Hay una zona de la cocina que se libra de todas las limpiezas generales, incluidas las de septiembre: los filtros metálicos de la campana. Están a la vista, encima de nuestra cabeza, y precisamente por eso dejamos de verlos. Un día alguien fríe pimientos, la casa entera huele a eso hasta el día siguiente y descubrimos que la campana lleva meses aspirando a media potencia porque las rejillas están selladas por una capa de grasa antigua. La buena noticia es que no hay que frotar casi nada: el trabajo lo hace el agua muy caliente.
Primero, mira qué tipo de filtro tienes
Antes de mojar nada, desconecta la campana de la corriente y saca los filtros: casi todos tienen una pestaña o un resorte que se empuja hacia dentro y basta con tirar hacia abajo sujetando con la otra mano, porque pesan más de lo que parece.
Si lo que sale es una rejilla metálica, de aluminio o de acero, con láminas o malla, es un filtro lavable y es el protagonista de este artículo. Si detrás encuentras un bloque negro o gris que parece esponja compacta, ese es un filtro de carbón activo, el que retiene olores en las campanas que no salen al exterior: ese no se lava, se sustituye cuando toca según el fabricante. Mojar un filtro de carbón lo estropea, así que conviene distinguirlos desde el principio.






