí, se pone el alma en cada proyecto, y aun así el resultado esperado no llega. Ni siquiera los profesionales más experimentados parecen tener la respuesta. Solo queda la perplejidad compartida.

Esa incertidumbre constante —la de hacer todo bien y que aun así la maquinaria se atasque— consume una energía enorme. Hay momentos en los que sientes que alguien, desde algún lugar, está probando tu resistencia. ¿Lo quieres de verdad? ¿Cuánto aguantas? Así que te aferras, persistes. Pero los últimos años no siempre han validado esa obstinación.

Durante mucho tiempo, mi mayor orgullo fue haber construido mi propio camino como freelance, con la autonomía de tomar mis propias decisiones y asumir mis propias responsabilidades. Esa libertad me daba alas. Me encantaba la energía vibrante de manejar cuatro o cinco roles distintos al mismo tiempo. Creía firmemente que la variedad enriquece, hasta que descubrí que cuando tienes demasiados frentes abiertos, la efervescencia acaba convirtiéndose en un agotamiento de plomo.

Lo que antes veía como una aventura inspiradora se ha transformado en un laberinto en el que apenas puedo escuchar mi propia voz interior entre tanto ruido de tareas pendientes.

Roles que nunca pedí, pero acepté

Hay una paradoja curiosa en todo esto: algunos de los puestos más exigentes de mi vida llegaron sin que yo los buscara. Simplemente aparecieron en forma de propuestas halagadoras, y decir que sí parecía lo natural. Confiaban en mí, y además ofrecían estabilidad económica. ¿Quién rechaza eso?

Pero con el tiempo, precisamente esas responsabilidades "caídas del cielo" se convirtieron en las cadenas más pesadas. Es difícil admitirse a uno mismo que algo que sobre el papel funciona bien no te alimenta por dentro. Que incluso los proyectos más atractivos al inicio pueden acabar en decepción, y que el resultado final no siempre depende de ti.

La idea de filtrar, de elegir con más criterio, da miedo. Soltar los ingresos habituales y esa seguridad aparente parece el único camino hacia una renovación real, pero el miedo está ahí: ¿y si no llega nada mejor para reemplazarlo?

El deseo de parar de verdad

Hace poco, una amiga me habló de una conocida suya en el extranjero que se había tomado un sabbatical —varios meses de descanso consciente— precisamente para evitar un burnout total. Ese concepto, todavía poco extendido en nuestro entorno, tiene un propósito claro: desconectarse completamente de la rueda y darle al cerebro y al cuerpo la oportunidad de regenerarse de verdad.

Aunque no siento que haya llegado al límite absoluto, sí noto el cansancio de ser siempre la fuente de creatividad para los demás. Hay días en los que lo único que quiero es silencio. Permitirme el lujo de no tener que ser útil, inspiradora ni productiva durante un tiempo.

Ahora mismo no veo con claridad el camino. Hay días en los que siento que he perdido esa brújula interna que siempre me había guiado. Y esa incertidumbre no se limita al trabajo: varios hilos de mi vida se han enredado al mismo tiempo, y desenredarlos lleva tiempo y calma.

Aun así, cuando miro atrás, veo el patrón: cada gran giro en mi vida, cada nuevo capítulo importante, estuvo precedido por uno de estos momentos que parecían un callejón sin salida.

Creo que este vacío de ahora no es el destino final. Es el silencio necesario antes del siguiente gran movimiento.

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