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Si de niño te decían mucho esta frase, quizá arrastres presión por rendir

Farkas Izabella3 min de lectura
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Si de niño te decían mucho esta frase, quizá arrastres presión por rendir — Familia
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Todavía puedo oler mentalmente la cocina de mi madre, donde preparaba el guiso de patatas de cada día mientras yo la escuchaba con la boca abierta. Y de fondo, siempre la misma frase: «Qué inteligente eres, cariño».

Aquellas palabras se repetían una y otra vez. Se me pegaban como un imán y me servían de escudo cada vez que me asaltaba la duda. Lo que no sabía entonces es que también estaban sembrando algo más incómodo.

A veces desearía que no me hubieran elogiado solo por ser lista

Pasaron los años, cambiaron los colegios, pero la presión por rendir siempre estuvo ahí, sentada sobre mis hombros. La exigencia de ser la mejor en todo lo que hacía pesaba como una losa.

En el instituto, preparando una olimpiada de matemáticas, me golpeó una idea de repente: no me gustaba aquello porque me interesara de verdad, sino porque quería estar a la altura de la imagen que los demás tenían de mí.

Recuerdo tumbarme en la cama y quedarme mirando el techo. Mis pensamientos giraban en círculo alrededor de las mismas preguntas: «¿Y si en realidad no soy tan lista? ¿Y si lo único que me mueve es cumplir con las expectativas?».

Esa presión a veces me mareaba, y otras me empujaba hacia delante como un robot aplicado. Según los psicólogos —y aquí es clave el trabajo de Carol Dweck—, este tipo de elogios refuerzan lo que se conoce como una mentalidad fija: la sensación de que nuestra inteligencia es algo cerrado, que no cambia, y que no podemos seguir creciendo.

Si alguna vez has sentido esa voz interior que nunca queda satisfecha, quizá te interese leer sobre la anatomía de la culpa oculta y cómo se instala desde muy pronto.

Hacer las paces con esas palabras

A pesar del desconcierto y de la inseguridad interior, con el tiempo he conseguido hacer las paces con el pasado. He entendido que mi autoestima no depende únicamente de los halagos que escuché de niña.

Aun así, todavía hoy resuena el eco de aquellas frases, sobre todo cuando tengo delante un nuevo reto y siento que debo demostrar algo.

Puede que los reconocimientos del pasado sigan moldeando mi forma de afrontar lo que viene. Pero también ha aparecido una perspectiva nueva: intento entender el reconocimiento de otra manera y encontrar valor en mí misma incluso cuando no estoy dando lo mejor de mi cabeza.

¿Por qué elogiar la inteligencia de un niño puede ser contraproducente?

Según el enfoque de Carol Dweck, elogiar la inteligencia en lugar del esfuerzo puede reforzar una mentalidad fija: la idea de que las capacidades son algo estático y no algo que se desarrolla con el trabajo.

¿Qué es la presión por rendir de la que habla el artículo?

Es esa exigencia interna de ser siempre la mejor en todo lo que se hace. En el texto aparece como un peso constante que empuja a la persona a actuar para cumplir expectativas, más que por interés genuino.

¿Se puede superar ese peso que viene de la infancia?

La autora cuenta que, con el tiempo, logró hacer las paces con su pasado y entender que su autoestima no depende solo de los elogios que recibió de niña, aunque el eco de esas palabras a veces siga apareciendo.

¿Por qué vuelven esos pensamientos ante un nuevo reto?

Porque los reconocimientos recibidos en el pasado pueden seguir moldeando la forma de afrontar tareas nuevas, haciendo que resurja la sensación de tener que demostrar el propio valor.

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