Artículo de opinión: Schuszter Borka
Hace unos años, cuando alguien me criticaba, rara vez escuchaba lo que realmente era. En mi cabeza no se trataba de una observación, un comentario o simplemente otro punto de vista que valía la pena considerar. Era una prueba. La prueba de que no era suficientemente buena.
Si me decían que uno de mis textos podía mejorarse, yo entendía que era mala en lo que hacía. Si alguien señalaba un error mío, sentía que me rechazaban a mí, y no a esa única decisión o conducta de la que en realidad se hablaba.
Una sola frase podía dejarme fuera de juego durante días. En esos momentos me sentía inútil, ignorante o sin talento, y lo único que quería era esconderme del mundo.
Solía darle vueltas sin parar, reproducía la conversación una y otra vez en mi mente e intentaba descifrar si de verdad era tan mala persona, tan mala compañera o tan mala amiga.
Hoy funciono de una forma completamente distinta
No porque las críticas hayan dejado de doler. A nadie le gusta oír que se ha equivocado en algo. A mí tampoco me resulta agradable.
Simplemente ya no siento que una crítica emita automáticamente un veredicto sobre toda mi persona.
Pero hasta llegar aquí recorrí un largo camino en terapia. Fue allí donde entendí por primera vez de verdad que, para muchos de nosotros, la crítica no habla del presente. Habla del pasado.
Habla de las condiciones a las que estaba ligado el cariño cuando éramos niños. De cuánto nos elogiaban o, al contrario, cuánto nos reprochaban. De si podíamos equivocarnos en un entorno seguro, o si aprendimos que solo somos dignos de amor cuando siempre lo hacemos bien.
Si alguien crece con una autoestima que depende por completo de la aprobación externa, una crítica deja de ser una simple información. Se convierte en una amenaza.
Porque si mi valor lo determina la opinión de los demás, entonces cada comentario negativo pone en peligro, aunque sea un poco, toda mi identidad.
Por eso tantas personas se derrumban ante un comentario aparentemente insignificante. No porque sean débiles, sino porque por dentro aún no tienen un terreno lo bastante firme que las sostenga.
A mí también me costó mucho trabajarlo
Lograr tener una brújula interior que funcione incluso cuando desde fuera no recibo ningún refuerzo. Saber según qué valores vivo, en qué soy buena, en qué quiero crecer y qué es lo que realmente me importa.
Cuando esas bases internas empiezan a consolidarse, la crítica también ocupa un lugar muy distinto. Ya no es un veredicto, solo información. Aunque, claro, no toda información es útil.
Una de las cosas más importantes que aprendí es que hay que distinguir entre la crítica constructiva y la destructiva.
La crítica constructiva es concreta. Respetuosa. Habla de una situación o una conducta específica y muchas veces incluye incluso una propuesta de solución. Su objetivo no es hacerte sentir pequeño, sino ayudarte a mejorar en algo.
La crítica destructiva, en cambio, suele generalizar, humillar, etiquetar o, sencillamente, busca hacer daño.
Antes trataba ambas por igual
Me creía las dos.
Hoy procuro hacerme algunas preguntas sencillas: ¿Hay algo de verdad en lo que oigo? ¿Viene esta opinión de alguien cuyo criterio valoro? ¿Me ayuda en algo o solo consigue que me sienta peor?
Y si llego a la conclusión de que en la crítica hay algo de verdad, entonces intento tratarla como un regalo. Eso no significa, por supuesto, que me alegre de recibirla. Solo que ya no huyo de ella. Porque si alguien me señala un punto ciego, en realidad me está dando la oportunidad de mejorar. De aprender. De hacerlo distinto la próxima vez.
Pero para eso hace falta que mi propio valor no lo determine una sola opinión ni un solo error. Porque ninguno de nosotros vale menos por haberse equivocado en algo. Igual que no nos convertimos en malas personas porque alguien no esté satisfecho con nosotros. Hoy me siento lo bastante estable como para decidir qué crítica merece que la escuche. Y lo bastante fuerte como para que mis debilidades ya no me asusten, sino para poder trabajar en ellas.
¿Por qué una crítica puede afectarnos tanto?
Cuando la autoestima depende sobre todo de la aprobación externa, un comentario negativo deja de ser información y se vive como una amenaza a la propia identidad. Por eso a veces un detalle mínimo puede derrumbarnos.
¿Qué diferencia hay entre crítica constructiva y destructiva?
La constructiva es concreta y respetuosa, habla de una situación puntual y busca ayudarte a mejorar. La destructiva generaliza, etiqueta, humilla o simplemente pretende hacer daño.
¿Cómo saber si vale la pena escuchar una crítica?
Ayuda hacerse tres preguntas: ¿hay algo de verdad en ella?, ¿viene de alguien cuyo criterio valoro?, ¿me ayuda a crecer o solo me hace sentir peor?
¿Se puede aprender a gestionar mejor las críticas?
Sí. Construir una brújula interior basada en los propios valores permite que la crítica ocupe otro lugar: deja de sentirse como un veredicto y pasa a ser una información con la que se puede trabajar.











