La casa de mis abuelos estaba a diez minutos de la playa, rodeada de buganvillas y con las contraventanas siempre entornadas para protegerse del calor. Cada verano pasaba allí tres semanas, y cada mañana, antes incluso de ponerme el bañador, escuchaba la misma frase: "No comas tanto, que vas a engordar y no te va a entrar el bikini."
Tenía unos ocho o nueve años cuando empezó, y dieciséis cuando por fin dejé de escucharla de verdad. En medio, ocho veranos en los que el desayuno ya llegaba cargado de ansiedad: ¿cuántas tostadas podía coger? ¿Si pedía un poco más de mermelada, lo anotaría mentalmente para sacarlo a relucir al día siguiente?
No era maldad, era herencia
Mi abuela no era mala persona. Al contrario, creo que lo decía convencida de que era una forma de quererme. Ella misma había luchado toda su vida con su cuerpo, había crecido en una época en que la delgadez era el único modelo aceptable de feminidad, y transmitía esa medida como si fuera una joya de familia que había que llevar puesta, te gustara o no.
Hay una escena en la playa que todavía veo con una claridad incómoda. Tenía doce años, acababa de salir del agua, y ella estaba allí con la toalla. Pero no me la tendió enseguida. Me miró de arriba abajo y dijo: "Mete la barriga, que en las fotos se ve mejor." Mi padre nos estaba fotografiando con su cámara antigua, y desde aquel día, en todas las fotos de verano aparezco con la barriga contraída y los hombros ligeramente encogidos, como si estuviera pidiendo disculpas por existir.
Cuando lo que importaba era el aspecto, no el bienestar
No importaba si me sentía bien en mi propio cuerpo. Lo que importaba era si salía bien en las fotos que iba a enseñarles a las vecinas.
En las cenas también había un ritual. Mi abuelo siempre me preguntaba si quería más filete, y antes de que yo pudiera responder, mi abuela ya intervenía: "No le pongas más, con eso tiene suficiente." Con quince años, una noche salí llorando de la mesa porque me habían servido una porción que habría sido escasa hasta para un niño pequeño. Ella me dijo desde atrás: "No seas dramática, esto es por tu bien."

El verano más bonito con una sombra constante
Lo más extraño de todo es que, a pesar de todo, adoraba esos veranos. Me encantaba sentarme en el puerto al atardecer, el olor a tomates recién cogidos del huerto, las partidas de ajedrez que mi abuelo me enseñaba en la terraza. Pero esa frase, esa advertencia que volvía una y otra vez, siempre flotaba en el ambiente como la pesadez que precede a una tormenta, lista para caer en cualquier momento.
Cuando ya era veinteañera y me iba de vacaciones con mis amigas, me di cuenta de que antes de ponerme el bikini seguía metiendo la barriga instintivamente y miraba a mi alrededor para asegurarme de que nadie iba a hacer un comentario.
Tardé años en desaprender ese reflejo. Y hay veranos en que todavía regresa un instante, si me cruzo con un espejo en la playa.
Lo que me llevé y lo que no quiero transmitir
Mi abuela ya no está, y lo curioso es que ahora que la echo de menos me encuentro intentando separar a dos personas: la que me enseñó a plantar tomates en el huerto, y la que cada mañana en el desayuno medía su cariño por lo que yo comía. No sé si alguna vez lo conseguiré del todo, y quizás tampoco sea necesario. Solo sé que, si algún día tengo una hija, jamás le diré esa frase, aunque esté preocupada por ella. Porque hay formas de querer que dejan marca, y no siempre del tipo que queremos.
¿Cómo saber si los comentarios de la infancia todavía te afectan?
Si de adulto te sientes incómodo comiendo delante de otros, te juzgas automáticamente frente al espejo o evitas ciertas situaciones por vergüenza corporal, es posible que comentarios recibidos en la infancia sobre tu cuerpo sigan influyendo en tu autoestima. Reconocerlo es el primer paso para trabajarlo.
¿Por qué los adultos mayores suelen hacer estos comentarios?
Muchas veces no es mala intención: es el reflejo de una época y una cultura en la que el control del cuerpo —especialmente el femenino— era sinónimo de cuidado y disciplina. Lo transmitían como algo normal, incluso como un acto de amor, sin ser conscientes del daño que podía causar.
¿Se puede hablar con un familiar que hace este tipo de comentarios?
Sí, y en muchos casos merece la pena intentarlo, especialmente si la persona sigue haciéndolo. Explicar cómo nos hacen sentir esas palabras, sin acusar, puede abrir una conversación importante. No siempre cambia nada, pero poner límites también es una forma de cuidarse.
¿Cuánto tiempo puede tardar en desaparecer el impacto emocional?
No hay un plazo fijo. Como se describe en este artículo, el proceso puede llevar años, y algunos reflejos aprendidos en la infancia reaparecen en momentos concretos incluso en la edad adulta. La terapia o el trabajo personal consciente pueden acelerar ese proceso de forma significativa.











