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3 cosas que me enseñó mi hija y que me hicieron mejor persona

Schuster Borka5 min de lectura
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3 cosas que me enseñó mi hija y que me hicieron mejor persona — Familia
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Artículo de opinión: Borka Schuster

Antes de ser madre, estaba convencida de que ya sabía más o menos cómo funcionaba el mundo. Pensaba que, con todo ese conocimiento, le enseñaría a mi hija lo que de verdad importa. Le mostraría cómo ser una persona amable, segura de sí misma y fiel a lo que es. La ayudaría a orientarse en la vida y, con suerte, a evitar algunos de los errores que yo cometí.

Entonces nació mi hija y enseguida quedó claro que esto no era un camino de una sola dirección.

Por supuesto que le enseño muchísimas cosas. Hablamos de emociones, de autoconocimiento, de cómo tratar a los demás y a una misma. Pero mientras intento transmitirle todos esos valores, una y otra vez me sorprendo aprendiendo yo también. A veces, precisamente, de ella. O junto a ella.

Ser más paciente conmigo misma

Puede que esta sea la lección más importante que me ha traído la maternidad. Cuando mi hija no consigue hacer algo a la primera, ni se me pasa por la cabeza criticarla. No le digo que sea torpe, ni que eso ya debería saber hacerlo hace tiempo. Al contrario: la animo y le recuerdo que equivocarse es una parte natural del aprendizaje. Nadie nace sabiéndolo todo, y a veces aprendemos más de los fracasos que de cualquier otra cosa. Y también está bien que algo no salga ni a la primera, ni a la segunda, ni siquiera después de muchísimos intentos. Por decepcionante que sea, forma parte de la vida aceptar que no llegaremos a dominar todas las habilidades, por mucho que lo deseemos.

Después de un tiempo, no me quedó más remedio que hacerme una pregunta: si de verdad creo esto sobre mi hija, ¿por qué no me lo creo también sobre mí misma?

¿Por qué me exijo la perfección en situaciones en las que yo también estoy aprendiendo? ¿Por qué me hablo a mí misma con mucha más dureza de la que le hablo a ella?

A medida que le repetía que no pasaba nada si algo no salía a la primera, poco a poco empecé a creérmelo yo también. No voy a decir que siempre lo consiga, pero hoy me sucede mucho menos eso de sentir que cada error mío es la prueba de que no soy lo bastante buena.

Si te cuesta encontrar ese equilibrio, quizá te interese leer sobre cómo acompañar a un hijo sin caer en la exigencia.

Ver la maravilla en lo cotidiano

Los adultos solemos perder esa capacidad. Corremos de una tarea a otra y, por el camino, ni siquiera reparamos en las pequeñas bellezas que nos rodean. Los niños, en cambio, funcionan de una forma muy distinta. Son capaces de observar una hormiga durante minutos, se detienen ante una nube con forma curiosa o señalan un arcoíris con un entusiasmo absolutamente sincero.

A lo largo de estos años junto a mi hija, me he dado cuenta de que yo también empecé a mirar el mundo más despacio y con más atención. Vuelvo a fijarme en cosas por las que antes habría pasado de largo sin pensarlo.

Y no es porque haya cambiado de golpe, sino porque alguien me recuerda cada día que el mundo está lleno de pequeños detalles ante los que sería una lástima pasar con indiferencia.

No todas las emociones hay que "arreglarlas"

Intento educar a mi hija de forma consciente para que se atreva a hablar de lo que siente. Quiero que sepa ponerle nombre a sus emociones y que no se avergüence de lo que siente. Que aprenda que no solo las emociones alegres o positivas tienen su lugar en nuestra vida, sino también la tristeza, la decepción e incluso el enfado.

Mientras se lo enseñaba, tuve que reconocer que yo misma no siempre funciono así. Durante mucho tiempo tendí a ver las emociones incómodas como un problema que había que resolver cuanto antes. Si estaba triste, quería estar bien. Si estaba decepcionada, quería pasar página. Como si cada emoción negativa fuera un mensaje de error.

Mi hija, sin embargo, muchas veces lo gestiona de una manera mucho más sencilla. Está triste, y luego sigue triste un rato. Se enfada, y luego vive su enfado. No pretende optimizar ni analizar sus emociones de inmediato.

Para mí eso se convirtió en un recordatorio importante. Las emociones no son enemigas ni, necesariamente, errores que haya que reparar. Muchas veces solo nos muestran que algo nos importa de verdad.

¿Qué es lo más valioso que puede enseñarte tu hijo?

Según esta experiencia, aprender a ser más paciente con una misma. Cuando le repites a tu hijo que equivocarse es parte del aprendizaje, poco a poco terminas creyéndotelo también sobre ti.

¿Por qué los niños ven maravillas donde los adultos no vemos nada?

Porque no van corriendo de una tarea a otra. Se detienen ante una hormiga, una nube o un arcoíris, y ese ritmo más lento nos recuerda a los adultos a fijarnos de nuevo en los pequeños detalles.

¿Es malo sentir tristeza, enfado o decepción?

No. Las emociones incómodas no son errores que haya que arreglar de inmediato. Muchas veces simplemente nos indican que algo nos importa, y vivirlas también forma parte de la vida.

¿Cómo ayudar a un hijo a expresar sus emociones?

Animándole a ponerles nombre y a no avergonzarse de lo que siente, dejando claro que tanto las emociones alegres como las difíciles tienen su lugar.

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