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Lo mejor que pude hacer por mi relación con mis padres fue dejarla ir

Schuster Borka4 min de lectura
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Lo mejor que pude hacer por mi relación con mis padres fue dejarla ir — Familia

Artículo de opinión: Bárbara López

Cuando entré por primera vez a la consulta de una terapeuta, creía saber exactamente por qué estaba allí. No iba a "arreglarme" a mí misma. No quería diseccionar mi infancia. Solo quería tener una mejor relación con mis padres.

Pensaba que si lograba entender el pasado, si procesaba las heridas y aprendía a comunicarme de forma más sana, podríamos acercarnos. Me imaginaba una conversación en la que les dijera con honestidad lo que me había dolido, y ellos escucharan. No esperaba una disculpa perfecta ni un drama de lágrimas. Solo un poco de curiosidad genuina sobre cómo había vivido yo nuestra historia común.

La terapia fue un trabajo largo y doloroso

No porque mi terapeuta se empeñara en remover el pasado, sino porque poco a poco tuve que mirar de frente cosas que había preferido ignorar. Tuve que reconocer que ciertas experiencias realmente me habían hecho daño. Que hay vacíos que no desaparecen diciéndose "en todas las familias hay problemas". Que el amor y el dolor no se excluyen mutuamente.

En los momentos más difíciles, cuando hubiera preferido cerrar los ojos y refugiarme en la negación, me sostenía una imagen: la de que algún día tendría una relación honesta y cercana con mis padres, una en la que pudieran ser mis confidentes de verdad.

No hubo curiosidad. No hubo diálogo. No hubo búsqueda conjunta de algo mejor. En cambio, llegaron el rencor y el papel de víctima. Frases que me hacían sentir que el problema no era lo que había pasado, sino que yo me hubiera atrevido a mencionarlo siquiera. Como si hablar fuera el verdadero daño.

Cuando esto pasa, uno tiende a esforzarse todavía más. Quizás me expresé mal. Quizás elegí el momento equivocado. Quizás necesito más paciencia. Quizás si lo explico mejor...

Yo también lo hice durante mucho tiempo. Daba vueltas en círculos por el mismo camino, convencida de que esta vez el final sería diferente. Que si era lo suficientemente empática, comprensiva y tranquila, por fin llegaríamos a algún lugar.

Una relación no puede repararla una sola persona

Entonces, lentamente, comprendí algo que al principio no quería aceptar. Una relación no puede arreglarla una persona sola. Por mucho que quiera, no puedo hacer la introspección en lugar de otros. No puedo asumir responsabilidad por lo que no hice yo. No puedo forzar la apertura, la reflexión o la voluntad de cambiar.

Y quizás lo más difícil fue esto: que algo sea posible no significa que vaya a ocurrir algún día.

Lo que aprendí en terapia no fue cómo reparar nuestra relación. Fue cómo soltar el sueño de que algún día sería como yo siempre quise. No era el resultado que esperaba, pero a su manera también mejoró mi vida.

Porque mientras me aferraba con fuerza a esa fantasía, cada encuentro cargaba la posibilidad de una nueva decepción. De cada conversación esperaba un gran avance. Y después de cada fracaso, me rompía un poco más.

Cuando empecé a aceptar la realidad tal como es, esa lucha interna constante fue desapareciendo. No significa que ya no duela. No significa que todo esté bien. Y desde luego no significa que haya eximido a nadie de su responsabilidad.

Solo significa que ya no quiero construir mi vida sobre la esperanza de que otras personas cambien algún día. Mis padres son quienes son. Y nuestra relación es lo que es. Puede que nunca sea tan íntima, profunda o honesta como deseé. Pero hoy ya no siento que sea mi obligación repararla a cualquier precio.

A veces la decisión más sana no es seguir luchando por una relación, sino aceptar sus límites.

A mí no me trajo la paz haber logrado cambiar a mis padres. Me la trajo haber abandonado esa tarea imposible y aceptar que tengo que seguir construyendo desde aquí, desde lo que hay.

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