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A millones de kilómetros de mi zona de confort: así fue mi viaje en solitario a Gran Canaria

Vadász Alexa5 min de lectura
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A millones de kilómetros de mi zona de confort: así fue mi viaje en solitario a Gran Canaria — Estilo de vida
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Nunca he sido una persona especialmente segura de sí misma. Aunque tengo años de experiencia sobre un escenario, la confianza en mí misma siempre ha sido una batalla. A veces me siento imparable, capaz de enfrentarme a cualquier cosa. Otras, me paraliza hasta la idea de bajar al supermercado. Es una contradicción curiosa, pero con el tiempo —y mucho trabajo personal— he aprendido a entenderla. Lo que sí tengo claro es que mi vida me obliga constantemente a salir de mi zona de confort, aunque no siempre lo haga con elegancia.

Cuando todo señala que vas por el camino equivocado

A principios de diciembre me fui de casa sin ningún plan previo, sin hoja de ruta. Los obstáculos que tenía por delante eran tantos y tan grandes que parecía como si la vida misma me estuviera diciendo que iba completamente en la dirección equivocada. Y sin embargo, en algún rincón de mí misma sabía que lo que deseaba acabaría llegando. No me quedaba otra opción que creerme y seguir caminando.

Necesitaba volver a la línea de salida

Pero para avanzar, primero tenía que encontrar ese punto de partida. Sin ruido, sin influencias externas. Necesitaba estar sola con mis pensamientos, escucharme de verdad. Ansiaba la naturaleza como nunca antes: sol, brisa suave, el canto de los pájaros. Y claro, ese deseo me llegó en pleno invierno, cuando la nieve nos tenía literalmente atrapados en casa durante días.

Gran Canaria me llamaba

La idea fue tomando forma poco a poco: escaparme a algún lugar cálido. Antes siempre había viajado con mi pareja y organizábamos todo nosotros mismos, pero cuando intenté buscar alojamiento por mi cuenta, me bloqueé. Era incapaz de tomar ninguna decisión. Por suerte, una conocida que trabaja en una agencia de viajes me ayudó a elegir el hotel según mis preferencias y, en cuestión de minutos, teníamos todo reservado. Gran Canaria me esperaba. Solo tenía que llegar hasta allí.

Gran Canaria

Busca al guía turístico... si puedes encontrarlo

Nunca había viajado sola en avión. Conocía el proceso en teoría, pero la realidad fue muy distinta cuando me encontré plantada frente a la puerta de la terminal completamente sola. El mundo de los vuelos de bajo coste y las agencias de viajes me resultaba totalmente ajeno. Y entonces llegó el pánico de siempre: no encontraba al guía entre la multitud, no entendía cómo conseguir la tarjeta de embarque, me obsesionaba la posibilidad de que mi equipaje de mano no fuera aceptado o no cupiera en ese maldito medidor metálico. Mi cabeza no paraba de fabricar escenarios catastrofistas. Por dentro temblaba. Estaba constantemente al borde de las lágrimas. Y es que, para ser honesta, mi estado emocional no era el más estable para gestionar nada con calma.

Un bicho raro en el paraíso

Las dudas no me abandonaron ni en el hotel. Bajar sola a desayunar. En serio, ¿por qué tendría que ser un problema? Gestiono proyectos complejos, coordino equipos, organizo eventos... y sin embargo me bloqueaba ante algo tan sencillo. Además, allí era claramente un elemento discordante. En un destino donde todo el mundo llega en pareja o en familia, una chica sola llama la atención. Y no lo digo yo: me lo preguntaron directamente varias personas. Para colmo, como había tenido muy poco tiempo para preparar el viaje, tuve que trabajar prácticamente durante toda la estancia. Eso tampoco pasó desapercibido. Capté las miradas de lástima, las sonrisas a medias. Lo más duro fue preguntarme si esto sería siempre así: viajar sola y encontrarme con ojos llenos de interrogantes a cada paso.

Al tercer día, algo cambió

Pero entonces, alrededor del tercer día, empecé a sentirme en casa. Ayudó mucho que mi oficina improvisada fuera una cafetería frente al océano y que cada día pudiera caminar durante horas por la orilla. El personal del hotel me cuidaba como si necesitara protección: me traían mi café favorito sin que lo pidiera, me recordaban que tenía que comer a mediodía. Y luego estaba Raoul, el socorrista, que cada media hora se aseguraba de que no olvidara lo guapa que me encontraba. Empecé a relajarme tanto que incluso me apunté a una excursión de un día por la isla, algo que jamás había planeado hacer.

Mujer tomando el sol sola junto al mar

«Fake it till you make it»

Aprendí mucho sobre mí misma en esos ocho días en la isla. Gran Canaria me confirmó que a veces hay que ponerse unas gafas distintas para ver el mundo de otra manera, aunque al principio no te salga de forma natural. Que no pasa nada si la primera vez no tienes el valor suficiente. Que no existe realmente algo que "no me atreva" a hacer. Porque la experiencia siempre ha demostrado lo mismo: si das el paso, el mundo también se abre hacia ti.

Por mucho que deseara que Canarias me trajera una señal clara de que iba por buen camino, tengo que admitir que eso no ocurrió. Pero sí me dio un impulso enorme y la satisfacción de comprobar que, al otro lado del mundo, tampoco estaba perdida. Había personas con las que podía contar. Quizás la autoconfianza no es algo fijo e inamovible, sino algo que se puede aprender y entrenar. Lo que sí sé con certeza es que no tengo otra opción, porque en estos últimos meses he dejado mi zona de confort a una distancia de millones de años luz.

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