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Me corté el pelo y sentí que perdía mi identidad

Farkas Margaréta6 min de lectura
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Me corté el pelo y sentí que perdía mi identidad — Estilo de vida
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Pensaba que solo era pelo. Estaba equivocada. Esta es mi historia, la de un corte que cambió por completo la forma en que me miraba a mí misma.

Por qué lo hice

Llevaba mucho tiempo planeándolo. No semanas: años. Era ese tipo de plan que siempre estaba en mi cabeza, pero que nunca terminaba de concretarse, porque siempre había un motivo para posponerlo. Que si ahora es verano, que si viene una boda, que si justo ahora me queda bien tal como está.

La gente te frena de este tipo de decisiones sin darse cuenta. Basta media frase, un «pero lo tienes tan bonito largo», para que una espante de golpe cualquier idea de cortarse el pelo y no haga nada al respecto.

Hasta que un día dije basta. Me senté en la silla de mi peluquera, le enseñé la foto y le dije: quiero esto. Ella me preguntó si estaba segura. Le dije que sí.

En la peluquería

Miraba en el espejo cómo mi pelo se acortaba cada vez más. Los mechones largos caían al suelo, uno a uno. Ese momento que imaginaba dramático no lo fue en absoluto. Fue más bien una sensación extraña, como flotante, como si no estuviera participando del todo en lo que ocurría.

La peluquera hablaba, yo asentía y, mientras tanto, observaba cómo la cara del espejo tomaba poco a poco otra forma. No una cara desconocida, solo distinta. Cuando terminó, me giró la silla para que me viera por detrás. Le dije que estaba precioso. Y era verdad. Solo que no dije en voz alta lo que pensaba a la vez: que no sabía quién era esa persona del espejo.

El pelo que nunca creí que fuera identidad

De vuelta a casa, en el coche, me miraba en el retrovisor. Varias veces, casi por instinto, como si quisiera comprobar que de verdad había pasado lo que creía. Sí. Había pasado de verdad. Tenía el cuello al aire, se me veían las orejas, la cara mostraba unas proporciones distintas a las que llevaba veinte años acostumbrada.

En casa entré al baño y me quedé un buen rato frente al espejo. No porque me viera fea, sino porque faltaba algo, y no era el pelo. Era otra cosa. Algo que hasta entonces yo llamaba yo.

Esa noche no supe explicarle a nadie por qué estaba de un humor tan raro. ¿Qué iba a decir? ¿Que me había cortado el pelo y ya no sabía quién era? Suena ridículo, lo sé. Y sin embargo era exactamente eso.

Nunca pensé que ligara mi identidad a mi pelo. Pero, mirando atrás, en todas las fotos importantes era igual: largo, oscuro, casi siempre suelto o trenzado. Esa era yo en las imágenes, en la cabeza de los demás y también en la mía. Si alguien me pedía una foto, esa era la que me venía a la mente. Si me describía ante alguien que acababa de conocer, ahí estaba.

«La chica del pelo largo»: un identificador rápido y sencillo, sin darme cuenta de que al mismo tiempo significaba algo más profundo.

Cuando me lo corté, descubrí que aquella «chica del pelo largo» también me había dado, con los años, una especie de seguridad. Un marco dentro del cual sabía quién era. La cara que me devolvía el espejo me resultaba familiar, no por bonita, sino porque era yo. Ahora esa cara era distinta. La misma persona, otro marco.

Lo que dijeron los demás

Todo el mundo me dijo que me quedaba bien. En serio, de forma unánime, con una coincidencia sorprendente: les parecía bonito, rejuvenecedor y con actitud. Todo suena estupendo. Pero ellos solo veían la apariencia; por dentro yo sentía algo completamente distinto.

Hay algo raro en que todos te den un mensaje positivo y aun así te sientas mal, porque piensas que entonces la equivocada eres tú, que es cuestión de acostumbrarse y que mañana estarás mejor. En parte es cierto. Pero también lo es que el cambio, incluso el bueno, lleva tiempo. No basta con que quede bien: hay que acostumbrarse a que esa soy yo.

Cuando empecé a aceptarme

No hubo un momento concreto. Ocurrió poco a poco. Una mañana la cara del espejo ya me resultaba menos ajena, otra mañana ya me devolvía la mirada como alguien conocido. Tardé unas semanas.

Por el camino me di cuenta de algo que hasta entonces no había pensado a fondo: la identidad no está en el pelo. Y aun así el pelo carga con algo, con una imagen habitual de nosotros mismos que, cuando cambia, nos hace perder el hilo por un instante. No pasa nada. Al contrario, es útil.

Porque demuestra que atamos a nuestro aspecto mucho más de lo que admitimos. Que ese momento matutino frente al espejo no es solo vanidad, sino una identificación constante y silenciosa: sí, esta soy yo, desde aquí parto. Cuando eso cambia, te desestabiliza. No es una catástrofe, solo un desequilibrio pasajero.

A estas alturas me encanta. No solo me he acostumbrado: de verdad me gusta. Es más cómodo, más libre, y hay algo en él que con el pelo largo no sentía: una decisión que tomé yo. No porque alguien me dijera que lo hiciera, sino porque quise. Esta también soy yo, solo que una versión nueva.

¿Por qué un corte de pelo puede afectar tanto a la identidad?

Porque el pelo suele formar parte de la imagen habitual que tenemos de nosotros mismos. Cuando cambia de golpe, perdemos por un momento ese punto de referencia familiar, aunque nuestra identidad real no dependa de él.

¿Es normal sentirse rara después de un cambio de look drástico?

Sí. Aunque el resultado sea bonito, el cambio necesita tiempo para asimilarse. No basta con que quede bien: hay que acostumbrarse a reconocerse en la nueva imagen.

¿Cuánto tarda en pasar esa sensación de extrañeza?

En este caso fueron unas semanas. No hubo un momento exacto: la cara del espejo simplemente fue resultando cada mañana un poco más familiar, hasta volver a sentirse propia.

¿Merece la pena cortarse el pelo aunque otros te digan que no?

Según esta experiencia, sí, cuando la decisión nace de un deseo propio y no de la presión ajena. Al final, es una versión nueva de una misma, no una pérdida.

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