¿Cómo llega una madre a sentir miedo justo de la persona con la que más debería quererse en este mundo?
Es una frase que casi nadie se atreve a decir en voz alta. Sonaría monstruoso, imperdonable. Y sin embargo, hay madres que la piensan cada noche antes de cerrar con llave la puerta de su habitación. Estos son sus testimonios, tal y como los contaron.
"El pequeño psicópata"
Así apodó mi hermana a mi hijo, que ahora tiene 12 años. Fue agresivo desde muy pequeño: no podía acercarlo a otros bebés porque intentaba golpearlos. Lo expulsaron de tres guarderías y al final tuve que quedarme en casa con él hasta que empezó el colegio. Por supuesto, las notas y las llamadas son constantes: siempre hace daño a sus compañeros.
Nunca fue fácil, pero desde que cumplió los diez le tengo verdadero miedo. Una vez me dijo que, si me atrevía a regañarlo, me mataría mientras dormía. No lo niego: tuve noches enteras en vela por eso, así que ahora prefiero cerrar con llave mi dormitorio. Me aterra pensar qué pasará cuando sea más grande que yo y pueda dominarme físicamente.
Hace poco mi hermana comentó, medio en broma, que espera no verme dentro de unos años en las noticias, "eliminada por el pequeño psicópata en un ataque de rabia". Lo peor es que tengo que reconocer que esa idea también ha pasado por mi cabeza.
Su hermanita
Mi hijo tiene diez años y su hermana pequeña —a la que aterroriza sin descanso— tiene seis. Estoy perdida, no sé qué hacer para que deje de hacerle daño. La niña ya tiene una cicatriz en la frente porque, siendo un bebé, él le golpeó la cara con un coche de juguete. No lo castigué: pensé que era pequeño y estaba celoso, que ya aprendería que eso no se hace.
Pero no lo aprendió. Al contrario, la situación empeora cada día. Me cuesta escribirlo porque sé que todos me tomarán por una madre horrible, pero el año pasado mi hijo le rompió el brazo a mi hija. Los dos dijeron —a mí, al médico y a la psicóloga— que fue un accidente, pero en el fondo del corazón sé que no lo fue, y que mi hija no se atreve a hablar porque teme su venganza.
Hemos pasado ya por varios especialistas, pero nada ha cambiado. Una amiga me contó que vio un documental de crímenes reales sobre un niño exactamente como el mío, y terminó matando a su hermano menor. Vivo con un cargo de conciencia terrible, porque veo cómo sufre mi hija, pero no sé qué hacer: a mi hijo también lo quiero...
Muchos padres se sienten solos ante estos episodios y no saben dónde está el límite. Si algo así te resulta familiar, quizá te interese leer qué hay detrás de un niño que parece imposible de controlar.
La casa en llamas
Tengo cuatro hijos. Tres son normales, pero a una de mis hijas parece que se le metió el diablo dentro. Torturaba al perro, maltrataba a sus hermanos pequeños y al final hizo algo tan grave que acabó en un centro de menores: prendió fuego a nuestra casa, que quedó inhabitable durante meses.
Al principio mi marido y yo nos alegramos de que fuera a un centro estricto, un lugar donde por fin no pudiera aterrorizar a los demás, porque allí todos serían como ella. Pero, por desgracia, nada mejoró. Es más: se volvió aún más salvaje y ahora nos amenaza con que, cuando salga, "terminará lo que empezó" y nos quemará la casa con nosotros dentro. Y lo peor es que la creo capaz...
¿De quién es la culpa?
Rolika ya era ingobernable de pequeño, así que muchas veces prefería ceder para que no montara un escándalo. Hoy me arrepiento, porque no me tiene ningún respeto y soy incapaz de ponerle límites.
La cosa mejoró un poco cuando mi pareja se mudó con nosotros —en parte, precisamente por el niño—, porque es más grande que Rolika y todavía le impone. La palabra clave es "todavía". Roli tiene ahora 14 años, pero si llega a tener el tamaño de su padre, que Dios nos ampare.
El psicólogo del colegio dice que no pasa nada grave con el niño, pero yo tengo miedo de haber traído al mundo a un futuro asesino en serie.
¿Es normal tener miedo del propio hijo?
Aunque es un tema tabú del que casi nadie habla, hay padres que lo viven en silencio. Estos testimonios muestran que ese miedo existe y que quienes lo sienten no están solos, por mucho que la culpa les impida confesarlo.
¿Por qué las madres de estos relatos no piden ayuda antes?
El miedo al juicio de los demás pesa mucho: temen que las tomen por "malas madres". Además, como cuentan, a menudo justifican los primeros episodios pensando que el niño es pequeño y ya aprenderá.
¿La agresividad infantil siempre significa un problema grave?
No necesariamente. En uno de los casos, el propio psicólogo escolar afirma que no ve nada grave, mientras la madre sigue preocupada. Estos relatos reflejan vivencias personales, no un diagnóstico.
¿Qué pueden hacer los padres que se sienten así?
En todos los testimonios aparece la búsqueda de especialistas, aunque no siempre con resultados inmediatos. Lo que dejan claro es que hablar del problema, en lugar de esconderlo por vergüenza, es el primer paso.











