¿Cuántas veces has terminado una noche de copas con tus amigas intentando descifrar el comportamiento imposible de algún ex? A mí me ha pasado muchísimas veces.
«Seguro que es un narcisista, mira lo frío que fue al cortar.» «Tu jefe es un psicópata de manual por gritar así.» «Y tu cuñado, que desaparece días enteros, es claramente un sociópata tóxico.» ¿Te suena? Pero ¿en qué momento nos convertimos todos en psiquiatras, y por qué nos cuesta tanto aceptar que alguien, sencillamente, es un maleducado, un cobarde o poco responsable?
Cuando nuestra propia estantería se convierte en la consulta
Hubo una época en la que leí muchísimos libros de autoayuda y psicología, y creo de verdad que ese conocimiento puede ser una brújula maravillosa en el día a día. Hubo temas y métodos en los que profundicé mucho, y que acabaron llevándome a cambios preciosos, siempre que los puse en práctica y no tuve miedo de acudir a las sesiones de terapia correspondientes.
Cuando nos sumergimos en la literatura especializada, es inevitable que se ponga en marcha una película interna. Pasando páginas, casi gritamos: «¡Este capítulo es clavado a mi ex!» o «Esta descripción es mi padre en estado puro». Y a veces, incluso, nos reconocemos a nosotras mismas en algún párrafo más inquietante.
Es facilísimo caer en la trampa de sentirnos expertos de repente tras leer un par de artículos o un superventas, o al menos de tener la impresión de que vemos las cosas mucho más hondo que los demás. Pero la gran verdad es que la mayoría no somos profesionales: no tenemos detrás años de carrera ni cientos de horas de práctica clínica. Y quien sí los tiene sabe que hasta los psicólogos formados diagnostican con enorme cautela, y a veces se equivocan. Y aun así, como legos, etiquetamos a nuestro entorno con una seguridad inapelable, o diagnosticamos mientras dejamos un comentario, olvidando que la mente humana es muchísimo más matizada que todo eso.
De las rarezas cotidianas a las siglas de moda
La «moda del diagnóstico» hace tiempo que dejó atrás a las parejas o compañeros de carácter difícil y se ha instalado en toda nuestra vida cotidiana. Si echamos un vistazo al mundo digital, hoy casi una de cada dos personas es «hiperactiva», «un poco autista» o directamente «está en el espectro». Si alguien pierde las llaves con las prisas del día, está un poco despistado o le cuesta concentrarse en una presentación interminable y aburrida, enseguida le cuelgan la etiqueta del TDAH. Si alguien es más introvertido, prefiere pasar las tardes en casa o tiene una afición peculiar, ya llega la sospecha de que seguro que está en el espectro autista.
¿Por qué medimos y clasificamos de forma casi obsesiva cuánto de introvertido o extrovertido es cada uno? ¿No podría ser, simplemente, que esa persona tiene un día mejor o peor, una etapa más cansada o más activa?
Con esta tendencia, sin quererlo, causamos un daño enorme, porque hablamos de estados neurológicos y del desarrollo muy reales y serios, con los que millones de personas afectadas luchan a diario. Al calificar de trastorno clínico rasgos humanos perfectamente normales, estados de ánimo pasajeros o reacciones naturales al estrés, banalizamos precisamente su esencia y vamos desgastando poco a poco el valor real de los diagnósticos.
La pregunta es inevitable: si hace daño, ¿por qué seguimos haciéndolo con tanto empeño?
La respuesta es que etiquetar es en realidad un mecanismo de defensa muy inteligente, una especie de salvavidas emocional. Cuando alguien nos hace daño, nos engaña o simplemente nos ignora, muchas veces duele de forma insoportable, y a ese dolor se le suman la impotencia, la rabia y la sensación de rechazo.
En esos momentos, ponerle un diagnóstico nos da una sensación inmediata de control: si dices que el otro es un sociópata, te liberas de golpe de toda responsabilidad y das por cerrada la discusión dolorosa.
Esa etiqueta rápida calma tu alma revuelta, porque insinúa que el problema no eres tú, que no hiciste nada mal, que el otro es sencillamente un caso clínico y punto. La explicación exprés ayuda a sobrevivir a la decepción, sí, pero suele tapar una realidad más profunda y de carne y hueso, y desvía la atención de las preguntas importantes. Por ejemplo: por qué has acabado tú en esta situación, o por qué se repite una y otra vez la misma dinámica en tu vida.
Y es que la mayoría de la gente no se «porta mal» por sufrir una enfermedad mental, sino porque en ese momento es egoísta, inmadura o cobarde, porque se le activa un trauma o porque está pasando una racha horrible. Y reconozcámoslo: esto no solo vale para los demás, también a veces para nosotras mismas.
Las etiquetas crean un mundo infinitamente cómodo, en blanco y negro, donde nosotros somos los buenos —las víctimas— y los demás son los malos, los culpables. Pero en la vida real somos capaces de hacernos daño sin ser malvados ni estar enfermos, porque todos tomamos malas decisiones, tenemos prioridades muy distintas o, sencillamente, hablamos sin entendernos. Aceptar la fragilidad humana no significa absolver los actos del otro, pero sí ayuda a gestionar nuestras heridas en su justa medida.
¿Cómo convertir ese conocimiento en un crecimiento real?
Estar informado en psicología y buscar respuestas es algo fantástico, pero solo tiene sentido si trasladas ese conocimiento a la práctica y, cuando hace falta, pides ayuda a profesionales. Es del todo inútil andar diagnosticando a tu entorno o a tu ex, porque en este mundo solo hay una cosa sobre la que tienes verdadero poder: tus propias reacciones.
Usa mejor el desarrollo personal para mejorar tu propia vida. Y si sientes que este tema te interesa a un nivel mucho más profundo, incluso estructural, lánzate sin miedo y ponte a estudiar psicología. Pero en el día a día, suelta los sellos: si el comportamiento de alguien te duele o te resulta indigno, no necesitas un informe médico para salir de la situación y elegir tu propia paz.
¿Ser diagnosticado en broma o de pasada puede hacer daño de verdad?
Sí. Cuando aplicamos etiquetas clínicas a rasgos normales o a estados de ánimo pasajeros, banalizamos trastornos neurológicos y del desarrollo muy reales con los que millones de personas conviven a diario.
¿Por qué tendemos a llamar «narcisista» o «sociópata» a quien nos hace daño?
Porque etiquetar funciona como un mecanismo de defensa: nos da una sensación inmediata de control, nos libera de responsabilidad y nos permite cerrar el dolor sin mirar más a fondo.
¿Significa esto que debemos justificar el comportamiento hiriente de los demás?
No. Aceptar la fragilidad humana no equivale a absolver los actos del otro, pero sí ayuda a ver las heridas en su justa medida y a decidir cómo reaccionar ante ellas.
¿Cómo aprovechar de forma sana lo que leemos sobre psicología?
Trasladando ese conocimiento a la práctica, pidiendo ayuda profesional cuando hace falta y centrándonos en lo único que sí podemos controlar: nuestras propias reacciones.











