1. La trenza
La señora que sufrió un derrame cerebral, quedó paralizada de un lado y estaba tan agradecida que se puso a llorar cuando el día antes de morir le trencé el cabello. Dijo que no quería irse con el pelo despeinado.
2. El cable
La joven embarazada de 7 meses quiso sorprender a su esposo cortando el césped, pero la cortadora pasó sobre un cable y recibió una descarga eléctrica. Ya en la ambulancia tuvo que ser reanimada, y también en la sala de emergencias. Hicimos todo lo posible, pero sus heridas eran demasiado graves; no pudimos salvar ni a ella ni al bebé.
Yo era residente y no me tocó dar la noticia al esposo, pero vi su rostro cuando se lo dijeron y aún hoy me acompaña.
3. El hombre
Un hombre moribundo se acercó una noche en el pasillo y me contó que tenía casa, pero que por su enfermedad llevaba años sin poder trabajar, y le cortaron el gas y la electricidad, por eso tenía mucho frío y no había comido en dos días. Le conseguí una cama, le dimos de comer y estaba muy agradecido. Al día siguiente murió.

4. El padre
El hombre de 33 años que sufrió un infarto la noche en que nació su primer hijo y no pudimos salvarlo. Sus padres solo repetían: “Pero acaba de nacer su hijo…”
5. El maratón
Un joven de 24 años corría un medio maratón con sus amigos y se desplomó cerca de la meta. Recuerdo a los chicos en la sala de espera, con caras de incredulidad. No podían entender cómo su amigo, que minutos antes corría riendo junto a ellos, podía estar muerto al siguiente.
Tuve que llamar a los padres; el padre era médico y hizo muchas preguntas sobre si le dimos epinefrina, si lo desfibrilamos lo suficiente, etc. Él tampoco podía creer que su hijo, sano salvo por una cardiomiopatía oculta, hubiera muerto a los 24 años.
6. El sueño
La joven de 20 años que ingresó para una cirugía rutinaria, hablaba alegremente de sus planes y sueños, pero nunca despertó de la anestesia.

7. El esposo
Normalmente las muertes no me afectan tanto porque los pacientes suelen llegar ya en estado terminal y no hay tiempo para crear un vínculo personal. Pero hubo un caso que me marcó, aunque no en el momento.
Una mujer de 35 años con cáncer me suplicó que le permitiera pasar sus últimos días en casa con su familia en lugar del hospital. No suelo dar ese permiso, pero con ella cedí porque la enfermedad se había extendido y solo le quedaban días de vida.
Cuatro años después llegó su esposo, lo recordaba. Me dijo que estaba muy agradecido porque su esposa pudo estar en casa en sus últimas semanas, y así pudo irse con dignidad, rodeada de su familia, y los niños pudieron despedirse. Le dije que con gusto, luego me encerré en mi oficina y lloré durante una hora.
8. El veterano
El anciano que sirvió incluso en la guerra. No podía comer porque el cáncer se había extendido a su mandíbula. No pudimos hacer mucho más que darle analgésicos. Murió solo, sin familiares, solo un veterano igualmente frágil vino a recoger sus cenizas.

9. El cumpleaños
No es raro que un paciente mejore un poco justo antes de morir. Eso pasó con una mujer de 33 años que un día bromeaba con su hija en el hospital. Habían acordado que la niña le traería un pedazo de su pastel porque al día siguiente era su cumpleaños.
La mujer murió una hora antes —relativamente inesperado— de que llegara su familia. Cuando vi a la niña sola en la sala de espera, con un gorro de cumpleaños y un envase de plástico con el pedazo de pastel, se me apretó la garganta.
10. La familia
La joven madre cuya familia llegué a conocer porque la atendí durante año y medio hasta que el cáncer se la llevó. Es indescriptible lo que pierde una familia con la muerte de una madre con niños pequeños; todavía lloro cuando pienso en ellos.











