Artículo de opinión: Borka Schuszter
Nadie aprende a estar solo decidiéndolo un buen día: «a partir de ahora se me va a dar bien». A mí, desde luego, no me pasó así.
Fue más bien un proceso lento, a ratos incómodo y a ratos liberador, que en mis veinte parecía más una huida que una elección. Entonces estar sola era siempre un estado transitorio. Algo que anticipaba una relación o una noche con amigos, o que venía después de una ruptura. Nunca una experiencia con valor propio.
Y sobre todo: nunca algo que de verdad quisiera soportar.
En mis veinte, la soledad tenía un peso extraño. Si me quedaba en casa un viernes por la noche, en mi cabeza aparecía una especie de excusa. Si no tenía planes, no lo vivía como descanso, sino como carencia.
Si no había alguien a mi lado, se disparaban de forma automática las preguntas: por qué no lo hay, cuándo llegará, qué estoy haciendo mal.
Fue a comienzos de mis treinta cuando todo esto empezó a reordenarse dentro de mí. Pero, claro, no por arte de magia, sino como resultado de un trabajo consciente.
Cambié la forma de mirar la soledad
Cada vez me quedaba más en casa sin esa sensación de vacío detrás, porque decidía de manera consciente que estar sola me sentaba bien. Y ese tiempo no lo dedicaba a hacer scroll en el móvil, sino a algo que me hiciera sentir bien: dibujar, cocinar, escuchar música o montarme una noche de spa en casa.
Poco a poco dejé de sentir esa urgencia de llenar la agenda. Empecé a darme cuenta de que hay noches en las que no pasa nada especial y, aun así, estoy bien.
Esa fue la primera grieta en el viejo patrón.
Después llegó otra idea: que no toda soledad es sentirse solo.
Quizá suene evidente, pero durante mucho tiempo no entendí la diferencia entre las dos cosas. Hoy lo diría así:
La soledad que duele nace de una carencia; estar a solas nace de la presencia.
Cuando me sentía sola, siempre faltaba algo
Atención, conexión, respuesta, contacto, conversación. Pero cuando aprendí a estar sola, esas cosas no desaparecieron de mi vida: simplemente dejaron de convertirse en una dependencia constante.
Empecé a notar cuántas cosas disfruto haciendo también sin nadie más. Pasear sin tener que hablar. Cocinar sin que en paralelo suceda otra vida. Leer sin que interrumpan mis pensamientos. O simplemente estar sentada en casa sin poner al instante algo de fondo para no oír el silencio.
También empecé a aprender que mi propia compañía no es un «sustituto».
Y, con ello, fue bajando poco a poco esa tensión interior que antes estaba siempre ahí: la duda de si así soy suficiente. Suficientemente interesante, suficientemente digna de cariño, suficientemente buena compañía.
Este cambio es liberador, pero quizá lo más importante es que me enseñó a no construir tampoco mis relaciones desde la carencia.
No estoy con alguien porque no sepa estar sola, sino porque estar con esa persona también es bueno. Y eso es algo completamente distinto.
Y, curiosamente, aprender a estar sola no me alejó de los demás, sino que me acercó a ellos. Porque ya no me aferro ni relleno un vacío: simplemente me conecto.
Y, mientras tanto, sé que también estoy bien cuando estoy sola en casa una noche tranquila.
¿Es lo mismo estar sola que sentirse sola?
No. Según el artículo, la soledad que duele nace de una carencia, mientras que estar a solas nace de la presencia y puede vivirse como algo positivo.
¿Cómo empezar a disfrutar del tiempo a solas?
La autora sugiere dedicar ese tiempo a algo que te haga sentir bien —dibujar, cocinar, escuchar música o darte una noche de cuidado personal— en lugar de pasarlo haciendo scroll en el móvil.
¿Aprender a estar sola aleja de los demás?
Al contrario. La autora cuenta que estar bien a solas la acercó a las personas, porque dejó de aferrarse para llenar un vacío y empezó a conectarse de verdad.
¿Por qué es importante no construir relaciones desde la carencia?
Porque estar con alguien por miedo a la soledad es distinto a elegir esa compañía porque suma. Aprender a estar sola ayuda a vivir las relaciones desde ese segundo lugar, más sano.











