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El filtro de la campana está pegajoso: cómo desengrasarlo sin estropear el aluminio

Sofia Marlowe5 min de lectura
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El filtro de la campana está pegajoso: cómo desengrasarlo sin estropear el aluminio — Hogar y limpieza
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Cocino casi todos los días y hay una señal que no falla: cuando el pescado de la noche anterior todavía se nota al abrir la puerta por la mañana, no es que la campana sea vieja, es que su filtro está saturado. La grasa se acumula en esas rejillas metálicas hasta formar una capa pegajosa que impide que el aire pase, y a partir de ahí el motor puede rugir todo lo que quiera: no aspira. Es una de esas tareas que se posponen durante meses y que en realidad se resuelven en una tarde, con agua muy caliente y paciencia.

Antes de empezar: qué filtro tienes

Las campanas suelen llevar dos tipos de filtro y se tratan de forma opuesta. El metálico, esa rejilla o casete de mallas de aluminio o de acero, es lavable y se puede recuperar muchas veces. El de carbón activo, en cambio, es el que llevan las campanas que recirculan el aire en lugar de expulsarlo al exterior: ese no se lava, se sustituye cuando toca, porque mojarlo lo inutiliza. Si nunca has mirado, desconecta la campana, abre la tapa inferior y comprueba qué hay dentro antes de meter nada en agua.

Con el filtro metálico hay un detalle que casi nadie cuenta: el aluminio es un metal sensible. Los productos muy alcalinos, la sosa cáustica o los remojos largos en soluciones fuertes lo oscurecen y lo dejan mate y con aspecto de sucio permanente. El bicarbonato en dosis pequeñas y ratos cortos no suele dar problema, pero si tu filtro es de aluminio brillante, lo más seguro y lo más eficaz es simplemente detergente lavavajillas de mano y agua muy caliente.

El método que funciona, paso a paso

Agua muy caliente, jabón y media hora

Desconecta la campana de la corriente y retira el filtro tirando de la pestaña o del clip; si nunca lo has hecho, hazlo con un paño debajo porque suele gotear. Llena el fregadero o una bandeja de horno grande con agua tan caliente como aguantes y añade un chorro generoso de lavavajillas de mano. Sumerge el filtro del todo y déjalo entre veinte y treinta minutos. El agua caliente es aquí más importante que cualquier producto: la grasa solidificada solo se despega cuando se funde.

Después, cepilla con un cepillo de cerdas blandas o con un cepillo de dientes viejo, siguiendo la dirección de las mallas para no deformarlas. Insiste en los bordes y en las esquinas, donde se acumula la costra más antigua. Enjuaga con agua caliente hasta que no resbale al tacto y, este paso es clave, sécalo por completo antes de montarlo: si lo colocas húmedo, la grasa nueva se agarra al instante. Un rato de pie sobre un paño y listo.

Mientras el filtro está fuera, aprovecha para la parte que nunca se ve: el interior de la carcasa y las aspas visibles. Un paño humedecido en agua caliente con jabón, pasado dos veces y secado después, quita la película pegajosa que sostiene los olores. Nada de esponjas metálicas ni de mojar la zona del motor o de los cables.

Cómo no volver a llegar a este punto

La costumbre que más ahorra trabajo es encender la campana un par de minutos antes de empezar a cocinar y dejarla funcionando cinco o diez minutos después de apagar el fuego, con la potencia media. Así se arrastran los vapores en lugar de dejarlos condensar en los muebles. Después de freír o de hacer plancha, pasa un paño tibio con jabón por el frontal y el bajo de la campana en ese mismo momento: en caliente sale con un gesto, en frío hace falta remojo.

Y anota la fecha en el móvil o dentro de la puerta del armario. Si cocinas a diario con sartén y aceite, el filtro metálico pide limpieza cada mes o mes y medio; si cocinas más al horno y hervido, cada dos o tres meses es suficiente. Con esa frecuencia ya no hace falta cepillo: basta el remojo.

¿Puedo meter el filtro en el lavavajillas?

Solo si el fabricante lo indica, y comprobarlo merece un minuto. Muchos filtros metálicos aguantan bien un programa normal colocados de canto, pero los detergentes de lavavajillas son alcalinos y con el tiempo dejan el aluminio apagado o blanquecino, algo estético e irreversible. Si te da pena arriesgarte con un filtro nuevo o bonito, el remojo en el fregadero da un resultado igual de limpio y no lo ataca.

¿Cada cuánto hay que cambiar el filtro de carbón?

Depende del uso, y aquí lo que manda es tu nariz: cuando la campana funciona pero los olores siguen dando vueltas por la cocina, ese filtro está agotado. Lo habitual es sustituirlo un par de veces al año en cocinas con uso diario, y anotar el modelo exacto en el móvil para no equivocarte al comprarlo. Lavarlo o soplarlo no lo regenera: el carbón se satura y ya no retiene nada.

Sobre la autora

Sofia Marlowe

Sofia Marlowe cubre viajes, comida y los pequeños hábitos de bienestar que sobreviven a un billete de avión. Persigue fines de semana sin prisa, descubrimientos de mercado y hoteles que se recuerdan por el desayuno — y lo convierte en planes que puedes probar el sábado. Este es un perfil de autora asistido por IA; nuestro equipo editorial revisa todos los contenidos.

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