La plancha es uno de esos electrodomésticos a los que solo miramos cuando fallan. Un día notas que arrastra sobre el algodón, que deja un rastro brillante en una camisa oscura o que suelta unas gotitas blancuzcas justo encima del cuello que ibas a llevar el lunes. No se ha roto: lleva meses acumulando restos de apresto, fibras derretidas y cal. La buena noticia es que devolverle el deslizamiento es cuestión de veinte minutos y de hacer las cosas en el orden correcto, porque limpiar el depósito antes que la suela es garantía de repetir el trabajo.
Antes de empezar: desenchufa y lee el manual
Parece obvio y sin embargo es el paso que más se salta. Desenchufa la plancha y deja que se enfríe, o que quede apenas tibia si vas a trabajar con una pasta suave, porque sobre una suela ardiendo cualquier producto se seca al instante y puede quemarte. Vacía el depósito antes de tumbar el aparato para que no entre agua donde no debe.
Lo segundo es mirar el manual o la etiqueta: cada fabricante indica qué suela lleva tu plancha (cerámica, antiadherente, acero inoxidable, cromada) y si tiene función de autolimpieza o cartucho antical. Esa información determina qué puedes usar y qué no, y ahorra el disgusto de rayar un revestimiento que después hace enganchar la ropa para siempre.






