Artículo de opinión: Bárbara López
Empecé a ir a terapia por mi ansiedad. Mi psicóloga me enseñó rápidamente algunas herramientas prácticas: ejercicios de respiración, técnicas de grounding, pequeños recursos para volver al presente cuando la angustia amenazaba con arrastrarme. Cosas concretas que podía usar mientras trabajábamos en encontrar la raíz real de mi ansiedad.
En teoría, todo tenía sentido. Lo entendía perfectamente y practicaba con diligencia, convencida de que sabría usarlo cuando de verdad lo necesitara. Pero cuando llegaba el pánico de verdad, cuando esa ansiedad densa y asfixiante me aplastaba, nunca conseguía ponerlo en práctica. Había una barrera invisible entre yo y el simple acto de ayudarme a mí misma.
Semana tras semana, mi terapeuta me preguntaba:
"¿Probaste la respiración?"
"¿Hiciste el ejercicio de grounding?"
Y semana tras semana, yo respondía lo mismo:
"No."
No era falta de fe en el método. No era que no quisiera mejorar. Era algo más extraño: una parálisis que no sabía explicar. Recuerdo la frustración que sentía conmigo misma. Pensaba que ni siquiera era capaz de hacer terapia bien. Otras personas meditaban, hacían ejercicios de respiración, escuchaban su cuerpo. Yo no era capaz ni de tomar cinco respiraciones profundas.
Hubo un momento en que me planteé seriamente dejarlo todo. ¿Para qué seguir en terapia si ni siquiera podía hacer las tareas más básicas? Ahora, mirando atrás, me alegra enormemente no haberlo hecho.
El avance no llegó con un ejercicio de respiración
Llegó con una sola frase.
En una sesión, estaba contando que, una vez más, no había podido usar las técnicas en un momento difícil. Me costó mucho, pero también dije en voz alta que estaba pensando en dejar la terapia porque sentía que no avanzábamos, y que eso era culpa mía. "¿Para qué vengo aquí si no quiero ayudarme a mí misma?"
En ese momento me escuché. Creo que fue la primera vez que entendí de verdad lo que estaba pasando dentro de mí. No era pereza. No era resistencia. No era que "no quisiera sanarme". Era algo mucho más triste.
En mis momentos más oscuros, me quería tan poco que ni siquiera quería darme ayuda a mí misma.
Fue un descubrimiento terriblemente doloroso, pero al mismo tiempo extrañamente liberador. De repente, toda esa parálisis tenía sentido. Toda esa resistencia interna que no había podido explicarme durante meses. Las técnicas no fallaban porque fueran malas. Fallaban porque, en ese estado, yo no me consideraba merecedora de ser rescatada de mi propio sufrimiento.
Ese reconocimiento lo cambió todo. El siguiente paso no fue aprender a quererme en esos momentos — eso habría sido un salto demasiado grande. Si alguien me hubiera dicho que me repitiera que era valiosa y digna de amor, probablemente solo me habría enfadado más.
Para mí, todo empezó con algo mucho más pequeño.
Mi terapeuta me dijo: "No tienes que quererte de golpe. Basta con que intentes ser compasiva contigo misma."
Eso parecía algo que sí podía alcanzar
La compasión no exige que de repente vea todo lo bueno en mí. No requiere una aceptación total e inmediata. Solo pide que, cuando estoy sufriendo, no me abandone por completo a mí misma.
Al principio, incluso eso era difícil. A veces todavía lo es. Pero poco a poco aprendí a no tratarme, en el pico de la ansiedad, como alguien que merece ser castigado, sino como alguien que simplemente está pasándolo mal.
Y, curiosamente, fue entonces cuando los ejercicios empezaron a funcionar.
Cuando dejé de sentir que "no merecía" la ayuda, por fin fui capaz de sentarme y respirar. De notar cinco cosas a mi alrededor. De traerme de vuelta al presente. No siempre a la perfección, no siempre rápido, pero ya no me bloqueaba esa resistencia total.
Claro que esta historia no está cerrada. Todavía me queda un camino largo para entender de dónde vienen estos sentimientos, de qué se alimentan y cómo podría llegar a disolverlos del todo. Y puede que haya cosas con las que simplemente tenga que aprender a convivir.
Pero mientras tanto, algo ya ha cambiado.
La ansiedad no ha desaparecido de mi vida, pero ya no me siento completamente impotente frente a ella. Y cuando pienso en el punto de partida — ese estado en el que ni siquiera era capaz de aceptar ayuda de mí misma — esto ya me parece un logro enorme.











