¿Te acuerdas de cuando, sentada con tu mejor amiga en un banco del parque, puntuabais del 1 al 10 los conjuntos de la gente que pasaba? ¿O de aquella mirada cómplice en el teatro porque alguien se había atrevido a aparecer en vaqueros?
Yo sí. Hasta que terminé la universidad, tenía la crítica siempre encendida. Aunque no siempre lo dijera en voz alta, por dentro no paraba el comentario: «¿Ese peinado va en serio?», «Se nota que no tiene ni pizca de autocrítica».
Cuando la vida se cruza en el camino de la policía de la moda
Han pasado unos cuantos años desde aquellas tardes con mi amiga del colegio, y la vida se encargó de darme cosas mejores que hacer que medir a los demás. Llegaron las verdaderas dificultades de la vida adulta, la logística del día a día, una tarea detrás de otra… y mi capacidad mental simplemente se agotó para esas nimiedades.
Pero antes de idealizar demasiado este estado, tengo que admitir algo: detrás de mi tolerancia adulta muchas veces no hay ninguna sabiduría elevada, sino puro desinterés. Cuando estoy pensando en qué narices voy a cocinar otra vez para cenar, si he preparado la pastilla contra el mareo para el viaje en autobús de mi hija, o si respondí a ese correo importante, lo último que me preocupa es el modelito de otra persona.
Hace poco pasé unos días fuera con mis amigas y me llamó la atención lo relajada que iba la gente, incluso más de lo que estamos acostumbradas por aquí. Claro que a las chicas nos saltaron a la vista un par de combinaciones extremas —por ejemplo, la insólita boda entre unas botas camperas negras y un vestido de verano amarillo pastel—, pero enseguida el lema del viaje se convirtió en «no juzgamos».
Nos reíamos cada vez que lo decíamos, porque sabíamos perfectamente que en ese momento estábamos pasando junto a algún «espectáculo». Y aun así, la actitud se quedó con nosotras: la gente es de mil maneras distintas, y no es tarea nuestra poner orden en el armario del mundo.
¿Indiferencia, respeto o simple hartazgo?
Obviamente, todavía hoy me cruza por la cabeza algún pensamiento raro de vez en cuando, como cuando hace poco vi a alguien paseando con un camisón bastante sexy.
La diferencia respecto al pasado es que ya no me quedo atascada en la crítica ni saco conclusiones profundas sobre el valor o la vida de la otra persona.
Y sí, hay que admitirlo: en este cambio hay también una dosis muy sana y liberadora de indiferencia. No es que no opine por dentro porque me haya elevado por encima de todo estímulo social, sino porque de verdad me da igual. Los pantalones de una desconocida (o la ausencia de ellos) sencillamente no son problema mío.
Junto a eso está, claro, el respeto por la libertad del otro. Porque si alguien necesita, para sobrevivir o para cuidar su salud mental ese día, bajar en pijama a por el pan, ¿quién soy yo para juzgarlo?
Sobre todo cuando yo misma sigo estancada en mi propia «escala de valentía»: solo me atrevo a bajar a la panadería con un top ceñido y sin sujetador si tengo garantizado que después no tengo que ir a ningún sitio… Así que todavía me queda margen de mejora.
La clave de nuestra paz interior
Lo más bonito de todo es darse cuenta de que juzgar a los demás es en realidad la proyección de nuestra propia dureza con nosotras mismas. Antes me fijaba tanto en los fallos ajenos porque, en secreto, me aterraba que a mí también me observaran y me juzgaran sin parar. Era capaz de plantarme minutos delante del espejo solo para bajar la basura al contenedor.
Y cuando entendí que a nadie le importaba un pimiento cómo iba yo a tirar la basura (o que, si a alguien le importaba, a mí me daba exactamente igual), no solo desactivé a mi crítica interior, sino que le di a mi ego un alivio increíble. Hoy, con 40 grados (104 °F) de calor, salgo a la calle con la primera prenda que pillo. Soltar las expectativas externas no solo afectó a mi armario: empezó a liberar todas las áreas de mi vida.
Así que, si mañana te cruzas conmigo por la calle en un pijama cómodo, tranquila: o ni me doy cuenta porque ando perdida en mis propios pensamientos, o si me fijo, como mucho pensaré ¡qué suerte tienes!
¿Por qué juzgamos la ropa de los demás?
Según la autora, muchas veces juzgar a los demás es la proyección de nuestra propia exigencia interior. Cuando tememos que nos observen y evalúen, tendemos a fijarnos en los fallos ajenos.
¿Dejar de juzgar es sabiduría o simple indiferencia?
Puede ser un poco de ambas cosas. La autora reconoce que su tolerancia no siempre nace de una gran sabiduría, sino a veces del puro desinterés y del respeto por la libertad del otro.
¿Cómo ayuda soltar las expectativas externas a la paz interior?
Al darse cuenta de que a nadie le importa realmente cómo vamos vestidos, se desactiva la crítica interior. Ese alivio no solo cambia el armario, sino que libera muchas otras áreas de la vida.











