Artículo de opinión: Bárbara López
El síndrome del impostor es un estado extraño, difícil de nombrar. Por fuera todo va bien: avanzas, consigues cosas, recibes reconocimiento. Puede que algunos incluso envidien lo que has logrado. Pero por dentro hay una voz que no se calla: ¿y si todo esto ha sido casualidad? ¿Y si algún día descubren que en realidad no sabes tanto como aparentas?
Durante mucho tiempo creí que era la única que se sentía así. Que los demás eran más seguros, más capaces, que de alguna manera se habían "ganado" mejor el lugar donde estaban. Pero con el tiempo, en conversación tras conversación, fui descubriendo que esto no es para nada una experiencia aislada. El síndrome del impostor es sorprendentemente común, sobre todo entre quienes quieren seguir creciendo y no se conforman con lo que ya saben.
Yo también lo vivo
No ha sido una sola vez que he rechazado una oportunidad porque sentía que no era la persona adecuada. Que seguro había alguien más preparado, alguien que hablaría con más autoridad sobre ese tema. Alguien que de verdad sabría de lo que habla, mientras que yo solo estaría fingiendo que sé. Y luego veía cómo otras personas, con la misma o incluso menos experiencia que yo, se lanzaban sin dudar.
Simplemente porque ellas no tenían miedo. No se veía en ellas esa inseguridad interna que a mí a veces me paraliza por completo. No les preocupaba que alguien les exigiera cuentas por su confianza. A mí sí.
Este tipo de ansiedad es traicionera. Es capaz de reducir tus posibilidades sin que apenas te des cuenta. Tomas decisiones que desde fuera parecen racionales, pero que en realidad están guiadas por el miedo. Y lo peor es que incluso puedes convencerte de que fue una "buena decisión" dar un paso atrás.
Para mí, el primer punto de inflexión fue empezar a tomar conciencia de lo que estaba pasando. Darme cuenta de que la pregunta no era si realmente era capaz de hacer algo, sino si yo misma me creía capaz. Eso no lo resolvió todo de un día para otro, pero me dio cierta distancia. Ya no me derrumbaba completamente con esos pensamientos.
Otra cosa que me ayudó fue tomarme en serio el reconocimiento ajeno. Antes tendía a atribuir cada elogio a la suerte, mientras que las críticas las magnificaba sin proporción. Hoy intento ser consciente de no descartar automáticamente cuando alguien valora mi trabajo. No siempre es fácil, pero con el tiempo la imagen se ha vuelto un poco más equilibrada.
También fue importante empezar a hablar de esto. Cuando dices en voz alta que te sientes insegura, muchas veces descubres que la otra persona también lo está. Eso no soluciona el problema, pero normaliza la sensación. Te sientes menos sola con ella, y quizás también deja de parecer tan catastrófica.
Y luego está el enfoque más práctico: a veces simplemente hay que lanzarse. No cuando ya estés completamente lista, porque ese momento probablemente nunca llega, sino cuando sientes que apenas eres suficiente para el reto. Son esas experiencias las que, poco a poco, construyen la confianza real.
El fracaso también forma parte del juego
Pero quizás la revelación más importante para mí fue esta: no solo necesito convencerme de que sé lo que hago y me he ganado el lugar donde estoy. También necesito ser capaz de aceptar la posibilidad del fracaso.
Porque puede que algún día algo resulte demasiado grande para mí. Puede que otros vean un error mío, una mala decisión, un intento fallido. Eso está sobre la mesa.
Pero con el tiempo entendí que ese riesgo no se puede evitar. Si solo acepto lo que ya domino con total seguridad, en realidad me estoy quedando quieta. El crecimiento requiere atreverse a asumir más de lo que crees poder. Eso también es parte del proceso.











