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5 cosas que un vuelo siempre me recuerda (y que olvidamos en tierra)

Szabó Erzsébet6 min de lectura
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5 cosas que un vuelo siempre me recuerda (y que olvidamos en tierra) — Estilo de vida
En este artículo

Por encima de las nubes, donde por un rato el móvil se calla, por fin tenemos tiempo de parar, respirar y mirar nuestra vida con ojos nuevos. Con esos ojos que, en el correr de los días, casi nunca usamos.

Cada vez que despego, algo cambia dentro de mí. Y siempre vuelven las mismas cinco ideas. Estas son.

Cuando redescubrimos la capacidad de asombrarnos

Volamos entre las nubes en un coloso de toneladas de metal, casi rozando el límite de la velocidad del sonido, mientras nos reclinamos cómodamente y tomamos un café. Es, en realidad, un milagro moderno que ya damos por completamente normal, por no hablar de nuestros hijos.

Si le contáramos esto a alguien que vivió hace apenas doscientos años (un suspiro en la historia de la humanidad), estaría convencido de que hablamos del día a día de los dioses. Nosotros, en cambio, deslizamos con aburrimiento las series descargadas en la tablet o nos molestamos porque el cruasán no está lo bastante rico.

Volar siempre me pone delante un espejo muy nítido: me muestra lo rápido que la mente humana se acostumbra hasta a lo más extraordinario, y hasta qué punto hemos olvidado asombrarnos de verdad ante el mundo que nos rodea. A veces hay que obligarse a mirar por la ventanilla y tomar conciencia de este hecho estremecedor y hermoso: madre mía, ahora mismo estoy volando por encima del mundo.

Un viaje en el tiempo en apenas unas horas

Hace apenas unas horas tomaba mi café de la mañana de siempre en mi propia cocina, y por la tarde ya camino junto a las palmeras de la costa. Aquí el aire huele distinto, la gente habla otro idioma y el corazón del paisaje late a un ritmo completamente nuevo. Ese contraste repentino y drástico siempre me deja atónita, y me revela que volar es, en realidad, lo más cerca que ha estado la humanidad de viajar en el tiempo.

No solo vencemos kilómetros: cambiamos culturas, climas y formas enteras de sentir la vida en apenas unas horas.

Ese cambio es especialmente intenso cuando visito zonas volcánicas: las playas de arena surrealmente negra y la vegetación extraña casi me golpean y no dejan descansar mis sentidos. Es entonces cuando de verdad me doy cuenta de lo enorme y diverso que es este mundo, y de la pequeña burbuja cerrada en la que vivimos el día a día, mientras al otro lado de nuestras fronteras (imaginarias) espera todo un universo por descubrir.

Cuando el libro de geografía cobra vida

Hay algo casi inasible y mágico en contemplar la realidad a vista de pájaro antes de formar parte de ella físicamente. Es como mirar desde arriba un cuadro gigantesco y palpitante en el que después podremos adentrarnos para sentir su textura en nuestra propia piel.

Uno de los regalos más bonitos de volar es que me permite leer por adelantado el «índice» del paisaje que voy a recorrer. Cuando sobrevolamos las majestuosas cumbres nevadas de los Dolomitas y sus glaciares brillantes, o divisamos el Estrecho de Gibraltar, las líneas secas de los mapas del colegio se convierten de repente en una realidad que respira. Desde arriba observamos los patrones, la arquitectura gigantesca de la naturaleza, algo que desde el suelo, perdidos entre los detalles, nunca podríamos comprender con tanta claridad.

La última vez, cuando nuestro avión no pudo aterrizar a tiempo y estuvimos dando vueltas más de veinte minutos sobre el destino, mi enfado inicial dio paso enseguida a una admiración pura. Bajo nosotros ondulaban interminables campos verdes, y un poco más allá la playa de arena dorada se fundía casi imperceptiblemente con el azul profundo del mar. En esos veinte minutos desapareció de mí toda la prisa. El retraso no me quitó tiempo: me regaló una panorámica que, apurada, jamás habría visto.

Y es que, muchas veces, la magia del viaje empieza mucho antes de tocar tierra. Si te interesa el tema, quizá te reconozcas también en esta reflexión sobre el fin de los viajes ilimitados.

Por encima de las nubes, el cielo siempre es azul

Los problemas cotidianos, vistos desde abajo, a menudo parecen insoportablemente pesados. La lista de tareas es capaz de estrechar por completo nuestro campo de visión, y la angustia se instala en nosotros sin que nos demos cuenta. Pero cuando el avión se aleja de la tierra, algo cambia. No es que nuestros problemas desaparezcan por arte de magia, ni que las nubes de tormenta sean más amables allá arriba: la clave está en el cambio de perspectiva.

En tierra tendemos a creer que nuestro propio techo es el límite del mundo. Pero a medida que ascendemos, el horizonte se abre y, contemplados desde las alturas, nuestros dramas cotidianos pierden de golpe su peso agobiante. Nos damos cuenta de que nuestras dificultades no son el fin del mundo, solo pequeños remolinos pasajeros en la superficie de un planeta inmenso.

Ese punto de vista desde arriba siempre me recuerda que, por muy oscuro que esté el cielo, si te elevas un poco y esperas con paciencia, el sol siempre está brillando.

Sin fronteras, en libertad

A medida que el avión sube cada vez más alto, ante nuestros ojos se difuminan las ciudades bulliciosas, las carreteras serpenteantes y las rígidas fronteras entre países. Desde arriba no existen las vallas trazadas artificialmente, no se ven las disputas de propiedad: solo existe un único paisaje, grande, hermoso y compartido.

Esa imagen desde las alturas siempre me recuerda que la mayoría de nuestros límites los dibujamos nosotros mismos. Ahí abajo, en el día a día, tendemos a trazar líneas nítidas entre «nosotros» y «ellos», mientras que desde arriba resulta evidente que todos compartimos el mismo mapa enorme y palpitante.

La libertad de volar no consiste solo en ir de un punto a otro, sino también en descubrir que el mundo es mucho más abierto y transitable de lo que creíamos desde nuestro encierro de allá abajo.

¿Por qué volar cambia tanto nuestra perspectiva?

Porque nos aleja físicamente de nuestra rutina y nos ofrece una vista desde las alturas. Desde ahí, los problemas cotidianos pierden su peso agobiante y recordamos lo pequeña que es la burbuja en la que solemos vivir.

¿En qué sentido volar se parece a viajar en el tiempo?

En pocas horas pasamos de nuestra cocina a un lugar donde el aire huele distinto, la gente habla otro idioma y todo late a otro ritmo. Ese contraste tan drástico es lo más cerca que ha estado la humanidad de un verdadero viaje en el tiempo.

¿Qué se ve realmente desde la ventanilla del avión?

Se ven los patrones de la naturaleza y la arquitectura del paisaje que desde el suelo pasan desapercibidos: cordilleras nevadas, estrechos, campos y costas que se funden con el mar. Es como leer por adelantado el «índice» del lugar que vas a recorrer.

¿Por qué desde arriba desaparecen las fronteras?

Porque las fronteras son líneas que trazamos nosotros. Desde las alturas no se ven vallas ni disputas: solo un único paisaje compartido que nos recuerda que todos formamos parte del mismo mapa.

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