¿Puede existir una amistad verdadera entre un hombre y una mujer? Algunas lo creyeron. Hasta que dejaron de creerlo.
El amigo que desapareció cuando se casó
Conocí a Carlos cuando teníamos 16 años, en un trabajo de verano espantoso que solo se hizo tolerable gracias a que nos hicimos amigos casi de inmediato. Él lo intentó una vez, yo lo rechacé con cuidado, y él lo aceptó sin drama. Pasaron 12 años de amistad auténtica.
Vivimos juntos —desde la distancia— grandes amores, rupturas, pérdidas familiares, fracasos y éxitos laborales. Todo. Hasta que conoció a una chica y se casó con ella en secreto en el extranjero, apenas tres meses después de empezar a salir. Organizaron una fiesta para celebrarlo con los amigos: fue la primera vez que cualquiera de nosotros vio a su mujer.
Ella me pareció simpática, en el poco tiempo que pude observarla. Lo que no me pareció nada simpático fue el comportamiento de Carlos: cuando su mujer estaba delante, yo no existía. Me miraba como si fuera una extraña. Cuando nos veíamos solos, volvía a ser el amigo de siempre. En cuanto ella aparecía, yo volvía a ser invisible.
Esa amistad que tanto quería murió sola, poco a poco. Y todavía la echo de menos.
Doble cara
En privado era encantador. Delante de su pareja me soltaba comentarios tan fuera de lugar que no me quedó más remedio que plantarle cara en público. Dicen que no todos los hombres son iguales, pero a veces cuesta creerlo.
El "amigo" que esperaba su momento
El cómico americano Matt Rife tiene un monólogo muy conocido en el que explica, entre risas, su estrategia: hacerse amigo de mujeres durante meses o incluso años, y esperar pacientemente al momento en que están más vulnerables —después de una ruptura— para aparecer como consuelo. Y de paso, algo más.
La primera vez que lo vi me reí. La segunda vez que lo pensé, no tanto. Porque recordé cuántos "amigos" habían hecho exactamente lo mismo conmigo. Fingir que les importaba la persona, cuando en realidad solo les importaba el cuerpo. Es un comportamiento repugnante. Y, por lo que parece, bastante universal.
El caballero con agenda oculta
Un amigo mío, padre de dos hijos, todo un caballero en apariencia, confesó borracho después de tres años de fingir que solo seguía en contacto conmigo porque esperaba que algún día pudiera emborracharme lo suficiente para acostarme con él.
No supe qué decir. Me quedé sin palabras.
El compañero de trabajo que lo arruinó todo
En mi antigua empresa había un compañero con quien surgió una amistad de forma completamente natural: coincidíamos solos a la hora del almuerzo y, con el tiempo, empezamos a hablar de verdad. Sabía que estaba casado —llevaba anillo—, y eso me hacía confiar aún más en su sinceridad.
Yo estaba pasando por un divorcio. A él le acababa de enfermar gravemente su madre. Nuestras conversaciones me ayudaron a cerrar esa etapa con la cabeza relativamente intacta, y él decía que conmigo podía hablar de su madre como con nadie más. Su amistad significaba mucho para mí. Cada día esperaba ese momento del almuerzo.
Nueve meses después de nuestra primera conversación, apenas tres semanas después de que mi divorcio fuera definitivo, me pidió salir. Me dejó sin palabras. Yo nunca lo había visto así, y se lo dije con toda la delicadeza que pude: lo quería como amigo, pero nada más.
Su respuesta fue una pregunta cargada de veneno: ¿eso era todo lo que merecía después de casi un año escuchando mis "lloriqueos"?
Se me cayó el mundo encima. ¿A ese hombre le había contado mis secretos más dolorosos? ¿Al que todo ese tiempo solo quería meterse en mi cama? Me entraron náuseas. Me levanté y me fui sin decir una palabra.
Cambié mi horario de almuerzo para no coincidir con él. Si nos cruzábamos por el pasillo, miraba hacia otro lado. Me escribió una carta pidiendo perdón. No me importó. Aprendí la lección para siempre.
Marcos y el verano que no fue lo que parecía
Conocí a Marcos en un festival. Su novia, francesa, estaba trabajando en Suiza. Pasamos todo el verano juntos, nos veíamos casi a diario, conciertos, planes, conversaciones. En agosto, en un concierto, me preguntó directamente cuánto tiempo más tendría que "aguantar" hasta que me acostara con él. Me entraron ganas de darle una bofetada.
Le dije que entre nosotros no iba a pasar nada nunca. Me miró con una mueca y se fue. No volvimos a hablar. De repente, mi vida ya no le interesaba en absoluto.
Lo que más duele no es el rechazo ni la rabia de ellos. Lo que más duele es descubrir que la persona que creías que te conocía y te quería de verdad... nunca existió.











