Todos tenemos uno. En el baño, en el dormitorio, en algún rincón de la casa hay un espejo que no solo nos sirve para arreglarnos antes de salir. También se convierte, sin que lo pidamos, en nuestro juez más sincero. No juzga la ropa ni el peinado. Juzga el cuerpo. Ese que sigue ahí cuando nos quitamos todo lo demás.
Durante mucho tiempo evité ese momento. No lo hacía a propósito, al menos al principio. Simplemente siempre tenía prisa. Entrar rápido, salir rápido, la toalla ya preparada para no quedarme ni un segundo de más. Y si por casualidad me veía, mi mirada se deslizaba de forma automática hacia los "defectos". Esta parte. Aquella otra. Lo que no era como "debería" ser, o al menos como en algún momento aprendí que debía ser.
Ese "en algún momento" viene, en realidad, de muchos sitios. De imágenes, de comentarios, de la manera en que la gente suele hablar del cuerpo de las mujeres, o justamente de cómo no habla de él. De la madre que se para frente al espejo y suspira. De las amigas que se critican entre ellas como si ese fuera el tono natural. Aprendí que el cuerpo es algo que hay que corregir. No algo en lo que vivimos.
La primera vez que de verdad me miré
Una noche, sin más, no me apuré. Me detuve. Me miré, pero no con la mirada rápida y crítica de siempre, sino como se mira a una desconocida. Con curiosidad, sin juicio. Fue extraño. Incómodamente extraño, pero no desagradable. Descubrí cosas que hasta entonces nunca había mirado de verdad. La línea de mis hombros. Lo mucho que mis manos se parecen a las de mi madre. Que mi barriga, esa que tanto criticaba en mi cabeza, simplemente está ahí, en silencio, como el resto de mi cuerpo, y no está haciendo nada malo.
Lo curioso es que plantarse desnuda frente al espejo no es algo que nadie te enseñe a hacer. Nadie te dice que lo hagas porque te sienta bien. Al contrario. Casi todos los mensajes que recibimos hablan de cómo cambiar, qué disimular, en qué trabajar. No de detenernos y, sencillamente, estar ahí. Y sin embargo, eso es una de las cosas más honestas que puedes hacer por ti misma. No porque después vayas a amar lo que ves, sino porque te acostumbras a tu propia imagen. Porque dejas de huir.
La relación con mi cuerpo
No me desperté una mañana amando de golpe cada rincón de mí. No funciona así, y quien te diga lo contrario probablemente esté intentando venderte algo. Lo que cambió es mucho más lento y mucho más real que eso. Simplemente pienso menos en mi cuerpo. No porque me haya dejado de cuidar, sino porque dejó de estar presente como un problema constante.
El espejo ya no es mi enemigo. Volvió a ser solo un espejo.
A veces todavía se me engancha la mirada en algo y siento cómo se enciende esa vieja voz aprendida. Pero ya sé que esa voz no es mía. La recogí en algún lado, y también puedo devolverla. Mi cuerpo sigue siendo el mismo; la que cambió soy yo. Aprendí que la relación con nuestro cuerpo no es una meta que se alcanza, sino un proceso que nunca termina del todo. Habrá días más fáciles y días más difíciles, y eso también es normal. La diferencia es que ahora sé que ese momento frente al espejo no va de juzgar, sino de conocerme a mí misma.
¿Por qué cuesta tanto mirarse desnuda en el espejo?
Porque desde muy pronto aprendemos a fijarnos en los "defectos" y a ver el cuerpo como algo que hay que corregir. Esa mirada crítica viene de imágenes, comentarios y hábitos que nos rodean, no de nosotras mismas.
¿Mirarme al espejo hará que ame mi cuerpo?
No de forma inmediata ni mágica. El cambio real es más lento: uno se acostumbra a su propia imagen y deja de huir de ella, hasta que el cuerpo deja de sentirse como un problema constante.
¿Es normal seguir teniendo pensamientos críticos a veces?
Sí. Habrá días más fáciles y otros más difíciles, y esa voz crítica puede reaparecer. Lo importante es reconocer que es una voz aprendida y que se puede soltar.
¿Aceptar el cuerpo significa que deja de importarte?
Al contrario. No se trata de dejar de cuidarse, sino de que el cuerpo deje de ocupar el lugar de un problema constante para convertirse en algo con lo que simplemente convivimos.











