Hace poco quedé con una amiga en un bar de vinos, unas semanas después de que terminara una relación bastante fea. Como suele pasar en esos casos, las historias empezaron a salir una tras otra: las discusiones, las promesas que nunca se cumplieron, los mensajes que jamás recibieron respuesta y esas frases que aún duelen meses después.
Todo esto es comprensible en un momento así, y para eso están las amigas: para escuchar el desahogo. Pero pasado un rato, no pude evitar darme cuenta de algo. Ya no hablaba de su ex como de una persona, sino como de un manual entero de psiquiatría. «Era totalmente narcisista.» «Creo que también es borderline.» «Seguro que tiene TDAH.» «Es más, para mí es un sociópata.»
Mientras la escuchaba, pensaba que el chico realmente no la había tratado bien, y que si algún día me lo cruzo por ahí y da la casualidad de que tengo un vodka con soda en la mano, lo tomaré como una señal del cielo para vaciárselo encima. Pero aun así, no creo que una misma persona conviva con cuatro o cinco trastornos mentales distintos a la vez.
Últimamente siento cada vez con más frecuencia que algo se ha torcido mucho en la manera en que usamos el lenguaje de la psicología.
Borderline, narcisista, sociópata
Hace unos años, estas palabras rara vez aparecían en las conversaciones cotidianas. Hoy, en cambio, es casi imposible desplazarse por las redes sociales sin toparte con «exs narcisistas», «personas tóxicas», «madres borderline» o «jefes que hacen gaslighting».
Divulgar conocimientos de psicología es, en sí mismo, algo muy bueno. Ha ayudado a muchísima gente a reconocer patrones abusivos, a entender su propio funcionamiento o a pedir ayuda. El problema empieza cuando los diagnósticos se convierten poco a poco en insultos o en etiquetas.
Hoy muchas veces no decimos que alguien fue egoísta, sino que es narcisista. No que se comportó de forma impredecible, sino que es borderline. No que estaba distraído o disperso, sino que tiene TDAH.
Y entre unas cosas y otras hay una diferencia enorme.
Los trastornos de la personalidad y los estados mentales no son defectos de carácter. No son sinónimos de que alguien nos hizo daño, se portó mal o nos decepcionó. Hablamos de diagnósticos reales, que los profesionales establecen tras largas evaluaciones y detrás de los cuales suele haber un sufrimiento serio, dificultades y años de lucha.
Cuando le colgamos el cartel de «narcisista» a cada ex desagradable, en realidad también trivializamos a quienes de verdad conviven con ese problema.
Repartir diagnósticos tiene otro peligro: simplifica demasiado las historias
Resulta mucho más cómodo decir «mi ex era narcisista» que «me enamoré de alguien que en ciertas situaciones se comportaba de forma egoísta, y tardé mucho en darme cuenta». La primera frase lo explica todo con una sola palabra. La segunda es más matizada y, a veces, plantea preguntas incómodas sobre nosotros mismos.
Y, sin embargo, la mayoría de las personas no son un diagnóstico. Son, al mismo tiempo, amables y egoístas, adorables e irritantes, maduras e infantiles. A veces hieren a otros. A veces son ellas las heridas.
El otro problema es que etiquetar deshumaniza muy rápido. Si llamamos «narci» a alguien, muchas veces cerramos también cualquier reflexión sobre esa persona. Ya no hablamos de un ser humano, sino de una categoría. De una señal de advertencia.
No necesitamos fabricar un diagnóstico para poder decir que alguien nos trató mal.
Tenemos derecho a estar enfadados. Tenemos derecho a sentirnos decepcionados. Tenemos derecho a decir que alguien no fue una buena pareja, que no fue honesto o que no nos dio algo que necesitábamos. Pero no podemos ir por ahí estableciendo diagnósticos solo porque en ese momento nos resulta más cómodo.
En los últimos años hemos aprendido mucho sobre salud mental, y es un cambio que hay que celebrar. Pero quizá ha llegado también el momento de aprender a usar ese conocimiento con respeto y de mirarnos con responsabilidad también a nosotros mismos, no solo a quienes nos decepcionaron.
¿Por qué nos resulta tan fácil llamar «narcisista» a un ex?
Porque una etiqueta lo explica todo en una sola palabra y nos ahorra preguntas incómodas sobre nuestro propio papel en la historia. Es más cómodo, pero también más simplista.
¿Está mal informarse sobre psicología y salud mental?
Al contrario, divulgar estos conocimientos es algo muy positivo: ha ayudado a mucha gente a reconocer patrones abusivos y a pedir ayuda. El problema aparece cuando esos términos se convierten en insultos o etiquetas.
¿Por qué es un problema usar diagnósticos como insultos?
Porque trivializa a quienes realmente conviven con esos trastornos y deshumaniza a la persona a la que señalamos: deja de ser un ser humano complejo para convertirse en una simple categoría.
¿Puedo decir que alguien me trató mal sin ponerle una etiqueta?
Sí. Tienes todo el derecho a estar enfadado o decepcionado y a decir que alguien no fue una buena pareja o no fue honesto contigo, sin necesidad de fabricar un diagnóstico para justificarlo.











