Artículo de opinión: Borka Schuster
Ya no queda un solo imán libre en la nevera, los cajones no cierran bien y en el salón la montaña de papeles de colores crece día a día. Dinosaurios, soles sonrientes, retratos familiares en los que a veces hay tres manos y ni una sola oreja. Los dibujos de los niños son adorables… pero ¿de verdad merece la pena dejar que tomen el control de toda la casa?
Seamos sinceros: salvo por unos pocos dibujos especialmente logrados, casi nunca volvemos a sacar todos los dibujos de nuestros hijos para mirarlos otra vez. Y aun así no queremos tirarlos. Por un lado, pensamos que quizá hoy no, pero dentro de unos años será bonito recuperarlos. Y por otro —y creo que en la mayoría de nosotros esto pesa aún más— está la culpa.
¿Cómo vas a tirar algo que ha hecho tu propio hijo? ¿No lo estás ofendiendo? ¿No es como tirar a la basura su creación, su creatividad, un pedacito de él?
Durante mucho tiempo yo también pensaba así. Hasta que un día me di cuenta de que me estaba exigiendo algo completamente irreal.
Hagamos cuentas: nuestro hijo, durante unos diez años (probablemente más), trae a casa casi a diario su pequeña cosecha artística. En cantidad de papel, muchos días no es menos que el grosor de una revista trimestral, solo que en cada página hay un universo diferente.
Y aun así: de la mayoría de esos dibujos, una semana después ya ni sabríamos decir qué representaban.
No existe una casa capaz de guardar físicamente tantos recuerdos
Y puede que ni siquiera haga falta.
Al cabo de un tiempo empecé a crear un sistema mucho más manejable. No meto cada dibujo automáticamente en un cajón, sino que los reviso con regularidad. Cada semana, cada mes y también una vez al año.
Al final de la semana elijo los cinco mejores. Quizá porque están técnicamente bien hechos, quizá porque son divertidos, o simplemente porque hay una pequeña historia personal detrás. A final de mes eso ya son veinte dibujos. De ahí vuelvo a quedarme con los cinco más importantes. Y de los 60 que quedan al terminar el año, selecciono otra vez y me quedo con 12.
Y esos sí los guardo de verdad: van a una carpeta, bien ordenados y con su año anotado.
Si hago esto durante diez años, aun así tendremos más de cien dibujos. Una colección entera. Una línea del tiempo. Un diario visual de cómo cambió el mundo de mi hijo, de cómo evolucionaron su mano, su imaginación, su mirada.
Es más que suficiente. De hecho, sobra.
Porque los recuerdos, en realidad, no viven en los objetos. No en las hojas de papel, ni en las carpetas, ni en las cajas. Viven en aquellos instantes en los que nos sentamos juntos a la mesa, en el momento en que se acercó con un dibujo nuevo y me preguntó «¿te gusta?», y yo asentí de corazón.
Esos momentos no se pueden guardar. Y tampoco hace falta.
Muchas veces sentimos que, si no conservamos el objeto físico ligado a un momento, perdemos también su recuerdo. Pero eso no es cierto.
Tu hijo no es la suma de sus dibujos
Y la infancia no es un archivo guardado en una carpeta.
Podemos llenar la casa de trocitos de papel, dinosaurios pegados y soles medio coloreados, pero eso no hará que los niños se queden pequeños para siempre. Crecerán de todos modos. Ese tiempo pasará igual.
Y precisamente por eso siento que tirar los dibujos sobrantes es también un valioso ejercicio de soltar. Porque en realidad no soltamos los dibujos. Soltamos la ilusión de que podemos conservarlo todo. De que cada instante puede quedar conservado en formol.
Quizá lo que más nos ayuda a estar presentes es dejar de intentar salvar cada hoja de papel y aprender que los recuerdos no se guardan en carpetas. Y que el momento que estamos viviendo ahora nunca podrá revivirse del todo. Por eso vale más hacer todo lo posible por disfrutarlo.
¿Está mal tirar algunos dibujos de mis hijos?
No tiene por qué serlo. Como se cuenta en el artículo, es imposible conservar físicamente todo lo que un niño crea a lo largo de los años, y deshacerse de lo que sobra puede vivirse como un sano ejercicio de soltar.
¿Cómo puedo elegir qué dibujos conservar?
Una idea que funciona es revisarlos por etapas: quedarte con los cinco mejores de la semana, luego los más importantes del mes y finalmente una selección al terminar el año. Puedes elegir por su calidad, por lo divertidos que sean o por la historia personal que llevan detrás.
¿No perderé el recuerdo si tiro los dibujos?
Según la autora, no. Los recuerdos no viven en los objetos, sino en los momentos compartidos: cuando os sentabais juntos a la mesa o cuando tu hijo se acercaba orgulloso con un dibujo nuevo.
¿Merece la pena guardar una selección anual?
Sí. Con solo una docena de dibujos al año, en diez años tendrás más de cien: una auténtica colección y un diario visual de cómo fueron cambiando la mano, la imaginación y la mirada de tu hijo.











